Artículos, Caminando con el Papa

El diablo, ¿no existe?

Caminando con el Papa

Por: Cristina Alba Michel

I. El Papa y el Evangelio

El Envidioso

1. “Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, lo hizo a imagen de su propia identidad. Fue a través de los celos del diablo que la muerte entró en el mundo” (Sab 2,23-24). Este pasaje reflexionó el Papa el 12 de noviembre durante su acostumbrada homilía matutina en Casa Santa Marta. He querido citarlo hoy, porque de nuevo anda circulando por las redes sociales que “el Papa Francisco aseguró que no existe el infierno”. Pero nada de eso, al contrario, si alguien hoy nos recuerda estar alerta para no caer en las fauces del demonio que “anda como león rugiente buscando a quién devorar” (1Pe 5,8), es precisamente él. Esta vez, para recordar de dónde le viene al diablo su apetito, explicó:

2. “La envidia de aquel ángel soberbio que no quiso aceptar la Encarnación” es lo que le ha movido constantemente “a destruir a la humanidad”, sembrando en ella “los celos, la envidia, la competición”. En efecto, porque el Hijo de Dios se hizo hombre, uno de nosotros, es por lo que el diablo, lleno de celos y de envidia, trata de destruir a la humanidad y arrastrarla a la perdición”. El diablo “no puede tolerar eso. De ahí… la raíz de nuestros males, de nuestras tentaciones, la raíz de las guerras, del hambre, de todas las calamidades del mundo”.

¿Nos damos cuenta de ello? ¡Muchos ya no creen en la existencia del diablo, y eso hace más fácil su labor de división, de confusión, de destrucción!

3. Prosigue el Papa: “¿Por qué hoy en el mundo se siembra tanto odio? En las familias, que a veces no pueden reconciliarse, en el barrio, en el lugar de trabajo, en la política… Algunos dicen: ‘pero padre, el diablo no existe, es… un mal tan etéreo’. Pero la Palabra de Dios es clara. Y el diablo se la ha tomado con Jesús. Lean el Evangelio: ¿tenemos fe o no la tenemos?”.

Además, el Papa lo llama “gran envidioso”, lo cual equivale a reconocerlo como a una persona concreta y no genéricamente como “el mal”. Dice que debemos estar atentos para “no entrar en el juego de este gran envidioso” mediante el fortalecimiento de la fe en Cristo Jesús, el seguimiento de Cristo Jesús, actuar como Cristo Jesús.

II. Glosas y comentarios

¿Cuán cerca estoy?

Todos lo habremos escuchado en algún momento de labios de católicos -¿tal vez, incluso, de algún sacerdote?-: el diablo no existe. Satanás, Lucifer, no existe. ¡Pero la Palabra de Dios es tan clara!

La Escritura lo menciona como una persona, Jesús lo nombra, lo enfrenta, le da órdenes y le vence.

A esto de creer que el diablo es un invento, o una especie de energía maligna en el corazón o en la mente humana, se le añade otra creencia no menos peligrosa: pensar que creer en cualquier dios y tener cualquier religión es igual.

Debería llamar nuestra atención el que la propagada y ataques mundanos se dirijan no contra cualquier religiosidad, contra cualquier espiritualidad o divinidad, sino contra Jesús el Dios encarnado, contra su Iglesia y su Eucaristía.

En efecto, hoy se puede creer en cualquier cosa y manifestar públicamente cualquier espiritualidad, cualquier religiosidad, pero no puedes ser testigo de Jesucristo, por ejemplo, en las redes sociales o en el foro público de la vida social y política porque corres el riesgo de ser silenciado en algunos casos o eliminado en otros.

El que esta generación tolere a cualquier dios menos a Jesucristo, debe llevarnos a constatar que lo que el Papa reflexionó en su homilía del 12 de noviembre es cierto: primero, que el origen de nuestros males es la envidia del diablo por la Encarnación, y segundo, la falta de fe firme en el Señor.

No se trata de pensar que el diablo tenga más poder que el que tiene, nada junto al poder de Dios. Sí se trata de revisar cuán cerca estoy de ese Dios que da su Vida y su fuerza a través de los Sacramentos de la Iglesia, de la oración de la Iglesia, de la unión con la Iglesia.

Pensar

“‘Pero Padre, yo no destruyo a nadie’. ¿No? ¿Y qué hay de las habladurías cuando hablas de otra persona? La destruyes. Las habladurías matan, calumniar mata… dentro de nosotros llevamos la guerra”.

Y están las guerras más grandes, generalizadas, las sucias acciones políticas, los sembradores de odio, destruir al otro. “Muchas veces creo que las noticias son un relato del odio para destruir: ataques, guerras. Muchos niños mueren de hambre, de enfermedades… porque el dinero que se necesitaría para acabar esto, se va para fabricar las armas”.

“Detrás de estos horrores hay alguien que te toca el corazón para hacerte ir por el camino equivocado. Alguien que siembra destrucción en nuestro corazón, que siembra el odio” (Homilía noviembre 12, 2019).

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