Comentario al Evangelio

Resurrección, un nuevo inicio

Comentario al Evangelio del XXXII Domingo Ordinario (Lc 20,27-38)

Por: Mons. Luis Martín Barraza Beltrán

Ya que los fariseos no habían podido con Jesús, a quienes había dejado callados frente a la pregunta sobre el impuesto al César, los saduceos, sus enemigos, creen tener mejores argumentos para hacerlo quedar mal y, de pasada, afirmarse sobre los fariseos. Ellos tenían una religiosidad muy práctica, que hacían compatible con el estilo de vida acomodado que llevaban. Lo más importante para ellos eran los negocios, el dinero, la buena vida. Esto los hacía más concretos y abiertos. La resurrección de los muertos les parecía demasiado fantasiosa, menos aceptaban limitar sus posibilidades económicas por interpretaciones de la ley tan abstractas, como las de los fariseos. Si le hicieran caso a estos, no podrían entrar en contacto con los griegos y los romanos, con quienes comerciaban y hacían otros intercambios culturales. Aceptar que en el cielo existe un tribunal que juzga los asuntos de la tierra, estorbaba su progreso. Por eso mejor, más allá de lo que se puede comprobar directamente no existe nada.

Con su respuesta, Jesús, corrige a los saduceos teóricos, es decir a los que dicen que no creen en la resurrección de los muertos, a los saduceos prácticos que viven, de hecho, sin pensar en su destino final, pero también a los que tienen una idea falsa de la resurrección.

Frente a los que niegan la “vida después de la vida”, Jesús responde con Moisés, que llama al Señor: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. Si estos personajes estuvieran muertos no tendría caso citarlos, “porque Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos…”. Y continuando la reflexión sobre la resurrección desde la existencia humana, tendremos que reconocer que esta es la única que le puede hacer justicia. Tanto a los que les va bien como a los que les va mal en esta vida, no sería justo que todo quedara en esto. Resulta más claro cuando lo pensamos desde una existencia sufriente, oprimida, con más fuerza viene la pregunta: ¿de esto se trata todo?, ¿el plan es que unos sean privilegiados y otros no? Frente al drama del sufrimiento, de la pobreza, de la injusticia, yo digo que la peor injusticia sería negar la esperanza de la resurrección.

Pero aun a los que no les va tan mal en esta vida, la resurrección les revela su grandeza, su dignidad. Conformarse con las realidades temporales que son pasajeras e imperfectas, es tener pocas aspiraciones. La fe en la resurrección revela al hombre su verdadera estatura. La resurrección no es sólo un asunto de la otra vida, sino de darle calidad, sentido y profundidad al momento presente.

En cuanto a corregir una idea falsa de la resurrección. En realidad la objeción que le ponen los saduceos a Jesús, de la mujer que estuvo casada con siete hermanos, no es contra la resurrección, sino contra la inmortalidad del alma. Ellos simplemente meten las realidades temporales al cielo, como si se tratara de una continuidad. Jesucristo les anuncia que se trata de una situación radicalmente nueva, “serán como los ángeles”. Pensar la vida fuera del matrimonio y la familia es casi imposible.

La resurrección es signo de un amor que recrea todo desde la raíz.  

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