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La fe: en mente, corazón y acción

Esta es nuestra fe

Por: Hno. Edwin A. Torres Lozano, MEAP.

“La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. (Juan Pablo II, Fides et ratio)

Como bien sabemos, en la mente se construyen los buenos o malos pensamientos, pero es del corazón donde emanan las obras o acciones, que pueden estar encaminadas para hacer el bien o para el mal. A continuación citaremos algunas pautas sobre la fe en la mente, en el corazón y en acción, no con una mirada científica sino desde la de un creyente.

La fe en la mente

Este tipo de FE corresponde al sujeto cognoscente, es decir, al ser humano, al ser pensante que lleva a cabo el acto de conocimiento. De ahí que Jesús haya dicho: “Conocerán la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32). En este proceso y búsqueda de la verdad está inmerso el lado intelectual del hombre; no obstante, debemos tener claro que el racionalismo no lo es todo y por eso hablamos de fe.

Hablar de la fe en la mente es como empezar a ver la inmensidad del mar; sin embargo, lo que aquí debe quedarnos claro es que el cristiano católico debe tener fe en la mente para luego pasar al corazón. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que conociéndolo y amándolo pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33,18; Sal 27; Jn 14,8; 1Jn 3,2).

La fe en el corazón

Los sentimientos y la voluntad son dos campos de gran importancia que corresponden al corazón, ya que no basta el aspecto cognoscente o racional del hombre sino que es necesario que llegue a lo más profundo de la persona. Esto significa que la fe no puede quedarse como algo conceptual nada más, pues su dinamismo debe irradiar a la persona entera.

Si bien es cierto que la vida cristiana es muchísimo más que puros sentimientos, la manifestación voluntaria del acto de fe no se produce exclusivamente por la motivación intelectual, sino también por la influencia afectiva, emotiva y conductual del hombre.

Amados hermanos, la fe debe llenar de buenos sentimientos, de buenos deseos, el corazón del católico, que reflejen una conducta intachable, coherente, diferente a quien no profesa nuestra misma fe porque, de lo contrario, ¿qué diferencia habría entre un pagano y un cristiano o entre uno que va a la Iglesia y uno que nunca va?, como dice la Palabra de Dios: “Así, el hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene en su corazón, mientras que el malo, de su fondo malo saca cosas malas. La boca habla de lo que está lleno el corazón” (Lc, 6,45). La fe en el corazón es la que nos llevará a enriquecer el tesoro que llevamos dentro; sólo así podríamos sacar y expresar cosas buenas.

Es triste cuando se escucha a algún agente de pastoral hablar mal de otro, o no poder participar en una amena conversación sin tener que hablar palabras obscenas para hacer reír a los demás, y un largo etcétera, todo porque en el corazón no existen cosas buenas.

La fe en la acción

No es más que la proyección mediante la expresión conductual en la vida cotidiana del ser humano; dicho de otra forma, podemos decir que la fe en la acción es el testimonio de la fe en la mente y en el corazón de la persona.    

Algunos ejemplos del servicio, como fe en la acción, en la Sagrada Escritura los encontramos en Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 1,38. Este sentido debe ser remarcado y aplicado a través de la transmisión de la Buena Nueva y la transformación del mundo según la voluntad de Dios.

Al respecto, uno los más claros ejemplos que podemos tener lo encontramos en María Santísima: el diálogo que tuvo con el ángel nos muestra el aspecto cognoscente, la aceptación de la voluntad de Dios la fe que Ella lleva en el corazón y la visita pronta a Santa Isabel para ponerse al servicio la acción.

Nuevo año, nuevas oportunidades

Estamos iniciando un nuevo año, una buena oportunidad para meditar si nuestra fe está en la mente y en el corazón y en acción. No basta tener fe en la mente si no hay en el corazón, pero tampoco basta si hay en la mente y en el corazón si no lo demostramos con acciones que correspondan a personas de fe.

La FE es Don de Dios (Dei Verbum, 5), es una gracia. Cuando Pedro profesa que Jesús es el Cristo, el Señor le declara que esta revelación no le ha venido de la carne, sino del Padre que está en el cielo (Mt 16,17; Gál 1,15; Mt 11,25). Les invito a pedir al Buen Dios esta gracia.

Termino como empecé, citando las palabras de San Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio (n. 28): “El límite originario de la razón y la inconstancia del corazón oscurecen a menudo y desvían la búsqueda personal. Otros intereses de diverso orden pueden condicionar la verdad”.

¡Unidos en la oración!

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