Catequesis

La simonía

Simón el Mago intenta comprar el don del Espíritu Santo a Pedro. Cuadro de Avanzino Nucci de 1620.

Vivir la fe

Por: Raúl Sánchez K.

Simón el Mago

En tiempo de los Apóstoles, en la región de Samaria vivía un hombre llamado Simón, originario de Gitta, quien por sus artes de encantamiento era llamado “Mago”, y por sus enseñanzas se anunciaba a sí mismo como el “gran poder de Dios”. Se había hecho de un nombre y tenía algunos seguidores.

Cuando Felipe el Diácono bajó de Jerusalén a Samaria y predicó a Cristo a los samaritanos, Simón lo oyó y quedó muy impresionado, y como muchos de sus paisanos fue bautizado y se unió a la comunidad de creyentes en Cristo.

Pero, como fue palmario luego, su conversión no fue el resultado de una convicción interna de fe en Cristo como Redentor, sino más bien por motivos egoístas, pues esperaba ganar mayores poderes mágicos y así aumentar su influencia.

Pedro y Juan en Samaria

Los Hechos de los Apóstoles (8,14) relatan que cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por los samaritanos para que recibieran el Espíritu Santo imponiéndoles las manos.

Al ver Simón aquello, ofreció dinero a los apóstoles: “Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos” (Hch 8,19). De este ofrecimiento derivó el término simonía. 

Simonía

La simonía atenta contra la virtud de la religión y el primer mandamiento de la Ley de Dios.

“La simonía (cf Hch 8,9-24) se define como la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los Apóstoles, Pedro le responde: ‘Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero’ (Hch 8,20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: ‘Gratis lo recibisteis, dadlo gratis’ (Mt 10,8; cf Is 55,1).

Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2121).

En el Catecismo

” ‘Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza’ (can. 848).

La autoridad competente puede fijar estas ‘ofrendas’ atendiendo al principio de que el pueblo cristiano debe contribuir al sostenimiento de los ministros de la Iglesia. ‘El obrero merece su sustento’ (Mt 10,10; cf Lc 10,7; 1 Co 9,5-18; 1 Tm 5,17-18)” (2122).

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