Comentario al Evangelio

Una invitación a la oración

Comentario al Evangelio del XXIX Domingo Ordinario (Lc 18,1-8)

Por: Mons. Luis Carlos Lerma Martínez

La indicación que da el evangelista San Lucas, es que Jesús les dijo esta parábola a sus discípulos (17,22) para que supieran la necesidad de orar siempre y sin desanimarse. Si lo dice Jesús, lo dice Dios mismo (ver Lc 5,1; Jn 14,10-11). Pero no falta un poeta que afirme: “cuando de nada nos sirve rezar”; y un artista que lo cante…, y ahí está todo mundo (exagero) haciéndole caso al poeta y no a Dios. Si Dios lo dice es porque así es, tenemos necesidad de orar siempre y sin desanimarnos.

Luego, viene la parábola del juez y la viuda, donde lo que se resalta es la molesta insistencia con la que la viuda busca al juez para que le haga justicia frente a su enemigo. El juez, que no respetaba a nadie ni temía a Dios, se cansó de la mortificante insistencia de la viuda, que prefirió atenderla y hacerle justicia para quitársela de encima y ya no lo siguiera fastidiando. Teniendo ese ejemplo, Jesús pregunta a sus discípulos: “¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche? ¿Los hará esperar?” (Lc 18,7); como diciendo, si una persona mala, sin respetos ni escrúpulos, sabe hacer el bien cuando se le pide con insistencia y sin descanso, cuanto más bien hará Dios que es el supremo bien, el Bueno simple y sencillamente. Entonces, es una invitación para orar siempre, con insistencia y sin desfallecer.

Jesús nos asegura que Dios hará justicia inmediatamente. Esto está de no creerse, o al estilo del apóstol Tomás, hasta no ver no creer, o como se usa ahora en los mejores eventos, pago por ver. Pues precisamente ahí está el problema, porque queremos ver que Dios haga su parte sin nosotros hacer la nuestra. Por eso, la última pregunta que hace Jesús: “cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18,8). Sin fe no sabemos orar, no sabemos para qué orar, a quién orar. Sin fe no podemos ver las maravillas que hace Dios, ni apreciar cómo cumple sus promesas, ni darnos cuenta cómo nos escucha.

Ahora bien, el hecho de que Dios nos escucha y atiende nuestras súplicas, no quiere decir que cumple nuestros antojos. Recordemos a nuestro Salvador, en el huerto de Getsemaní le suplicaba a su Padre: “Padre, si quieres aleja de mí este cáliz de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Por supuesto que se hizo la voluntad de Dios Padre, que no le evitó el momento de la pasión y muerte, sin embargo, tenía reservado para su Hijo cosas mayores y mejores.

Dios nos escucha, pero nos sobrepasa en nuestros mejores anhelos y deseos. Por eso, hemos de pedir el auxilio divino, que el Espíritu Santo nos ayude a orar, como recomienda San Pablo: “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros” (Rom 8,26).

“Orar siempre y sin desanimarse”, por nosotros mismos, imposible. Por eso necesitamos invocar el auxilio divino, la asistencia del Espíritu Santo, él nos ayuda.

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