Del Santoral de la semana

Por: Raúl Sánchez K.

Septiembre 30: San Jerónimo (347-420)

Eusebius Hieronymus, el más docto de los Padres latinos y el mayor erudito de su tiempo. Nació en Estridón, cerca de la frontera de Dalmacia (actual Croacia). De familia cristiana acomodada, tuvo buena formación en su casa y en Roma, donde recibió el bautismo por el Papa Liberio.

Seducido por la vida contemplativa, fue al desierto a hacer penitencia por sus pecados, especialmente por su sensualidad muy fuerte, su terrible mal genio y su gran orgullo. Se entregó a la existencia ascética al ir a Oriente, donde se ordenó presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del Papa San Dámaso, quien frecuentemente lo instaba a hacer aclaraciones sobre textos y cuestiones bíblicas y, poco después, le encargó la traducción de la Sagrada Escritura al latín: la Vulgata.

Incomprendido y hasta calumniado en Roma por el modo fuerte que tenía de corregir y conducir hacia la santidad a mujeres que habían sido fiesteras y vanidosas, fijó su residencia en Belén donde vivió por 35 años una vida de estilo monástico y tradujo y explicó las Sagradas Escrituras.

Octubre 1º: Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

Teresa Martin nació en Alençon, última de 9 hermanos. Tuvo intensa piedad, cultura muy básica y pocas relaciones sociales. Su madre murió y quedó bajo el cuidado de sus hermanas.

En 1882 su hermana Paulina entró al Carmelo y ella sufrió nerviosismo que puso en peligro su vida. En 1883 ante una imagen de la Virgen quedó casi curada. En 1884 hizo su Primera Comunión y recibió la Confirmación. En 1885-86 tuvo un período de escrúpulos, pero en Navidad tuvo su “conversión”. En adelante fue equilibrada y serena.

A sus 14 años quiso ser carmelita, pero se opusieron las superioras. Se entrevistó con León XIII, quien la alentó. Su Obispo dio el permiso y en 1888 entró a la Orden. Fue ayudante de la maestra de novicias y luego llevó el noviciado con prudencia y tacto. La Priora trató con cierta severidad a Teresa, lo que contribuyó a su humildad. Fue generosa en obediencia, pobreza y caridad. Su alegría e igualdad de trato fueron heroicas.

En 1886 inició una enfermedad incurable. Sensible al dolor en cuerpo y alma, el Amor la asoció al misterio de su Pasión. “Amar, ser amada, y volver a la tierra para hacer amar al Amor”, solía decir.

Octubre 3: San Francisco de Borja (1510-1572)

Nació en Gandía, España. A los 10 años perdió a su madre y pasó tiempo con su tío el Arzobispo de Zaragoza y 2 años como paje en la corte de Juana la Loca. Su pureza de alma y nobles sentimientos cristianos le ganaron la simpatía general. Carlos V le honró con su amistad. A sus 19 años se casó y los siguientes años acompañó al Emperador en sus expediciones. En 1539 murió la esposa del Carlos V y ello le cambió la vida: la vista del cadáver le produjo un sentimiento de la caducidad de las glorias humanas y determinó servir al Rey que no muere.

Había conocido a los jesuitas. Hizo Ejercicios de San Ignacio, con quien tuvo comunicación epistolar. Quedó viudo en 1546 y entró a la Compañía de Jesús. En privado estudió Teología. Con especial dispensa pontificia hizo profesión religiosa.

Fue a Roma, pero tras dificultades, Ignacio lo envió a España donde desarrolló intensa actividad apostólica, con renuncia y humildad. A la muerte de San Ignacio continuó con el afianzamiento de la Compañía, pero hubo dificultades y desengaños y se retiró a Portugal y luego a Roma. En 1563 fue elegido General de la Compañía.

Octubre 4: San Francisco de Asís (1181/82-1226)

Fundador de la Orden de Frailes Menores. Nació en Umbría, Italia. Hijo de un rico comerciante, su juventud fue alegre y pródiga. Una expedición militar le hizo comprender en un sueño misterioso que Dios le reservaba un destino. Se entregó al retiro y al trato amistoso con los pobres, en especial con los leprosos. Oyó de labios del crucifijo de San Damián la orden de “reparar la Iglesia”. Rompió con su padre y ante el Obispo de Asís hizo renuncia total.

Durante un Evangelio en Misa sintió su vocación a la vida apostólica en absoluta pobreza. Vistió una túnica ceñida y se dedicó a predicar la penitencia, la conversión evangélica.

Se le unieron compañeros, pero se despertaron suspicacias. Acudió al Papa Inocencio III quien en forma oral aprobó esa forma de vida. Oración, apostolado popular, trabajo en casas acomodadas o en el campo, servicio en hospitales y leproserías llenaban sus jornadas. La fraternidad y eficacia de su acción hizo crecer a sus seguidores y entre dificultades y conflictos se redactó una regla que al fin aprobó la Santa Sede.

En 1224 sufrió los estigmas, signo de su participación en la Pasión de Jesús. “Seguir la pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo” estuvo en la conciencia del Santo. 

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