Dos Culturas, Miscelánea

Huesos secos, somos

Dos Culturas

Por: Cristina Alba Michel.

Y no nos convertimos

Bien conocemos cuál es la cultura de la vida -aunque no la vivamos en su plenitud- y cuál la cultura de la muerte, a decir de San Juan Pablo II. Ya el libro del Eclesiástico lo dice: “Él puso ante ti el fuego y el agua: hacia lo que quieras extenderás tu mano. Ante los hombres están la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que prefiera” (Eclo 15, 16-17). Es cuestión de la libertad humana, la libre elección de cada uno.

Así pues, no tiene caso seguir redundando en los temas tan conocidos ya como la tragedia inmensa del aborto, la disolución de la familia y demás males con las terribles consecuencias de las que todos, en mayor o menor grado, somos víctimas. En cambio sí que resulta necesario y muy urgente recordar constantemente que debemos cambiar, debemos volver el corazón a Dios, debemos pedirle que convierta nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, que haga descender el viento de su Espíritu sobre nuestros huesos secos para que se revistan de carne y cobren vida (Cf Ez 37,9), que haga florecer en el gozo nuestros desiertos (Cf Is 35,1-2) y broten torrentes en la tierra seca (Cf Is 44,3).

Ni tantas tragedias nos mueven. Locales, el pequeño Christian asesinado hace ya unos añitos, recientemente el muchachito de Torreón se suicida después de asesinar a su maestra y herir a otros niños. Se levantan dedos acusadores por todas partes: que si el internet, el Facebook, los videojuegos, etc., pero no se dice la verdad: el abandono en que viven los niños y los jóvenes, su soledad en el seno mismo de su casa -que no su hogar-, los padres ausentes de tiempo completo, tal vez por necesidad, o tal vez por borracheras, juergas, divorcio, indiferencia. Ni un “te amo, hijo, eres para mí lo mejor”, ni de palabra y menos con abrazos, con hechos. Les exigen ser “los mejores”, no los hacen los más felices, más amados. Soledad de los niños, las calles sus nodrizas que los adormecen con cantos de drogas, de alcohol, de violencia, bandas delictivas y pornografía. ¡Y cómo impedirlo, si los mismos paterfamilias están, muchas veces, hundidos en ello!

Lloramos hipócritamente un rato hasta que se pasa la última emoción, hasta que se apaga la última tragedia, y cada vez más pronto volvemos a lo mismo de siempre. Pero no volvemos a Dios. No. No nos convertimos.

Y vamos a Misa -los pocos que vamos- y esperamos encontrar ahí la devoción, la adoración, lo trascendente. Esperamos que ahí el alma se eleve a Dios, pero vienen las liturgias adulteradas, los cantos protestantes y las huecas homilías sobre los pecados de las autoridades en turno, sobre los pecados de actores sociales que no queda claro quiénes son ni dónde están, sobre los tiranos y los corruptos que secuestran la vida política, ¡pero no recibimos la luz de la Palabra de Dios para nuestra vida, nuestra persona, aquí y ahora!, que nos haga apartarnos de tantos adulterios, fornicaciones, traiciones, mentiras, robos, fraudes, envidias, ambición, corrupción, vanidad, soberbia, violencia, calumnia, pereza, tibieza, omisión…

La fe de pastores y fieles parece a veces tan hueca… ¡Y no nos convertimos!

La puerta de la Misericordia

El Señor, no obstante, insiste. No habla ya, grita en voz alta lo que la Escritura contiene, lo que nos ha recordado a través de numerosos mensajes de santos y videntes -aprobados por la Iglesia o en curso de ello- que, además, se sustentan razonablemente sobre los acontecimientos con que diariamente las redes sociales y mass media transmiten. Numerosos profetas de nuestros días nos lo han advertido y lo siguen advirtiendo, pero no nos convertimos.

Por ello, quiero recordar algo por demás necesario de entender y urgente de anunciar otra vez: Cuando el Papa Francisco proclamó el Año de la Misericordia, ese período de tiempo se elevó como el gran signo de la paciencia de Dios con la humanidad; sin embargo, no cambiamos: el aborto en números terribles tiene ensangrentada toda la tierra, los restos de los pequeños bebés claman desde el suelo -semillitas arrojadas a la oscuridad- mientras que los genocidios, los asesinatos en masa, los escándalos eclesiales y mundanos, el tráfico de seres humanos y todas las actuales esclavitudes se unen a la terrible tragedia de los no nacidos. Pero sépanlo bien y no lo ignoren: la de ellos será la tragedia de toda la humanidad si no cambiamos.

Sé muy bien que estos mensajes no agradan. Mas no por ello dejan de ser verdaderos y se harán realidad: no porque lo esté profetizando quien suscribe ni algún vidente o mensaje de la Santísima Virgen, sino porque se cosecha lo que se siembra. Siembra muerte y cosecharás asesinatos. Asesina a tus hermanos y cosecharás envenenados frutos de muerte.

¡Volvamos a Dios con todo el corazón!, y demostremos la conversión viviendo con alegría la caridad, la penitencia, el sacrificio y la oración, bebiendo el Agua viva de los Sacramentos.

Jesús mismo ha tenido a bien advertirnos por su gran Amor: “antes de llegar como Juez justo, voy a llegar primero como Rey de la Misericordia… antes de venir como Juez justo, primero abro de par en par la puerta de mi Misericordia. El que se niega a pasar por la puerta de mi Misericordia, debe pasar por la puerta de mi Justicia” (Jesús a Santa Faustina; Diario, n. 83, 1146).

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