Artículos, Escala de Jacob

La esposa de José

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

1. ¡Bendita seas, Virgen Madre de Jesús, el Hijo de Dios!

De tanto contemplarte en los cielos, se nos puede llegar a olvidar que fuiste, también por voluntad de Dios, esposa de José sobre la tierra.

Poco dicen los Evangelios sobre él, aunque siempre lo suficiente para que alcancemos a comprender, con todo y la dureza de nuestro corazón y a través de su silente presencia, que fue él un hombre tallado del mejor cedro, un diestro artesano, un servidor fuerte y contemplativo, trabajador y alegre, casto y humilde. ¡Cuánto te habrás gozado tú, Madre, al mirar en el carpintero tantas virtudes como Dios le había puesto y cómo él las trabajaba! ¡Cuánto disfrutaría Dios de ponérselas, pues para ti y para Su Hijo eran!

2. Entrelíneas de los cuatro Evangelios, la Palabra habla de José en función de la misión tan grande como difícil a la cual fue llamado: la de ser tutor, ejemplo, papá y sacramento para el Verbo encarnado. Y no menos grande y difícil la de ser enamorado, esposo, amigo, compañero, escudo, protector, proveedor, refugio, alegría y consuelo para ti, Madre de Dios.

Dicen que dijo una santa que tú le compartiste un secreto: que de las rosas rodeando tu Inmaculado Corazón, la más bella es José. Que le llevas muy dentro, amándole y agradeciendo su fidelidad y amor. Dicen que tú le contaste cuánto Jesús y tú le lloraron, cuando tuvo que dejarles. Que Dios, y luego él, eran tu muralla, que en él encontrabas descanso al final de la jornada; a ella -dicen-, le contaste que lo extrañaste siempre.

3. José estuvo a tu lado desde temprano, y tú al suyo. ¡Qué jóvenes, cuando gozosos de desposaron uno al otro! Todos veían que él miraba en ti a su todo, y que tú en él encontrabas al joven gentil, enamorado e íntegro, a quien admirabas y respetabas; al hombre justo, al israelita fiel, al siervo que se alegra en el Altísimo, al esposo que vive para su amada. Seguramente tú -¡Virgen Inmaculada!-, sierva humilde del Señor, aprendías de él, de su silencio enamorado, de su mirada extasiada tan llena del Absoluto al que él, sencillo pueblerino, contemplaba en todo: en los pajarillos, en las olas calmas o agitadas del mar de Galilea, en las flores del campo, en los pobres de Yahvé, en las cosas rotas que componía. Y de él, nosotros aprendemos que a Jesús se llega por ti y sólo por ti, Madre.

4. Aprendiste a disfrutar de su trabajo callado y su alegría serena. Aprendiste a conocer su dolor discreto y su confianza firme. Ser la Madre de Dios te hacía más humilde para saber encontrarle, a Él, en los demás y de los demás aprender; y aprendiendo de José, ¿te entrenabas para tu fiel discipulado de Jesús? Pues, ¿no iba a ser ejemplo de vida aquel hombre que supo callarse el dolor y guardarse su confusión cuando notó en ti lo incomprensible, tratando de comprenderlo? Ante él se manifestaba que serías Madre, y se sentía excluido como padre. No entendía tus ojos enamorados, ¿y se preguntaba si todavía quedaba en ellos, en esa luz más profunda que ahora los habitaba, un rayito para él?

Hizo silencio, y fue así como pudo escuchar al Ángel enviado a develarle el Misterio: José escuchó, creyó, siguió callando y amándote. Y te tomó consigo y te llevó a su casa.

5. Aquella casita la había dispuesto él para ti. Ahora también para tu Hijo, que ya también era suyo. Se cumplía la vocación de su propio nombre: Yahasuf, es decir, que el Señor añada. Y les añadió el Señor un sobresalto tras otro. Ahí van, a Belén a empadronarse. Ahora a Jerusalén a circuncidar al Niño y presentarlo en el Templo. Emprenden el regreso a Nazaret y vuelta a retomar el camino para dirigirse a Egipto. ¡José, fiel José, no te cansas de proteger entre silencios y carreras, entre oraciones y trabajos, entre gozos y dolores a Jesús y a tu dulce esposa! No te canses de proteger nuestra Iglesia, nuestras familias, nuestros hogares. No te canses de fortalecernos y consolarnos en las pruebas, como cuando con María se hacían fuertes y se consolaban por consolar a Jesús y cuidarle.

6. Pero te fuiste. Y Jesús se fue de casa. Le llamaban cuando comenzó a predicar “el hijo de José”, “del carpintero”. Se lo decían con tono de incredulidad, de burla, incluso de desprecio. “Hijo del carpintero”. Sin embargo, Virgen Santa, ¿no tañía en ti un eco de gozosa nostalgia al escuchar su nombre querido? ¿No era aquella confusión el testimonio más firme de la fidelidad de José para contigo y Jesús?

José permanecía en tu corazón y en el de tu Jesús; su vocación se extendió para proteger el misterio hasta el final: la Divinidad del Cristo y tu virginal Maternidad divina.

Su sombra y su nombre te acompañaron también en la hora de la Cruz, en la persona de otro José, el de Arimatea. El mismo que pidió a Pilato el cuerpo de Jesús, el mismo que lo descendió de la cruz, el que lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó entre tus brazos. ¡José!, como aquella noche en Belén, cuando juntos envolvieron a Jesús en pañales y lo pusieron sobre el pesebre. ¡Jesús… José…!

7. Como tu José, el de Arimatea era “un hombre recto y justo“, que colocó sobre el sepulcro a Jesús y en la entrada una gran piedra.

Aquel acto, ¡último que un hombre puede realizar por otro ante el gran silencio de la muerte!, no era sin embargo el último de Dios. Y el Señor añadió, José, a tu nombre y tu silencio un canto infinito, una luz inmensa y gloriosa, la Resurrección del Cristo. En aquella luz y canto, María, recuperaste, con Jesús, a tu familia sagrada; tuviste a tus hijos nuevos, de los que el santo carpintero es hoy también protector. ¡Qué alegría la tuya, dulce esposa de José, Virgen Madre de Dios!

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