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El retorno de los ídolos

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

En los años sesenta del siglo pasado se puso de moda un libro titulado “El retorno de los brujos”. En él se describe la situación de un mundo que se aficiona cada vez más a lo esotérico, ahora con un cariz seudocientífico. Cuando están disfrazados de ciencia es común que se acepten grandes bulos. Un bulo, dice Wikipedia, es una falsedad articulada de manera deliberada para que sea percibida como verdad.

Modernos

Lo mismo puede pasar con los ídolos: que lleguemos a aceptarlos con toda naturalidad y su aceptación vaya disfrazada de apertura. Queremos vernos acogedores, comprensivos, respetuosos y, lo más decisivo, modernos. Que vean que no estamos anclados al pasado y repudiamos la demolición de los conquistadores. En desagravio rescataremos a los ídolos, eso es lo moderno y civilizado. ¿¡Los ídolos lo moderno y civilizado!?

El profeta que se dedicaba a advertir sobre los peligros de la idolatría se volvía tremendamente impopular: se le apedreaba; es una constante en la Escritura. Ahora se le amonesta: “Así estamos bien”, “le exageras”, “no te metas en honduras”, “eres completamente pesimista”, “lo único que logras es escandalizar”.

Ídolos para todos los gustos

A medida que los hombres se alejan del Dios verdadero, los ídolos van tomando su lugar. Pueden a veces ser cosas buenas en sí mismas pero que de pronto se salen de su órbita y ocupan el lugar central alrededor del cual gira nuestro corazón; así se convierten en lo único admirable y digno, y nos absorben en forma desmedida. Éste puede ser el caso de la ciencia y la tecnología que son, en cierto sentido, obra nuestra ante la que luego nos postramos para adorarla.

Puede ser que en algunos sectores de la cristiandad se haya perdido tanto la entelequia y se haya desdibujado a tal grado la identidad, que se acepte con beneplácito los ídolos del mundo, asumiendo que son lo mismo que nuestro Dios, presente con distinta figura.

Cristo, ¿un ídolo?

Hay un aspecto más terrible que tiene que ver con la familiaridad que tenemos con los ídolos, con los términos ambiguos y con la inclusión sin discernimiento característicos de nuestro siglo: que lleguemos a pensar que Cristo no es sino un ídolo más y nos sintamos sin derecho a proponerlo ante los hombres como el único Camino, Verdad y Vida. Puede ser que el afán de pasar por “buenos” se vuelva más importante que la verdad, y el ser “respetuosos” nos impida cumplir la misión: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda creatura”. ¿Qué derecho tenemos -podemos llegar a preguntarnos- de ir a derribar los ídolos de los demás para implantar el nuestro? Esto denota ya una ausencia de fe.

Sería deplorable que una mentalidad así se apoderara de nuestros pastores, pues llegar a equiparar a Cristo con los ídolos sería para ellos reconocer la gran farsa que representan sus vidas. No tendrían más remedio que congratularse con los dioses tribales, hacerles un lugarcito en nuestros altares y tratar de justificar su razón de ser en algún propósito asistencial o de promoción de paz mental, o en buscar la concordia de la humanidad en la convivencia fraterna de todos los ídolos.

¿La revancha?

El Antiguo Testamento es una lucha personal de Dios contra la idolatría y la superstición. La primera y principal batalla que libró contra su pueblo fue para liberarlo de esas lacras que se acurrucaban en sus entrañas. Y ganó esa batalla en contra del mundo que las cobijaba y que seducía a Israel con sus promesas falaces; y, por fin, en el momento de la llegada de Cristo, ya no constituían una tentación: “El mundo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”. Las tinieblas de la idolatría y la superstición habían retrocedido preparándose así el camino del advenimiento de Cristo y de su luminosa presencia.

Ahora, en nuestro siglo XXI, nos amenazan con su regreso.

Los ídolos que nos fabricamos terminan por devorarnos. Primero nos piden sacrificios y luego nos aniquilan. Pienso por ejemplo en el dios Moloch, al que se le ofrecían niños en sacrificio, y en los múltiples sacrificios humanos que realizaban los aztecas y otros pueblos mesoamericanos.

Poniéndonos en el terreno de las hipótesis improbables, ¿qué será más nefasto: un gobernante que a fuer de bueno acoja a los criminales, les ofrezca un abrazo fraterno y no se oponga al cobro de derecho de piso, o un pastor más bueno todavía que acoja a los ídolos con el mismo cariño y les ofrezca un puesto en los altares? No lo sé, pero ellos estarán seguros de que tanto los criminales como los idólatras se sentirán acogidos y reconocerán con agradecimiento que nunca en la historia se habían dado líderes tan buenos… y tendrán razón. Pero… ¿buenos para qué, si su principal función está precisamente en oponerse con toda decisión al crimen y la idolatría?

¡Libres!

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8,31-42). ¿Libres de qué? Libres de la mentira, libres de la esclavitud del pecado, libres de los ídolos de madera y de piedra.

“Si os mantenéis en mi palabra…”. Terrible condición, intolerable en un mundo que nos empuja a renunciar a la doctrina de la centralidad de todas las cosas en Cristo, de su divinidad. Un mundo que nos invita a creer que Cristo sólo es uno entre un montón. Un mundo pluralista, incluyente y abierto en el que se acoge a Buda, Confucio y Mahoma por igual y ahora a la muchedumbre de ídolos de África y de Asia, de Oceanía y de la Amazonía.

Sólo sirviendo al Dios antiguo con fidelidad nueva, sólo proclamando el mensaje de Cristo con nuevo celo y nuevo entusiasmo, como los pastores y los reyes, podremos hacer que los pueblos vuelvan a Él sus ojos y, dejando a sus ídolos, lo adoren.

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