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¿Qué personaje de Navidad eres tú?

Por: Paco Pérez

En nuestros días se hace necesario aclarar que no es lo mismo creer en Santa Claus que creer en el Niño Dios. En opinión de los incrédulos es lo mismo y en opinión de muchos celebrantes de la Navidad lo mismo da; esto nos revela el grado de superficialidad al que se ha llegado. Creer en Santa Claus es señal de infantilismo; en cambio, creer en Jesús, el Dios hecho hombre, requiere el más grande don de Dios llamado FE.

En la escena de la Navidad

Las únicas figuras realmente imprescindibles son la madre, el niño y San José, mas no se puede decir que los demás seamos simples espectadores pues todos cabemos y a todos nos corresponde un papel. ¿Qué personaje eres? O, ¿qué personaje quieres ser? Tenemos la ventaja que hay de dónde escoger: desde humildes pastores pero revestidos de esplendor y gloria, hasta reyes como los “Magos de Oriente” o el cruel Herodes.

Las actitudes que presentaban los actores, sus temores y esperanzas, son las mismas que se presentan en hombres y mujeres de nuestros días. Es sorprendente ver cómo después de veinte siglos los seres humanos seguimos afectados por las mismas pasiones, tanto que podemos identificarnos con ellos aunque tengamos la tendencia a considerarnos superiores. ¡Tenemos necesidad de ser salvados y Cristo es nuestra salvación!

Los ángeles que se presentaron ante los pastores con el anuncio de la paz para los hombres, fueron los primeros en proclamar la Buena Nueva, los primeros evangelizadores. Los pastores que recibieron la noticia la acogieron con entusiasmo, ¿o habría entre ellos alguno que se encogiera de hombros en señal de recelo, duda, desconfianza, apatía, desinterés? Me temo que esas actitudes hubieran predominado en nuestros días.

“La gente perdería el respeto por mí si yo me rebajara a su nivel”, oí decir en la televisión a uno de esos personajes de caricatura; es la lógica nuestra. Dios tiene otra lógica que es la del amor: “Mis caminos no son sus caminos”, dice el Señor. Esto lo demostró de manera admirable en todo lo que rodeó el acontecimiento de la Navidad. Dios se manifestó tal cual es hasta límites increíbles.

Que no se meta conmigo

Dios sabía, de antemano, que venía a un mundo inhóspito, lleno de violencia. Un mundo que, siendo suyo, no tenía lugar para él. Bien visto, la tragedia sigue siendo la misma. Así será hasta que le abramos las puertas, hasta que un día los seres humanos nos decidamos a darnos el abrazo de la paz en torno al pesebre que recibió la Luz.

En el concepto de Herodes, si Jesús estaba destinado a reinar no merecía vivir. Lo mismo nos pasa a nosotros. Lo dejo nacer y celebro su llegada pero que no se meta conmigo ni me quite mi trono; es decir, yo hago lo que quiero pues soy mi propia ley. Lo que sintió Herodes es lo mismo que sentimos.

Pero Cristo viene a movernos el tapete. Para Dios no hay ser despreciable y sólo es desgraciado el que se aleja de él; sin embargo, para muchos sí hay seres despreciables y, si pudieran, los aniquilarían. En eso disentimos de Dios y es lo que nos separa de él, aun cuando en Navidad Dios se hace uno de nosotros y nos acoge a todos: ¡Viene a buscarnos a todos!

Invasor indeseable

Aunque estamos aprendiendo a amar a la naturaleza y protegemos a veces hasta con nuestra propia vida a los animales, hay muchos que luchan contra un ser al que consideran el más despreciable del mundo, uno que ha movilizado congresos, parlamentos y manifestaciones en su contra como ningún otro había logrado hacerlo. Se trata del embrión humano, al que muchas mujeres consideran un “invasor indeseable”. Y vaya que tiene en su contra rivales formidables. ¿Acaso no es esto una anti-Navidad?

Pero qué podemos esperar, si lo mismo le pasó a Jesús con Herodes: lo consideraba un invasor indeseable, tanto que organizó una matanza de inocentes cuyo objetivo era precisamente Él, el Niño Dios. Fue un escopetazo de Herodes, pues al no haber identificado al intruso, lanzó una ofensiva de amplio espectro. Pero no le dio. Los métodos siguen siendo los mismos, más sofisticados sin duda, pero a los niños invasores en el vientre materno todavía los eliminamos.

Hay personas que no quieren que se celebre la Navidad. Ha habido quienes la han prohibido. Son antecesores de los abortistas. El Diablo tampoco quería, bueno, no quiere ninguna Navidad pero sobre todo le dolió la primera. Si por él fuera nadie más nacería en el mundo. Y vaya que le hace la luchita y anda muy campante luciendo un pañuelo verde.

Antes de la matanza de niños en los vientres maternos nos impresionaba el horror de aquellos niños ejecutados por decisión fría proveniente de un cálculo de riesgos. Nos impresionaba la crueldad de Herodes que no se tentaba el corazón para proteger su estado de confort. Ahora ya nos estamos acostumbrando. Es la anti-Navidad.

¿Inocentes?

La palabra “inocente” tiene en nuestra patria dos significados: por una parte equivale a “sin culpa”, por el otro a “cándido”, y más en superlativo: “candidote”. ¡Pobre México nuestro, tan culpable por un lado y tan inocente por el otro! Creo urge ponernos a los pies de esa Mujer encinta, María de Guadalupe, para despojarnos de una y rescatar a otra de nuestras inocencias.

Los Reyes Magos no eran tan “inocentes” como Herodes suponía: Regresaron por otro camino para ya no ver a aquel rey de espanto una vez que conocieron y adoraron al verdadero Rey. Es lo que debemos hacer pasada la Navidad: regresar por otro camino, no por el que ya sabemos.

Las estrellitas del mundo se deleitan en la autocomplacencia, brillan para que los demás las admiren. Lo grande de la estrella de Belén es que su misión no está centrada en sí misma: luce para orientar, porque la verdadera estrella de la Navidad es María y Ella es la que nos conduce a Cristo.

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