El Adviento nos lleva a la Navidad

Por: Diác. Xavier Hurtado

A lo largo de 20 siglos nos hemos contaminado con una multiplicidad de prácticas que se han acumulado a una compleja tradición “navideña”. Es curioso ver cómo alrededor del 15 de noviembre las ciudades se vuelven locas; nos domina un espíritu de compra, deseamos conseguir -según nuestras posibilidades económicas- regalos para los más cercanos, adelantándonos a la Navidad. Luego, conforme se acerca el 24 de diciembre, este comportamiento se exacerba aún más, llegando al culmen con las carreras para preparar la cena de Nochebuena que, dependiendo nuestros medios y la cantidad de dinero disponible, incluirá tamales, romeritos, pavo, bacalao, o lo que dicten las costumbres locales.

Más interesante todavía son las llamadas “posadas” que en las empresas o grupos de amigos se organizan para celebrar estas fiestas decembrinas, y según la disposición de espacios en restaurantes o lugares de reunión, se apartan con tiempo para comer o cenar con música y bebidas espirituosas obviamente sin tomar en cuenta la lejanía o cercanía de la Navidad, con tal de que sea en diciembre. Y, cuando llega el día 25, se abren los regalos en familia… al día siguiente o a más tardar el 2 de enero todo vuelve a ser como antes de diciembre. Aparentemente ha terminado la Navidad.

Entonces, ¿qué celebramos?

Ya desde el libro del Génesis se promete un redentor, un reconciliador, con Dios. El capítulo 3, versículo 15, afirma que el hijo de la Mujer aplastará la cabeza de la serpiente. Pasando por más de 350 profecías (algunas de difícil interpretación) hasta llegar a San Juan Bautista que afirma: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias” (Mc 1,7).

La Navidad es el tiempo de comprender y adorar a Dios, que por amor a nosotros se hace uno de nosotros. Es un verdadero misterio y un regalo de amor infinito. Por eso el tiempo de preparación para contemplar y participar de dicho nacimiento inicia cuatro domingos atrás, en el denominado tiempo de ADVIENTO, que es un tiempo de oración.

La novena de Navidad, más conocida como “posadas”, debe llevarnos a acompañar a José y a María en su camino a Belén, culminando en el nacimiento de Jesús como un pobre entre los pobres, tan pobre que su cuna fue un pesebre dentro de una cueva. ¿Cuántos cientos de generaciones previas a nosotros desearon poder ver al Salvador y no lo vieron? ¡En verdad que hemos sido increíblemente privilegiados!

En este Adviento les invito a prepararse al encuentro del Hombre-Dios, no con fiestas ruidosas, bebidas y comidas a granel, sino con la humildad y sencillez de Aquel que se ha hecho uno de nosotros para nuestra salvación.

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