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Una dieta a base de atole

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

“Recibimos un país al borde del abismo pero ¡hemos dado un paso adelante!”, dicen que dijo uno de aquellos presidentes nuestros en uno de aquellos memorables informes. No sé por qué pero en días recientes recordé de improviso el episodio.

Le confesé a un amigo mío de la preocupación que me produce sentir que nos encontramos al borde del abismo. Él es optimista por naturaleza y de forma automática me recetó el consabido consejo: “No te preocupes, eso no sirve de nada, mejor ocúpate”. No me convence, pues resulta que preocuparme y tratar de preocupar a otros es mi manera de ocuparme.

Preocuparse vs Despreocuparse

Lo contrario de preocuparse no es ocuparse, sino despreocuparse. Y la despreocupación no lleva a la acción; la preocupación sí. Si queremos librarnos del abismo al que nos dirigen nuestros conductores, necesitamos preocuparnos más. No se dará un primer paso para eludir el peligro si antes no abrimos los ojos, nos percatamos del desastre que nos amenaza y lanzamos un grito de preocupación que contagie y sacuda al pueblo. Y ojo: antes de movernos necesitamos primero cambiar de dirección.

Los manipuladores de pueblos, con motivos perversos, han inculcado la idea de que la preocupación es un estado morboso, y empujan a las masas a que simplemente actúen sin reflexión y se dejen conducir mansamente -sin ningún tipo de análisis- al paraíso. Nos quieren despreocupados pues así seremos dóciles. Ser despreocupados es estar tranquilos, confiados, descuidados, indiferentes, apáticos.

Si supiéramos a qué hora va a venir el ladrón, dice el Evangelio, estaríamos prevenidos. Preocuparse es precisamente ocuparse antes de que las cosas sucedan entrando en estado de alerta, lo cual nos coloca en situación de responder con prontitud y eficacia. ¿Qué pasó con las vírgenes necias (cfr. Mateo 25)?, ¿qué hicieron? Nada, simplemente no se preocuparon.

De preocupaciones a preocupaciones

El problema no es que nos preocupemos, sino que nos preocupamos mal y, sobre todo, por las cosas equivocadas. Por eso aconseja San Pablo: “Preocúpense por las cosas de arriba, no por las de la tierra” (Colosenses 3,2).

Hay preocupaciones que paralizan y preocupaciones que mueven. La preocupación motivante es una fuerza que nos empuja a la acción. Hoy urge compartir un gran motivo de preocupación que atañe a todos: la dieta que nos dan nos está debilitando. Trataré de explicarlo:

Los habitantes de los pueblos de América Latina enfrentamos una grave amenaza, como si un monstruo de mil cabezas nos acechara y ya hubiera dado los primeros formidables zarpazos. No es algo que podamos contemplar con indiferencia: nos encontramos ante una catástrofe humana de grandes dimensiones. El problema no son los miles de migrantes que nos llegan; si las cosas siguen como van, dentro de poco los migrantes seremos nosotros o estaremos desesperados por serlo.

Los jesuitas latinoamericanos denuncian el sufrimiento del pueblo venezolano bajo la tiranía de Maduro (Periodista Digital, 10/Mar/2019). Nos hablan de “un pueblo que pasa hambre, que no tiene dónde recibir atención médica, que no cuenta con los mínimos servicios públicos, que sobrevive a pesar del irrisorio valor de la paga que recibe; un pueblo que es perseguido cuando protesta, que vive múltiples formas de control social y político, con un gobierno ahora cuestionado en su legalidad y cada vez más totalitario, que ha sido cooptado por un pequeño grupo de intereses corporativistas y que ha dilapidado escandalosamente la riqueza del país”.

Y continúa el medio: “El dolor y la miseria creciente del pueblo venezolano, dentro y fuera de su país, nos entristece y nos interpela. La actual situación de miseria y quiebre de la institucionalidad de la democracia es éticamente intolerable y políticamente insostenible”.  A su vez, Roberto Jaramillo Bernal, S.J., Presidente de la Conferencia de Provinciales Jesuitas en América Latina (CPAL), denuncia: “Los millones de migrantes presentes en casi todos los países de América Latina (13% de la población venezolana) nos abren una ventana por la cual se asoma diariamente la pasión cotidiana -casi inaguantable- de la mayor parte de su pueblo”.

Más que abrirnos una ventana, pienso que nos presentan un espejo mágico al cual podemos asomarnos para reflexionar sobre nuestro futuro inmediato. Nuestras autoridades dicen que uno de sus logros será que sólo emigren los que deseen hacerlo en forma voluntaria. Pronto todos seremos de ésos.

¿Discursos de atole?

Sé que no se vale hablar. Las voces que tratan de advertir son ridiculizadas y calificadas como discursos de odio. Ahora bien, los discursos de odio son preocupantes pero no exclusivos de los llamados adversarios del nuevo régimen y, por otra parte, el “discurso de atole” es más preocupante aún, y es el que están suministrando en desayunos mañaneros. A eso suenan, por ejemplo, los discursos que quieren hacernos distinguir entre desarrollo y crecimiento y nos dicen que el primero lo vamos logrando bien y que el segundo no debe preocuparnos pues es cosa de ‘fifís’.

Por fin hemos podido saber a qué se refería el líder que tanto hablaba del advenimiento de un cambio de régimen: ¡Se trataba de un régimen alimentario!, ahora la dieta de aquel pueblo bueno es a base de atole.

Hoy el mundo se asombra al saber de otro país latinoamericano al que no lo alimentan ya con realidades sólidas sino con atole. Le están dando educación de atole, nuevas universidades de atole, empleos de atole, medicamentos de atole, guardias de atole, seguridad de atole, aeropuertos de atole, moral de atole, prédicas de atole…

El problema de tanto atole es la náusea que a la larga produce, sobre todo si se aplica con el dedo. El Apocalipsis habla de un libro misterioso de efectos contrastantes: “En mi boca era dulce como la miel, pero cuando terminé de comerlo, se volvió amargo en mi estómago. Entonces me dijeron: ‘tienes que trasmitir de nuevo las palabras de Dios relativas a numerosos pueblos…'” (Ap 11,10-11).

Crear conciencia, preocupar, es lo que hoy nos debe de ocupar.

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