Miscelánea

Aromaterapia para la humanidad herida

Fiesta del Bautismo del Señor, enero 12

Por: Cristina Alba Michel

“Porque nosotros somos la fragancia de Cristo al servicio de Dios, tanto entre los que se salvan, como entre los que se pierden” (2Co 2,15).

1. Con la fuerza del Espíritu Santo Jesús de Nazaret, el Ungido de Dios, pasó por la tierra haciendo el bien. Así lo cuenta Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La unción con óleo era, en aquel tiempo, habitual en la cultura helenística que impregnaba todo el mundo conocido bajo el Imperio de Roma. Era tan común como importante: “se ungían con aceite los atletas para estar ágiles en las carreras, y se ungían con aceite perfumado hombres y mujeres para tener el rostro bello y resplandeciente”*. Esto les daba distinción entre los demás. Lo entendemos bien, porque también hoy las cremas y aceites se utilizan para embellecer la piel y conservar la juventud del rostro.

En cuanto al ambiente judío religioso, la unción con óleo perfumado era una gran señal de elección reservada para los reyes, los sacerdotes y los profetas, signo de su consagración en el servicio de Dios.

2. Aquel día, cuando Juan bautizó a Jesús, éste salió del agua y ahí mismo se abrieron los cielos -narra San Mateo este domingo- “y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”. Entonces se escuchó una voz celestial que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Jesús quedó ungido no con algún aceite de origen terrenal. Aquel óleo perfumado no le vino de flores, resinas ni hierbas finas aromáticas sino que fue ungido con el mismo Espíritu de Dios, el que impregna del “buen olor de Cristo” las obras de Jesús durante su paso entre los hombres. Este Espíritu, que a los cristianos después se nos ha donado por el Bautismo, el que María recibió desde su concepción por ser la elegida para convertirse en Madre de Dios, es el Espíritu que a Cristo le pertenece por derecho propio, como verdadero Hijo de Dios, Dios como el Padre.

Será San Lucas quien cuente que, después de ser bautizado y de regreso en la sinagoga de Nazaret, Jesús mismo explicó con palabras de las Escrituras lo sucedido en las aguas del Jordán, aplicándose a sí mismo las palabras de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha consagrado con la unción” (Lc 4,18).

3. Hoy, mientras el Salmo habla de “la voz del Señor sobre las aguas torrenciales”, remitiéndonos a Jesús en medio del río y a la voz del Padre reconociéndolo como Hijo, las lecturas hablan de la unción. Ambos temas son recogidos en el Evangelio para remitirnos a nuestro propio Bautismo. Podemos ver también, de todo cuanto hemos dicho sobre el óleo perfumado y la unción de Cristo, que en Él “todas estas unciones simbólicas se hacen realidad. En el Jordán Él es consagrado rey, profeta y sacerdote eterno por el Padre. Pero no con un aceite físico, sino con el aceite espiritual que es el Espíritu del Señor, ‘el óleo de alegría'”*.

La unción que se daban a sí mismos los atletas, nos recuerda aquello que dice San Pablo a Timoteo (4,7), en su segunda carta: “he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera”. Y los aceites y cremas de belleza nos hablan del poder de santificación del Espíritu Santo, aquel que va forjando cristianos “sin mancha ni arruga”, para ser “santos e inmaculados” ante Dios (Cf Ef. 5,27).

4. Ese mismo Espíritu Santo es quien alienta, ilumina y conduce a la Iglesia. De ahí que Ella le “da tanta importancia a la unción con el santo crisma. Existe un rito de unción en el Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación sacerdotal; existe una Unción de los enfermos… porque a través de estos ritos se participa en la unción de Cristo, en su plenitud de Espíritu Santo. Se es literalmente ‘cristiano’, es decir, ungido, consagrado, persona llamada ‘a difundir en el mundo el buen olor de Cristo'”*.

“Demos gracias a Dios, que siempre nos hace triunfar en Cristo, y por intermedio nuestro propaga en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque nosotros somos la fragancia de Cristo al servicio de Dios, tanto entre los que se salvan como entre los que se pierden: para estos, aroma de muerte que conduce a la muerte; para aquellos, aroma de vida que conduce a la Vida. ¿Y quién es capaz de cumplir semejante tarea?” (2Co 2,14-16). Él en nosotros.

5. Seguramente habrán ustedes escuchado hablar sobre la aromaterapia, método de medicina alternativa controvertido y muchas veces contraindicado. Pero “existe una aromaterapia segura, infalible, que excluye toda contraindicación: ¡la que está hecha a base del aroma especial, del ungüento perfumado que es el Espíritu Santo! Esta… cura las enfermedades del alma y a veces, si Dios quiere, también las del cuerpo”*. Es el verdadero “bálsamo de Galaad” (Cf. Je 8,22), “la estela de perfume que Jesús ha dejado tras de sí al pasar por esta tierra… es el Don hecho persona: la donación del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Donde llega Él, renace la capacidad de hacerse don y con ella la alegría y la belleza de vivir juntos… Nuestra sociedad necesita dosis masivas de Espíritu Santo”*, la Unción de Cristo.

* P. Raniero Cantalamessa, homilía Bautismo del Señor, 2017 ciclo A.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: ‘Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él’” (Hch 10,34-38).

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