Miscelánea

Jesús, María y José, nombres sencillos del pueblo

Fiesta de la Sagrada Familia

Por: Cristina Alba Michel

Nombres

Tres sencillos nombres del pueblo, tres personas comunes cuya vida transcurre escondida en una villa pobre de la Galilea bajo el yugo del poderoso Imperio romano. Una familia como tantas otras entre tantos pobres del Israel sometido, y de nuestros pueblos y villas a lo largo y ancho de este México de hoy, sometido a otros tantos imperios a cual más de crueles, poderosos y aparentemente interminables.

Tres historias venidas de orígenes distintos se cruzan, se unen, se entrelazan y se aman. Tres vidas entregadas al Señor que salva: José, María y Jesús. La Sagrada Familia.

Jesús

La Sagrada Familia lo es por Jesús. Él, el Hijo de Dios eterno, el Verbo hecho Niño que de pronto entró en la historia humana aparentemente como cualquier otro, pero “cuyos orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad” (Mi 5,2). De Él, de quien hablan las Escrituras del pueblo de Dios y a quien pintaron los profetas antes que los Evangelios, nadie notó nada extraño, ¡era tan igual a todos, que tuvo que acontecer la Cruz y luego la Resurrección!, más la venida del Espíritu Santo para que Juan consiguiera expresar por escrito lo que su corazón había intuido durante los años de convivencia con ese Jesús que hoy contemplamos niño entre sus padres: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,1-4).

Y era la luz de sus asombrados padres, María y José, que le veían a diario crecer en sabiduría y gracia, que entre sobresaltos y labores domésticas le veían obediente, que de ellos aprendía y guardaba, en su corazón de niño, las hazañas de Dios por su pueblo.

María

Por su Hijo, Dios eligió a María por Madre de Cristo Jesús y la hizo Inmaculada aunque nadie lo sabía. Tampoco ella, humilde “sierva del Señor”, la muchacha de Nazaret hija de Joaquín y Ana que era como las otras jóvenes del pueblo aunque más enamorada del Altísimo que ninguna. Para Él era su alegría, su oración, su trabajo. Para Él los salmos, los himnos, las horas que transcurrían entre los trajines de la casa, el servicio a sus padres, la escucha de la Escritura y la meditación de las cosas de Dios. Ella, la misma que iba por el agua de la fuente, lavaba la ropa, colectaba los frutos de las viñas y pisaba las uvas en el lagar. Cuentan historiadores que en el tiempo de la recolección, las familias enteras se iban a las viñas, a llenar de uvas los enormes canastos, entre júbilo y canciones. Tal vez en alguna de aquellas fiestas multifamiliares, conoció a José, y José la pidió a Joaquín como esposa…

María, la Hija de Sión, el pequeño resto fiel del Israel que ha decidido vivir para el Altísimo, entre el Templo y el pueblo, entre el Señor y los esclavos, entre la tierra y el Cielo.

José

Dispuso el Señor a José para María y para Jesús. Eligió al “varón justo”, al artesano que, todo aquello que toca, lo compone. Como una especie de músico que tañe la armonía de la madera, de los utensilios, de la vida diaria. Un músico que compone en clave de silencio, de trabajo, de contemplación y de oración. Un músico cuyas notas más claras le vienen de la escucha de la voluntad de Dios, de la cercanía con su Espíritu, de sus desvelos por el Hijo.

José, descendiente de David, el retoño de Jesé que acoge en su Casa al prometido Mesías, a Jesús, a Dios que Salva. Aquel que se preguntaba aún antes, y mucho más después de Cristo: “¿Con qué me presentaré al Señor y me postraré ante el Dios de lo alto? ¿Me presentaré delante de Él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agrada el Señor de millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite?”. Y se respondía enseguida, con sencillez: “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino sólo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?”. Sí, José de la mano de su Niño Dios, es como un retrato de estos versos de Miqueas (6,6-8).

Familias

Sea así, para cualquier familia que quiera participar de la historia apasionante de la Salvación. Es verdad que ya nos ha sido dada, pero el lugar que quieras tener en ella depende de ti: ¡Y qué mejor que ocuparlo en familia! Porque la familia, la familia fuerte que sabe amar, luchar, reír, alabar, orar, servir y perseverar, es aquella que vive por Cristo y para Cristo. Es sólo Él quien hace sagrada a toda familia humana, y a cada uno de los nombres que la forman. ¡Feliz día, queridas familias!

“Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellévense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.

Por encima de todo esto, el amor, vínculo de la unidad perfecta.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones: a ella han sido convocados en un solo cuerpo. Sean también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre ustedes en toda su riqueza; enséñense unos a otros con toda sabiduría; exhórtense mutuamente. Canten a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra u obra realicen, sea en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él” (de la segunda Lectura, festividad de la Sagrada Familia).

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