Comentario al Evangelio

Misterio divino

Comentario al Evangelio de la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor (Lc 2,1-14)

¡Con qué pocas palabras se describe un hecho tan grande! Apenas unos versículos que narran una escena sencilla, pobre, austera, y sin embargo es el parteaguas de la historia, el hecho que dividió la historia en un antes y un después. Contemplemos, a las puertas de este gran misterio, la escena, viendo lo que sucede, escuchando el misterio y amando al recién nacido.

1. Miremos por esa única ventana de la cueva, fría y húmeda, en la que vino al mundo el Hijo de Dios. Hay que aguzar la vista, pues no hay mucha luz. Es más, como nos recuerda Isaías, en medio de la oscuridad una luz brilló. Todo lo que rodea la escena, todo este mundo, es oscuridad si no hubiera venido a Él la Luz de Luz, el Dios de Dios. ¿Qué vemos? Una jovencita que acaba de dar a luz, un joven, José, que está preocupado por hacer de la cueva un lugar lo más acogedor posible. Y en el centro, un recién nacido, que llora como cualquier bebé porque tiene frío. No hay nada más en esta escena y sin embargo es el hecho más grande que podía haber sucedido. El Eterno ha entrado en nuestra historia temporal, el Poderoso se ha hecho impotente como un niño, el Creador ha nacido y es una criatura, el Señor se ha sometido al capricho de un emperador, y ha venido a nacer a Belén; el que todo lo tiene nace sin nada. Ése es el gran misterio, ante el que debemos abrir los ojos, contemplar con mirada sencilla, y dejar que el corazón disfrute admirando amor tan grande.

2. Después de ver, de contemplar, acerquemos el oído a esa pobre cueva. ¿Qué escuchamos? Reina el silencio. Sólo algún que otro ruido rompe el silencio, y tal vez el llanto del bebé. Ha nacido como cualquier niño, totalmente indefenso, y una cueva no es el lugar más acogedor para nacer. Como cuna, tiene un pesebre; como pañales, los que pudo conseguir María. Y como manta para cubrirse del frío… la tradición ha colocado junto al pesebre un buey y una mula. Viene Dios al mundo, y el único calor que encuentra es de dos animalitos. María y José contemplan el misterio que les sobrepasa. ¿Qué mejor actitud ante el misterio que el silencio contemplativo? ¡Cuánto bien nos haría contemplar nuestra vida desde el silencio y la oración! ¡Cuántos sufrimientos innecesarios nos ahorraríamos contemplando nuestra vida desde Dios!

3. La tercera actitud, y la más importante, ante Jesús es el amor. ¿Por qué ha querido venir Jesucristo a este mundo? ¿Qué necesidad tenía Él, Dios inmenso y glorioso, de nacer como un niño, débil, indefenso, que depende del cuidado de sus padres? Sólo el amor explica este rebajamiento de Dios, un amor total hacia el hombre, cada hombre, hacia mí. “Amor con amor se paga”. Por eso el mejor regalo que podemos poner a los pies del pesebre es nuestro amor a Él. Cuando Jesús nació en Belén sólo los pastores, y unos Magos Sabios, le ofrecieron regalos. Y seguro que Jesús recibió con mucha alegría los regalos de los pastores. No eran grandes cosas, pues ellos también eran pobres. Pero era todo lo que tenían. Igual hemos de hacer nosotros: ofrecer nuestro corazón, pobre y pequeño, pero entregado con alegría y amor.

Regnum Christi.

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