Miscelánea

¡Jesús viene a tu pesebre!

Tradiciones que son Evangelio

Por: Cristina Alba Michel

Sinfonía del Evangelio

En los villancicos y en los nacimientos el pueblo católico ha volcado toda su ternura para recibir en su vida, en sus hogares y calles, el grande misterio de la Navidad que nos habla del inmenso corazón de Dios Padre, de su amor, de su ternura y de su mismo ser.

Sonidos e imágenes se mezclan en una hermosa sinfonía del Evangelio, en la cual se conjugan las notas que aporta cada uno de los cuatro evangelistas. Al trote del borrico que avanza para Belén con José y María a punto de dar a luz, se une la claridad de las estrellas, el suave mugido de los animales junto al pesebre y el canto de los Ángeles, según San Lucas, más la prisa de los pastores. San Mateo nos cuenta la perseverancia de los magos y la inquietud de Herodes y Jerusalén, mientras que el rumor antiguo de la Palabra Eterna del Verbo, según San Juan, planta su tienda entre los hombres e ilumina las noches más obscuras con la luz de su Presencia.

A esta sinfonía la alegran los acordes de la promesa del Paráclito, que en San Marcos, el Bautista refiere al Cordero, el mismo Niño que hoy nace en Belén: “uno más grande que yo… él los bautizará con el Espíritu Santo”.

De un pueblo peregrino

También el caminar del pueblo de Dios puede ser contemplado en los nacimientos y escuchado en los cantos navideños. Un pueblo peregrino al que, entre penas y carencias, no le falta el gozo de la fe y sigue acrecentando su confianza en el Dios encarnado que le va delante.

Así, un canto puede hablarnos del borriquito que lleva a la Madre del Señor, para enseguida recordar nuestro propio viaje que ¡cuántas veces realizamos como a lomo de asno! Traqueteado, largo, cansado y polvoriento. Entre el hambre y la sed. Mas también entre campanadas de alegría y cielos estrellados: “En un borriquillo van para Belén / la Virgen María junto a San José. / Y siendo santos señores / pasan fríos y calores. / En un borriquillo camino también, / ¡pobre peregrino, con hambre y con sed! / Pero tú me alumbras, coplilla encendida, estrella bonita que luce en Belén”. ¡El pueblo del Señor va cantando por el camino!

Evangelios chiquitos

Sí, imágenes y sonidos santos son más que rumores del Evangelio, son “Evangelios vivos”, dirá el Papa Francisco en su nueva Carta apostólica Signo Admirable, sobre la tradición de los nacimientos o belenes. Evangelios chiquitos en los que contemplamos de nuevo a María que “dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre… Encontrarán a un Niño recién nacido envuelto en pañales” (Lc 2,7.12). Escribe el Santo Padre: “El hermoso signo del pesebre… la representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús, equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo que surge de las páginas de la Sagrada Escritura”, y contemplarlo, “nos invita a ponernos espiritualmente en camino” atraídos por Él (Papa Francisco, carta apostólica Admirabile signum [Signo admirable], SA, n. 1).

¡Preparen el belén!

Por su riqueza evangélica es que el Santo Padre quiere rescatar y fomentar a través de su Carta “la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas”.

Con materiales sencillos o más elaborados, “es realmente un ejercicio de fantasía creativa” que se aprende desde pequeños y se transmite a través de las generaciones por los padres y los abuelos. “Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada” (SA n.1). Así que, si no lo has puesto, hazlo ahora que Jesús viene pronto a tu pesebre.

Fragmentos de la Carta Admirabile signum (Signo Admirable) de Papa Francisco

“El primer biógrafo de San Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche… uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, ‘todos regresaron a sus casas colmados de alegría'” (n.2).

Escribe el Papa en la Carta Signo Admirable (SA) que, tras recibir en Roma la confirmación de la Regla para su orden, San Francisco se detuvo en el valle italiano de Reatino, cuyas “grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén”. Tal vez se hallaba impresionado aún por la representación del Nacimiento en los mosaicos de Santa María la Mayor. “Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: ‘celebrar la memoria del Niño que nació en Belén… contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno'”.

Juan atendió pronto lo que deseaba el Poverello y preparó la escena en el lugar indicado. “El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía… no había figuras, el belén fue realizado y vivido por todos los presentes”. Así nació la tradición que se conserva hasta hoy.

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