Hagamos lío, Miscelánea

La libertad en San Agustín

Hagamos lío

Por: Ada Georgina Durán Priego

Agustín

Agustín de Hipona nace en el año 354 en Tagaste, provincia romana de Numidia, al norte de África y hoy Argelia. 

A los veinte años cae en el maniqueísmo, a los 28 en el escepticismo académico, a los 29 marcha a Roma.

A sus 32 años se convierte al catolicismo en el huerto de Milán y es bautizado por San Ambrosio a los 33. Se ordena sacerdote a los 37 y se traslada a Hipona donde es consagrado obispo en 395. Allí mismo muere en el día 28 de agosto del 430, lleno de méritos y virtudes. Así, cada 28 de agosto celebra la Iglesia su fiesta (Cf. Ángel Vega, Obras de San Agustín, Tomo II, p.12.).

Importancia para nuestros tiempos

Al convertirse al cristianismo encuentra en él la Verdad; reconoce y se arrepiente por haber estado lejos de ella tanto tiempo. Desde entonces su vida ya no es la misma, la suya es una conversión sincera.

¿Por qué hoy es tan importante reconocer la vida auténtica del Santo de Hipona? Principalmente porque sus vivencias y el contexto en que las vivió lo llevaron a plantearse una moral y a convertirse en ejemplo de la vida auténtica.

A nosotros nos interesa, pues su conversión tuvo lugar cuando era un “joven adulto”. En sus Confesiones, expresa de una manera pura y con sentimiento genuino sus vivencias: “¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!, y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y afuera te buscaba, y como un engendro de fealdad me lanzaba sobre la belleza de tus criaturas” (Confesiones).

La libertad

Entre las obras de Agustín, él plantea el problema de la libertad en un texto llamado De libero arbitrio (Del libre albedrío). Distingue entre ley temporal -que se puede modificar de acuerdo a las circunstancias del contexto, como las leyes de un país- y la ley eterna. Esta, la eterna, es aquella que regula y observa todas las acciones del hombre, además por venir de la voluntad de Dios nunca cambia, es para siempre. Y la libertad consiste en seguir la ley eterna que viene de Dios: sólo así podemos hacer un buen uso de aquella.

Necesitamos de Dios para ser libres y no caer en el pecado; en palabras del Santo: “en esto consiste también nuestra libertad, en someternos a esta verdad suprema; y esta libertad es nuestro mismo Dios que nos libera de la muerte, es decir, del estado del pecado” (De libero arbitrio, Vol. II, C13, N37).

Libertad y bien

Concluimos que la libertad es un bien. ¿Por qué? Porque proviene de un Dios bondadoso. Pero ahora surge esta cuestión: si Él nos la ha dado para bien, como un bien, ¿por qué el hombre obra mal?

Por la propia querencia del hombre, como dijimos anteriormente, por la voluntad humana, que sin Dios está sometida al pecado. Por eso sólo Dios puede conducirnos al bien y a ser libres, porque Él es la Verdad y el Bien. En cambio, el pecado esclaviza al hombre y su voluntad.

La gracia

San Agustín enfatiza en que necesitamos de la gracia de Dios para realizar el bien, es decir, sólo con la gracia podemos hacer un buen uso de libero arbitrio y así alcanzar la libertad verdadera. Dios, por Quien y por cuya Palabra fue hecho el mismo hombre, vino en Jesucristo a redimir todos nuestros pecados, devolviéndonos nuestra libertad. Nos toca seguirle e imitarle, es decir, asemejarnos a quien es nuestro Camino, Verdad y Vida. Como dice la Sagrada Escritura: “cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento, de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna” (Carta a Tito 3, 4-7).

Libertad y amor

¿Cómo se relaciona la libertad con el amor? Hemos visto que la gracia de Dios nos hace libres, sin embargo, la gracia es amor -caridad- porque Cristo murió por nuestros pecados en la cruz y su acto es claramente una máxima señal de su amor. Ahora bien, si la libertad es un bien y nos conduce a Él, entonces el amor nos hace libres. El Santo puntualiza: “Sólo la gracia nos capacita para amar desinteresadamente, o sea verdaderamente, a Dios y nos libera del amor egoísta que quisiera hacer de Dios un medio para nuestra felicidad” (Juan Pegueroles, Cf. Obra citada, pág. 142).

Dios y la libertad

A modo de conclusión, San Agustín concibe la libertad como un acercamiento a Dios, cuanto más cerca estemos de Él más libres seremos; por el contrario, cuanto más alejados estemos de Él, menos libres seremos. Por lo tanto, no existe la libertad verdadera sin Dios. En palabras del Santo: “La medida del amor es amar sin medida“.

*La autora pertenece a la parroquia San Pablo Apóstol, Chihuahua.

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