Miscelánea

Los tres Advientos y más

A la espera del Señor que viene

Por: Cristina Alba Michel

El primer Adviento

Comenzamos el Adviento y celebramos ya el primero de sus cuatro domingos previos a la Navidad. Este tiempo del Calendario litúrgico nos remite al primer Adviento o primera Venida de Jesús, a su nacimiento en Belén. Las lecturas cada día nos llevarán de vuelta junto a los profetas y el pueblo elegido, junto a María, que esperaron llenos de esperanza aquella venida del Mesías en carne humana y frágil.

Sin embargo, previamente la Iglesia nos estuvo preparando para la última Venida del Señor en la gloria, y así lo vivimos al final del Año Litúrgico, antes de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

El último Adviento

Hay otro Adviento y lo sabemos. De hecho, la vida de la Iglesia y de la humanidad se realiza mientras se espera esa otra Venida, la “tercera” o última. La espera se realiza en compañía de la real Oresencia de Jesús en la Eucaristía. Es decir, Él está con nosotros y al mismo tiempo le esperamos. La espera involucra “una tensión”. Lo explica el Papa Benedicto XVI en el tomo II de su obra Jesús de Nazaret: “La experiencia cristiana de la Presencia lleva también en sí misma la tensión hacia el futuro, hacia la Presencia definitivamente cumplida: la Presencia de ahora no es todavía completa”.

Hasta aquí, tenemos claro que hay dos venidas de Cristo, la primera que ya sucedió en Belén, y la última. Tenemos claro que mientras esperamos su última Venida, contamos con su Presencia eucarística constante, como Él mismo prometió cuando dijo que estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Pero… ¿qué es eso de otras venidas del Señor?

El Adviento medio o segundo

Todo lo anterior “es correcto pero insuficiente -prosigue Ratzinger, y añade-: el breviario romano ofrece una interpretación tomada de las homilías de Adviento de San Bernardo de Claraval, en la cual se expresa una visión complementaria. En ella se lee: ‘Sabemos de una triple venida del Señor'”.

¿Cómo? Además de la primera y de la última, ¿hay otra Venida?

Sí. La segunda o Adviento medio: “‘En la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, [viene] en espíritu y poder…’. Para confirmar su tesis, Bernardo se remite a Juan 14,23: ‘El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él'”.

Ello significa que Cristo, por la acción del Espíritu, viene en el presente -junto al Padre- a aquellos que guardan su Palabra. “Es la escatología del presente, que Juan desarrolla. En ella no se abandona la espera de la llegada definitiva que cambiará el mundo, pero muestra que el tiempo intermedio no está vacío: en él está precisamente el Adviento medio, la Venida intermedia de la que habla Bernardo” -asegura Ratzinger-.

Pero es que hay más, ¿y los santos?

Las modalidades del Adviento medio o Segunda venida “son múltiples: el Señor viene en su Palabra; en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en mi vida mediante palabras o acontecimientos. Pero hay modalidades de dicha venida que hacen época. El impacto de dos grandes figuras -Francisco y Domingo- entre los siglos XII y XIII, ha sido un modo en el que Cristo entró de nuevo en la historia, haciendo valer de nuevo su palabra y su amor; un modo con el cual renovó la Iglesia e impulsó la historia hacia Sí. Algo parecido podemos decir de las figuras de los santos del siglo XVI: Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Francisco Javier”, que representaron nuevas llegadas de Jesús a la gente confundida en una época convulsa, comparable a nuestro hoy. Y si tú quieres, Él puede venir hoy a través de ti. Decía Juan Pablo II: “¡No tengan miedo de ser los santos del nuevo milenio!”.

¡Ven, Señor Jesús!

Hay católicos que no oran pidiendo la venida de Jesús porque creen que están pidiendo, de esa manera, el fin del mundo. Nada de eso. De hecho, necesitamos y debemos orar por su venida. “Sí, podemos y debemos. Pidamos anticipaciones de su presencia renovadora del mundo. En momentos de tribulación personal le imploramos: Ven, Señor Jesús, y acoge mi vida en la presencia de tu poder bondadoso. Le rogamos que se haga cercano a los que amamos o por los que estamos preocupados. Pidámosle que se haga presente con eficacia en su Iglesia. Y, ¿por qué no le pedimos también que nos dé hoy nuevos testigos de su presencia?”. Pidámosle, más aún, ser nosotros mismos esos nuevos testigos de su presencia.

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