Miscelánea

El futuro de la Iglesia

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Por: Cristina Alba Michel

El día de la Inmaculada Concepción, normalmente celebrado el 8 de diciembre, se ha movido este año del domingo 8 al lunes 9 por tratarse del II Domingo de Adviento, festividad Cristocéntrica que precede a cualquier otra.

1. “Abismo insondable a los ojos del Ángel, Cima encumbrada a la mente del hombre”. De esta manera se le canta a María Inmaculada, con motivo de la Encarnación del Verbo, en el antiguo himno Akáthistos. A través de cada estrofa, desde las Escrituras y desde la Teología se alaba a María como a Dios le agrada que sea alabada la más bella y perfecta de sus obras.

Sin embargo, la perfección y la belleza de María Inmaculada no es algo que se quede en un privilegio de la Madre de Dios, del cual no nos toque nada; en efecto, celebrar a la Inmaculada Concepción no es algo alejado del resto de los mortales, pecadores, hermanos suyos en humanidad, pero hijos en Cristo por el Espíritu Santo, miembros de su cuerpo místico.

2. “Para que la Solemnidad de la Inmaculada Concepción no se quede en mera celebración de los ‘privilegios’ de María, sino que nos toque y nos implique profundamente, debemos comprenderla a la luz de las palabras de Pablo: ‘Dios Padre nos eligió en Jesucristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor'”, explica el predicador de la Casa pontificia Fray Raniero Cantalamessa, OFM.

¿Alguna vez te habías puesto a pensar que justamente para eso hemos sido creados? ¡Para eso hemos sido llamados a la vida!

Y esto que Dios quiere para cada uno en lo personal, es la vocación de la Iglesia Universal, la Esposa de Cristo: “‘Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificarla mediante el bautismo y la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada’ (Ef. 5,25-27). He aquí el gran proyecto de Dios al crear la Iglesia”, señala de nuevo Fray Raniero.

3. Pese a todos los pesares que por el pecado y la desobediencia nos hemos ocasionado, la esperanza firme de la Iglesia, de cada bautizado, es de alegría, en el conocimiento de un destino tan inmerecido como cierto y grande. Por tanto, las penalidades de esta tierra se vuelven nada si miramos al futuro de Dios y las ofrecemos como Cristo ofreció las suyas en su paso por la tierra, especialmente en la hora de la Cruz. María, precisamente, es la primera mártir, esto es, primera “testigo” de Jesús, cuando permanece de pie al lado de su Hijo crucificado, sin flaquear en su fe ni en su ofrecimiento de los propios dolores y los de Jesús por la redención de la humanidad. Ella también fue redimida y preservada -anticipadamente- de toda mancha, de todo pecado, en función de los méritos del Crucificado.

4. “Una humanidad que pueda… comparecer ante Él, que ya no tenga que huir de su presencia, con el rostro lleno de vergüenza como Adán y Eva tras el pecado. Una humanidad, sobre todo, que Él pueda amar y estrechar en comunión consigo, mediante Su Hijo, en el Espíritu Santo”. Eso estamos llamados a ser. Preguntémonos: “¿Que representa, en este proyecto universal de Dios la Inmaculada Concepción de María que celebramos? La liturgia responde a esta pregunta en el prefacio de la Misa del día, cuando dirigiéndose a Dios canta: ‘En Ella has señalado el comienzo de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura… Entre todos los hombres es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

5. “He aquí lo que celebramos en esta Solemnidad, en María: el inicio de la Iglesia, la primera realización del proyecto de Dios, en la que Ella existe como la promesa y la garantía de que todo el plan irá hacia su cumplimiento: ‘¡Nada es imposible para Dios!’. María es la prueba de ello. En Ella brilla ya todo el esplendor futuro de la Iglesia, como en una gota de rocío, en una mañana serena, se refleja la bóveda azul del cielo. También y sobre todo por esto María es llamada ‘Madre de la Iglesia'”.

Aunque en el tiempo nos precede, nuestra Madre no se queda atrás de nosotros, en el origen de la Iglesia. Esta fiesta la celebra como aquella que permanece “ante nosotros como ‘modelo de santidad para el pueblo de Dios’. Nosotros no hemos nacido inmaculados como por singular privilegio de Dios nació Ella; es más, el mal anida en nosotros en todas las fibras y en todas las formas. Estamos llenos de ‘arrugas’ que hay que estirar y de ‘manchas’ que hay que lavar. Es en esta labor de purificación, de recuperación de la imagen de Dios, en la que María está ante nosotros como poderosa llamada”. Ella, la Inmaculada Concepción, repite la llamada de Dios a cada uno y a su vez nos llama, constantemente, pidiéndonos: “Hagan lo que Él les diga”.

Himno de Laudes

El inicio de la vida de la Virgen, Madre de Dios,

hace que despunte para la melodía de este himno,

un motivo nuevo de alegría. 

Oh María, gloria del mundo, Hija de la Luz eterna,

a quien tu Hijo preservó de toda mancha.

El pecado original salpicó a todos los mortales,

pero aparte de tu Hijo, sólo tú

estuviste siempre libre de culpa.

Y como David doblegó la arrogancia de Goliat,

así tu pie aplastó la cabeza de la pérfida Serpiente.

Oh, Paloma sencilla y mansa

que nada sabes de la hiel del pecado,

tú nos traes un anticipo de la misericordia de Dios

y una rama de gracia vigorosa.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Paráclito,

que te otorgaron la gracia

de una santidad incomparable.

Amén.

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