Comentario al Evangelio

De fariseos creídos a publicanos arrepentidos

Comentario al Evangelio del XXX Domingo Ordinario (Lc 18,9-14)

Por: P. Silvestre Méndez Morales

El pasaje del evangelio forma parte de la tercera etapa del camino de Jesús hacia Jerusalén, donde continúan las enseñanzas a los discípulos: les instruye sobre la llegada del Reino de Dios (17,20-37), la oración perseverante y humilde (18,1-14), el seguimiento de Jesús y la renuncia a las riquezas (18,15-19,28) y, al final de esta sección, el tercer anuncio de la pasión, que relaciona la enseñanza del camino con su ministerio en Jerusalén y, en último término, con el punto culminante de la obra de Jesús, su misterio pascual: muerte y resurrección.

Esta parábola es propia de Lucas. De entrada (v 9) nos presenta la severidad de la enseñanza, va dirigida: “a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás”, se presume que se trata de los fariseos. La presentación de los personajes en la parábola es contrastante. Por una parte se trata de un fariseo: el hombre se cree justo, observante de la ley y cumplido con Dios; por otro lado, un publicano: el hombre pecador, recaudador de impuestos, aliado del opresor, que abusa de su puesto para robar y oprimir al pueblo judío, considerado por el pueblo como un hombre que está fuera de la ley y, por todo esto llamado publicano, esto es, pecador público. Éste conoce su situación, no se ciega; reconoce que está en pecado y lo manifiesta en su actitud exterior: no se atreve a avanzar en el templo ni a levantar los ojos al cielo, se golpea el pecho. 

La parábola está enmarcada en un contexto de oración donde ambos hombres expresan la visión que cada uno tiene de su vida. La oración del fariseo es fruto de un hombre autosuficiente, de acción de gracias, no por los favores recibidos por Dios, sino por sus propios méritos. No presenta peticiones, sino un amplio elenco de méritos propios. Enumera vicios o pecados que según él no tiene, para hacer una odiosa comparación con el publicano. También menciona obras que practica con magnificencia y con asiduidad, ayunos, diezmos, en general, obras buenas.

El publicano, contrario al fariseo, permanece a lo lejos, no levanta su mirada al cielo como tampoco eleva sus manos en su plegaria, se presenta en actitud humilde, se golpea el pecho, expresando así su más profunda pena o dolor por el pecado. No sólo se reconoce pecador, sino que se duele de su situación de pecador. A diferencia del fariseo, el publicano se abandona a la misericordia y amor de Dios, pues sólo ve en su corazón una total ausencia de méritos ante Dios.

Jesús señala que Dios acepta la oración del publicano y le otorga el perdón y su gracia; no así al fariseo. Dios perdona al pecador arrepentido y humillado, pues, “al corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias” (Sal 51,19). El pasaje de Lucas encuentra eco en el salmista.

El discípulo ha de ser cuidadoso en su oración, ha de aprender a orar la oración que Jesús nos ha enseñado: el Padre nuestro, contemplar al Dios Padre amoroso y misericordioso.

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