Artículos, Por qué soy católico

En pleno siglo XXI

Hay que repetir y creer firmemente que nuestro Dios es el único Dios.

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

La nueva era, tiempos mesiánicos, años de luz, días de esplendor y gloria… ¡no cabe duda que nos creemos de veras que los días que corren han alcanzado la cumbre de todo lo alcanzable! Esto se deja sentir cuando algún comentarista de la tele, ante algún suceso aciago, se pregunta incrédulo y escandalizado: ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI se presente esto?

Habrá que explicarle que “esto” se ha presentado en pleno siglo XXI porque no es el siglo de la bonanza que dicho sujeto quisiera ver, sino que en nuestros días, junto a innegables logros del intelecto humano, se presentan también hondos abismos. En ello el tiempo nada tiene que ver, sino obedece a extravíos del corazón humano por caminos de confusión y tinieblas.

Logros y retrocesos

A grandes rasgos podemos describir dos aspectos notables de nuestra época:

Por una parte, gracias a la incesante y fecunda actividad científica del siglo XX, nos hemos hecho de un caudal de conocimientos que nos llenan de admiración: la fuerza contenida en el interior del átomo, la prodigiosa estructura del ADN, clave de la vida… Debemos reconocer un innegable progreso que nos da la sensación de tenerlo todo bajo control, a lo cual contribuye también el despliegue sin precedentes de una tecnología que los más atrevidos escritores de ciencia ficción a duras penas alcanzaron a imaginar.

Por otra parte, en el sentido estrictamente espiritual, en lo que pudiéramos llamar el arte de vivir, no se puede ocultar que hemos experimentado un notable retroceso. Creo que a pesar del orgullo que nos producen los logros del intelecto, paradójicamente estamos siendo víctimas de un engaño muy grande que no queremos ver. Por eso, cuando se presentan sucesos -cada vez más comunes- como el de la masacre de mujeres y niños acaecida recientemente, nos preguntamos con fingida incredulidad: “¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI se presenten estas cosas?”, y nos volteamos hacia otro lado para no oír la respuesta, si es que alguien la quisiera dar: “Es que el siglo XXI está siendo protagonista de la más abyecta degradación moral”. Pero ya sabemos: el culpable no es el siglo, sino “a lo que hemos llegado”.

Todo y nada

El hombre moderno tiene todo lo que puede apetecer; sólo le falta una cosa: la posesión de sí mismo (P. Alberto María Weiss), en consecuencia, le falta todo: la armonía, la plenitud, la verdadera hermandad, la paz. Es un ser disgregado entre mil y una lealtades en conflicto (Mons. Fulton J. Sheen).

Es claro que si pongo como ejemplos de esa degradación ya no la masacre de la familia Lebarón, sino la masacre de niños en los vientres maternos, muchos saltarán indignados, no por las muertes sino por la mención. A eso me refiero cuando hablo de “a lo que hemos llegado”. En realidad es una faceta que nada tiene que ver con el avance científico y tecnológico; no se deriva de él, sino de una corriente en apariencia imparable de deshumanización.

Por lo demás, esas situaciones ya no nos producen tanto horror porque están en la vida diaria de nuestro país y también en los videojuegos, el cine y los programas de televisión. Son nuestra diversión, pues.

Pero hay algo peor…

Pero hoy está presente otra más grave inquietud: ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI esté dando inequívocas señas de vida la burda práctica de la idolatría?

Un ídolo es un Dios de nuestra propiedad que se pliega a nuestros caprichos con sólo ofrecerle ciertos sacrificios. Un Dios a la medida, local, casero, manejable, cómodo, pues los sacrificios que nos exige nunca nos mortifican ya que no nos atañen en forma directa y personal: se le pueden sacrificar niños, animales, cosas; se le puede ofrecer incienso u oraciones, pero no demanda un cambio en nuestro corazón. La esencia de un ídolo es ésta: es de nuestra propiedad, es poderoso y podemos manipularlo a modo para tenerlo a nuestro servicio.

Un ídolo puede tomar la forma de una ideología. Aparentemente es irreconocible como tal. ¿Qué puede tener en común Tláloc y el marxismo? Pues mucho, porque los dos hacen llover: uno riega los campos y el otro hace llover bienestar en dádivas mensuales. Algo más tienen en común: los dos son mentira, engaño, embuste, fraude.

O puede una figura política seducirnos de tal manera que hagamos de ella el dios sustituto que anhela nuestro corazón. Es indescriptible cómo los hombres se vuelven apasionados defensores, sin mesura y sin control, de una figura así. Cuando vemos en las personas ese tipo de enajenación ante un líder, es evidente que estamos ante la presencia de un ídolo. El adepto no ve en esa figura su objetiva realidad sino sólo la que él quiere verle: la oportunidad de realizar, por su medio, sus deseos de reivindicación, de liberación de furia acumulada, de superación de complejos y frustraciones. Es imposible razonar con un idólatra porque su fe es puramente pasional. Su ídolo es indestructible porque es poseedor de todas las virtudes.

Este tipo de ídolos han desfilado a lo largo de la historia, pero en nuestros días se han vuelto más comunes y más efectivos, en parte porque tenemos más vacíos que llenar y otra parte porque saben hacer uso de los recursos de la mercadotecnia.

Pero no es ese tipo de ídolos los que ahora más preocupan, sino los ídolos del pasado ancestral que amenazan regresar con bríos renovados: dos son los motivos más evidentes de preocupación: que el suelo está abonado para su regreso y que tal vez sean algunos “intelectuales” y hasta líderes espirituales los que más contribuyan a ello.

¡No creí ver el momento en que los antiguos ídolos de madera despertaran tanta admiración y simpatía, que fuera tan grande el deseo de que los pueblos los adoren y que estuviéramos dispuestos a aceptarlos con su bulto!

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