Miscelánea

¡No apaguemos el fuego misionero!

Jesús sigue llamando

Por: Cristina Alba Michel

1. Escuchaban al Bautista, pues eran sus discípulos, cuando Jesús pasó por ahí. Aquel les dijo: “Este es el Cordero de Dios”.

Andrés y Juan se acercaron a Jesús; le preguntaron: “Maestro, ¿dónde vives?”. Le siguieron y se quedaron con Él. Eran como las cuatro de la tarde…

Juan apunta en su Evangelio aquella hora, la más feliz, intensa y profunda que habían experimentado en sus vidas. Ambos jóvenes no solamente siguieron a Jesús sino que invitaron a sus hermanos, Pedro y Santiago, a seguirlo. También sus familias fueron generosas, compartieron con Jesús aquellos hijos que trabajaban en las pequeñas “empresas” familiares de pesca.

Este día, como aquella tarde, Jesús sigue llamando a jóvenes valientes que quieran seguirle, que vean dónde vive, le conozcan y estén con Él; que guarden en su corazón el tesoro de la primera hora.

2. La Iglesia exhorta a las familias a orar por las vocaciones de sus hijos. Al final de cada Eucaristía rogamos al Señor que envíe trabajadores a sus campos, que llame vocaciones santas al sacerdocio y a la vida consagrada. Estemos dispuestos a darle misioneros.

Cuando Jesús llama no se dirige sólo a los jóvenes y a sus familias. Jesús pide a los Seminarios y a las Diócesis -esas familias más grandes- que sean generosos, que sepan encender en sus hijos el fuego del Espíritu Santo que está deseando enviar operarios a sus campos más lejanos. Jesús llama a los Seminarios y a las Diócesis a ser magnánimos y a dar desde su pobreza.

3. Faltan sacerdotes y misioneros, no porque falte el llamado ni porque el Espíritu no encienda los corazones, sino porque la voz del Señor es ahogada por los ofrecimientos mundanos, pero también por las familias, los seminarios y las diócesis que no respetan, protegen ni alientan ese fuego misionero. Así, a fuerza de apagar el fuego se enfría el amor y se empobrecen más la familia y la Iglesia. En cambio, a quien da de su pobreza, el Señor paga el ciento por uno, porque “Dios ama al que da con alegría”.

4. Celebramos la Jornada Mundial de las Misiones dentro del Mes Misionero Extraordinario, proclamado para recordar la encíclica Maximum illud, de Benedicto XV, sobre la Evangelización. Dice: “nuestras palabras se dirigen… a aquellos que, como obispos, vicarios y prefectos apostólicos, están al frente de las sagradas misiones, ya que a ellos incumbe más de cerca el deber de propagar la fe”.

Sabemos que este deber incluye la recaudación de los fondos necesarios, pero, ¿de qué serviría disponer de ellos si no hay quien anuncie la Palabra?

5. Es también mes del Rosario. ¡Pidamos a Dios vocaciones misioneras en nuestra Iglesia local! No apaguemos el fuego misionero en nuestra diócesis, no seamos avaros de nuestros hijos, no permitamos que los problemas burocráticos y financieros enfríen el amor de tantos corazones. Seamos Iglesia misionera, generosa, que da de su pobreza, y no una que apaga las vocaciones con su avaricia.

Una Iglesia misionera es luz que se comparte, heroísmo que se entrega, locura apostólica de amor por todos los hombres. Una Iglesia misionera es aquella que está enamorada de Jesús, que lo sigue y lo sirve, que guarda en su corazón su hora y su Palabra, las anuncia y las comparte.

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