Artículos, Por qué soy católico

El acontecimiento más grande de la historia

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

¡Bella es la Navidad! Muy pocas cosas existen que nos muevan a convivir como hermanos y a reunir a las familias alrededor de la misma mesa en paz y armonía. Sé que para muchos, al igual que para mí, es la época más hermosa del año. Aún en tiempos de cruel guerra se hace un recuerdo de amor, como cuando los soldados hicieron un alto al fuego y a las hostilidades para entonar juntos el canto que recuerda aquella “Noche de paz”.

El ángel de los sustos

Nunca a un ángel se le había encomendado una embajada tan extraña; tampoco, jamás, una mujer había recibido a un embajador tan solemne: “No temas…” ¿En quién se produciría mayor asombro: en aquella virgen que no daba crédito a sus sentidos o en aquel ser portador de la noticia?

Gabriel se acostumbró a presentarse con las palabras “no tengan miedo…”, bien se ve que sabía de los sustos que ponía, ¡imagínense a los pastores que recibieron del ángel la noticia con idéntico saludo! Porque no es lo mismo decir “no se asusten”, a “la paz sea con ustedes”, que Jesús Resucitado dijo.

Pero, ¡qué delicadeza la de Dios!, casi timidez. Para acercarse a aquella jovencita de su pueblo no lo hace por Sí mismo, presentándose revestido de todo su poder: envía a su embajador y espera de ella una respuesta libre. Pocas palabras, muy pocas, sellaron el acontecimiento más grande de la historia.

De la Visitación al Nacimiento

Dos madres por estrenarse, una anciana y una jovencita, se juntaron llenas de alegría. La joven fue llamada “madre de mi Señor” y un niño por nacer se estremeció de gozo en su presencia. Es una escena muy conmovedora que nos habla del grande misterio de la maternidad, ahora tan banalizado.

La noche que nació Jesús ciertamente fue una insólita noche de paz como no la hubo ni antes ni después. Como que el universo guardó un momento de silencio y de recogimiento. En la historia se conoce como “Pax Romana” a aquel breve periodo que se logró en la era de Augusto, emperador que emitió un edicto según el cual en todo el Imperio las personas debían acudir a empadronarse a su lugar de origen.

Los acontecimientos se sucedieron con rapidez. Habían pasado escasos nueve meses desde aquella insólita visita del mensajero celeste cuando Augusto ordenó aquel edicto. Quería saber cuántos seres humanos tenía bajo su poder, pero jamás supo que su deseo obligaría a ponerse en marcha hacia un oscuro rincón del Imperio a un rey más poderoso todavía y aún en el vientre de su madre. Así se cumpliría una antigua profecía.

A la ciudad de David uno de sus descendientes, pobre y fatigado, llegó a tocar a sus puertas pero fue rechazado. “No eres la menor entre las ciudades de mi pueblo”, y tampoco fue la más acogedora, tal vez no por maldad sino porque estaba rebasada por el trajín. Como haya sido, no hubo sitio en el mesón para José y su esposa María. Es la misma excusa que ponemos ahora para no recibirlo. Insensibles como somos a las necesidades ajenas, ¿cuántas veces habremos rechazado al rey de la gloria porque lo vimos pobre? A lo mejor -pensamos- no tiene con qué pagar o, quizá, no es que no queramos sino que ya no hay lugar. Estamos atestados de cosas, tenemos tantos compromisos que cumplir… ¡¿De veras no tenemos tiempo?!

Rarezas de Dios

No es fácil ser Dios cuando pretende acercarse al ser humano. No es raro recibir rechazos, pero la dicha de los que lo aceptan hace que valga la pena el esfuerzo.

La Redención fue lo más difícil de toda la Creación, pues hizo sudar gotas de sangre a Dios. Lo hizo sufrir y lo hizo llorar. Esas rarezas de Dios son rarezas del amor. Hombres y mujeres son para Dios lo más digno de su amor, su imagen y semejanza. Su amor lo hizo nacer y lo hizo morir.

Llama la atención el contraste entre lo sublime de los acontecimientos y la sencillez del relato y, aun así, no hay palabras más elocuentes ante la simple y desnuda descripción de los hechos, que nos produce cierto sobrecogimiento y nos mueve a reflexión: “Dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no hubo para ellos sitio en la posada” (Lc 2,6).

Gozo y alboroto

No cabe duda que en torno a aquella primera Navidad se presentaron situaciones de intenso dramatismo, pero hubo un ingrediente principal que estuvo presente en toda circunstancia: el gozo. Aún en los momentos angustiosos o apremiantes se adivina como telón de fondo; por eso los misterios del Rosario que los recuerdan son llamados “Misterios Gozosos”. Así debiera ser nuestra vida y con aquella primera Navidad tenemos motivo suficiente para que realmente así sea.

También los ángeles entonaron sus cánticos sublimes y los pastores armaron un gran alboroto; fue este alboroto el que María guardó en su corazón. Es justo que sigamos celebrando la Navidad con un alboroto semejante, llenos de alegría “porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Isaías 9,5), pero también hemos de reflexionar en su sentido profundo y en el significado que tiene tan excelso acontecimiento para nuestras vidas.

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y nosotros hemos visto su gloria, gloria que corresponde al unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Pero a los que lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios”. Definitivamente: en Navidad, de todas las palabras escritas por los hombres en todos los siglos, yo me quedo con éstas del apóstol Juan (1,14).

Share this Story
Load More Related Articles
Load More In Artículos

Check Also

Recaban firmas para reabrir iglesias

Por: Karen Assmar Durán. Desazón ha causado entre los ...

Anuncio