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La correcta interpretación de la Biblia

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

PREGUNTA: Me da miedo leer la Biblia porque sé que muchos se han desviado tratando de interpretarla y lo han hecho mal; tantas sectas que existen, que se basan en ella, prueban que es fácil perderse. Si eso le pasa a gente de veras lista, ¿qué puedo esperar yo que soy un poco corta de entendimiento?

RESPUESTA: En su pregunta está la respuesta, creo que la clave está en la actitud: la Biblia hay que leerla con amor y humildad.

Las cartas del rey

Un rey de aquellos tiempos tenía tres hijas que, tras casarse, abandonaron su reino en pos del marido. Él les escribía deseoso de tener noticias suyas y para expresarles lo mucho que las quería y las extrañaba. Una recibía la carta con recelo, temiendo algún regaño o una reclamación velada; otra con interés personal, buscando en ella alguna ventaja egoísta; y la tercera con cariño, sintiéndose indigna de recibir tales muestras de afecto como las que le profesaba su padre. Las tres leían casi idénticos textos, pero sólo una podía comprender y corresponder al verdadero mensaje que provenía del corazón.

¿Indignidad?

Hay quienes, en su arrogancia, piensan que la Biblia es como aquel libro de siete sellos que menciona el Apocalipsis (cap. 5), y que sólo ellos son dignos de abrirlo y capaces de entenderlo; luego se pierden en detalles periféricos que nada o muy poco tienen que ver con el mensaje central de la Escritura, porque sus intenciones no son rectas.

Los creadores de sectas son o timadores o alucinados, y estudian la Biblia ya con intereses torcidos. Su idea es hasta cierto punto simple y la venden a quien se deje. Manejan, así, dos postulados que para ellos están fuera de toda discusión:

1. “La Biblia es un libro misterioso que requiere una interpretación”.

2. “La interpretación verdadera la tengo yo”.

Punto número 1

Dicho ‘postulado’ amerita una aclaración: La Biblia no pretende ser, de por sí, un libro misterioso, y podemos estar seguros de que quienes la escribieron buscaban exactamente lo contrario: poner al alcance de los destinatarios, de manera comprensible para todos, la riqueza del mensaje de la salvación.

Cuando se habla de ‘misterios’ no se debe a que Dios quiera comunicarse con nosotros a través de acertijos para ver qué tan listos somos; simplemente se trata de que el ser íntimo de Dios sobrepasa todo entendimiento humano, pero se nos revela en Cristo, lo que significa no sólo que se pone a nuestro nivel sino que se hace uno de nosotros. En Él, el amor del Creador hacia su creatura se vuelve amor hasta la muerte, lo que constituye un verdadero misterio. Pero verdades aplastantes como ésta no se resuelven en elucubraciones esotéricas sino tratando de aceptar y de corresponder a ese amor. Lo mismo sucede con todas las profundidades de su Ser divino que nosotros aceptamos y vivimos “en la fe”. Por tanto, el misterio no está en la Biblia sino en Dios, y es un misterio no tanto de entendimiento sino, más bien, de un incomprensible amor.

Es cierto que la Escritura tiene pasajes oscuros. El mismo San Pedro advierte sobre esto pidiendo que tengamos cuidado: “Hay en ellas algunos puntos difíciles de comprender que los ignorantes tuercen, lo mismo que las demás Escrituras, para su propia perdición” (2Pedro 3,16). Bien se ve que el peligro no viene de la Escritura en sí, sino de quienes la tuercen.

Que la Biblia tenga fama de ser un libro misterioso se debe principalmente a que los herederos de la Reforma protestante han reducido los textos a lo que cada quién quiera sacar de ellos, en contra de la advertencia de Pedro. Los libres intérpretes la han torcido, retorcido y vuelto a torcer; han hecho de ella algo así como una bola de cristal: muchos se sientan delante y con unos cuantos pases de mano son capaces de ver lo que quieren y con ella engatusan a sus oyentes. Cada nueva secta saca de ella explicaciones tan espesas, revueltas y contradictorias, que han logrado introducir confusión en la misma claridad.

Ciertamente la Biblia requiere de una interpretación; en esto no hay gato encerrado pues todo escrito necesita ser interpretado, es decir, entendido. No hay comunicación si el texto no se interpreta, y desde luego la interpretación correcta será aquella que coincida con lo que el autor quiso expresar.

Punto número 2

¿Cuál es la correcta interpretación de la Escritura? Simple: la correcta interpretación de un texto es la que capta en esencia la intención del autor.

Es como aquel libro de texto escrito por el profesor X. En ciertos problemas difíciles de interpretar y resolver todo mundo se hizo bolas hasta que a alguien se le ocurrió la genial idea de ir a preguntar al profesor X cómo se había de entender aquello.

Es claro que la correcta interpretación del texto será la que señale el autor. Por eso me parece natural que una regla segura para la interpretación de la Escritura es interpretarla en consonancia con el sentir de la Iglesia, que es, ni más ni menos, su autora; hablo desde luego del Nuevo Testamento. La Iglesia escribió los textos inspirada por el Espíritu Santo y cualquier intento de interpretación que quede al margen o en oposición a lo que la Iglesia enseña será por lo tanto falaz.

La promesa de Jesús de enviar a sus Apóstoles el Espíritu Santo que los conduciría a la verdad completa, se extiende a todos los que en el tiempo formarían con ellos un solo cuerpo. Marcos, Lucas y Pablo, por ejemplo, no eran de los Doce pero la Iglesia reconoce sus escritos como inspirados.

No hay vuelta de hoja: cualquiera, movido por ese Espíritu de unidad, puede leer la Biblia con provecho. El problema se presenta cuando el lector se siente tan inspirado que se va a fundar su propia iglesia; entonces, resulta dudoso que quien lo inspira sea precisamente el Espíritu Santo, ¿no lo cree?

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