Comentario al Evangelio

Mucho culto, poca justicia

Comentario al Evangelio del II Domingo de Adviento (Mt 3,1-12)

Por: Mons. Luis Martín Barraza Beltrán

Con Juan el Bautista da inicio un movimiento espiritual que culminará en la intervención más grande de Dios en el mundo, por medio de Jesucristo. San Mateo la ubica en el trasfondo de otra revolución, igualmente interior, realizada por el profeta Isaías siglos atrás, que preparará la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Babilonia: “Preparen el camino del Señor; enderecen sus senderos”. No es fácil entrar por este camino de la renovación del corazón para transformar las estructuras políticas y sociales, ordinariamente no se alcanza a ver la relación entre vida interior y libertad exterior, o no se quiere pagar el alto precio de la honestidad como condición para tener estructuras justas. Querer renovar las cosas desde la raíz, desde el corazón, nunca ha sido un negocio rentable, lo más fácil es la beneficencia, ofrecer alguna limosna para hacerse del poder.

La situación de marginación, de sometimiento, experimentada por los judíos en el tiempo de Juan, alentaba la expectativa mesiánica de un caudillo político. El Bautista, desde su vocación de profeta, sabía que la liberación pasa por la purificación del corazón: “¡Ojalá hubieras obedecido mis mandatos! Sería tu paz como un río y tu justicia, como las olas del mar” (Is 48,18). En nuestro tiempo, queremos que haya justicia y sin embargo cometemos la injusticia, en privado, contra los más débiles, pervertimos la conciencia de los niños y jóvenes.

Juan, desde muy joven, se dedicó a buscar la verdadera fuerza capaz de transformarlo todo desde lo más profundo. Rompió con la expectativa mesiánica del nuevo David, que con su espada rompería todos los yugos. Se había convencido de que las estructuras religiosas y políticas existentes, no eran suficientes para cambiar el orden de cosas establecido. Es por ello que se retira al desierto para escuchar la voz de Dios.

Algo le fue quedando claro, que es necesario invitar a todos a un cambio de vida, no basta con cambiar a los que están en el poder. Todos querían que hubiera una transformación de la situación, acabando con los enemigos. Juan, al grito de ¡conviértanse!, propone la necesidad de asumir cada uno su propia responsabilidad frente a la situación que se vive. No dejará de denunciar el pecado de la autoridad, como lo hace hacia Herodes, o hacia los fariseos y saduceos, pero sin exentar de su compromiso a cada uno.

Alcanzar las profundidades de la espiritualidad de la conversión es una gracia de Dios. Se trata de una espiritualidad en dirección a la vida y no se queda ensimismada en la búsqueda de la propia perfección. Sólo ella tiene la fuerza de transformar circunstancias y situaciones de vida. Juan no huyó del mundo y se refugió en el desierto para no ser contaminado por la gente. Más bien no está de acuerdo con aquella religiosidad que no asume la vida. Mucho culto, poca justicia. La mística de Juan lo llevó a desear el reino de Dios en la tierra (Mt 3,2). El criterio para él será: “Hagan ver en obras su conversión…”. La espiritualidad del desierto lo ha hecho demasiado sensible contra el culto vacío: “… y todo árbol que no da fruto, será cortado y arrojado al fuego”. 

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