Reportajes

Correrías de un misionero en África

Entrevista con el P. José Bejarano, MG

Por: Karen Assmar Durán

Un querido sacerdote frecuentado por Notidiócesis cada vez que regresa a Chihuahua por vacaciones es el P. José Bejarano Martínez, Misionero de Guadalupe (MG), quien nacido en Estación Conchos el 21 de diciembre de 1944, es decir, próximo a cumplir sus 75 de edad, en entrevista recordó su andar apostólico en tierras de misión ad gentes en Kenia, África, y detalles interesantes sobre la vocación misionera a la que todo cristiano es llamado desde su Bautismo.

El día de su Ordenación sacerdotal, 14 de agosto de 1970, por manos de Mons. Adalberto Almeida y Merino, Arzobispo de Chihuahua.

Padre José, recuérdenos, ¿cómo fue su llamado a ser sacerdote?

“Desde muy pequeño sentí el llamado a la vocación, yo pensé que era la buena: quería ser piloto militar para matar gente. Reflexionando posteriormente me di cuenta que guardaba cierta agresividad, inclusive soñaba a los 8-9 años que salía en mi avión, regresaba feliz, tranquilo, después de haber matado gente, creo que aterricé bien dos o tres veces pero a la cuarta fue duro ver mi avión bastante destrozado y vi claro el mensaje: ‘Esto no es negocio, voy a matar gente aunque sea con licencia o por mi país, supuestamente, pero naturalmente muy pronto me van a matar, esto no puede ser mi vida’. Empecé a pedirle a Dios, a esa pequeña edad, qué era lo que quería de mí, que me dijera por dónde debía caminar.

Bendito sea Dios que para ese tiempo ya Pablo, el mayor de diez hermanos, estaba en el Seminario Mayor de los Misioneros de Guadalupe, Instituto fundado por todos los obispos mexicanos el 7 de octubre de 1949. Entonces empezó a llegar la revista ‘Almas‘ y Dios me mostró en la primera que vi, fotos de un artículo de un sacerdote trabajando en Kenia, y aunque allá son negros, yo ya no vi nada negro, ¡me dio una inmensa felicidad como no tienes idea! Feliz de la vida porque ya sabía yo, a mis diez años de edad, que ése era el camino que Dios quería; inmediatamente le di gracias por haber escuchado mi oración: ¡Gracias, Señor, porque en vez de matar gente Tú me pides que dé mi vida, que dé tu Vida a los demás, y en eso he sido plenamente feliz”.

¿Influyó el P. Pablo en su vocación?

“Pablo -en paz descanse-, era un ejemplo viviente de la santidad y ya eso era de alguna manera un llamado para cualquier persona; no sólo era un hombre muy bueno sino que era santo y entregado, pero nunca me dijo que me metiera al Seminario, lo cual le agradezco. Once años mayor que yo, le pedía que cuando viniera de vacaciones me trajera los libros de la gramática latina y griega, porque quería empezar a estudiar por mi cuenta esos idiomas; me encantaron los dos, más el griego porque era más difícil, un reto más grande, un idioma para mí y a aquella edad, de otro mundo. Llegué un poco adelantado en eso, nada más; en cuanto a la seguridad de la vocación me daba coraje que me veían tan chiquito y me dijeran: ‘¡A ver qué tanto aguanta!’, ‘¡a ver si puede!’, pero sabiendo que Dios mismo me había llamado, no dudé ni un segundo desde que me llamó”.

¿Entonces ingresó muy pequeño con los Misioneros?

“Terminando la primaria, con 12 años recién cumplidos. Los Misioneros de Guadalupe estamos celebrando nuestro 70º aniversario, yo tengo 62 años de formar parte del Instituto, entré en enero de 1957. Era el más pequeño del grupo, aguanté como unos 4-5 días sin llorar pero un día me metí a las cobijas para que no me vieran mis compañeros y me puse a llorar un rato; fue la única vez que lloré porque ya sabía que iba a estar lejos de la familia para siempre.

Cursé el Seminario Menor en Tlaquepaque, colonia López Cotilla, en aquel tiempo se le llamaba Ranchitos. Además de las materias propias de la secundaria aprendimos latín, griego bíblico, francés, el español a profundidad, como para enseñarlo a alguien; me han encantado siempre los idiomas porque los veía como un reto y un medio para evangelizar y, como era internado, no perdíamos tiempo en nada, estudiábamos muchísimas materias, había más disciplina y dedicación. Después de eso seguían dos años de Filosofía, pero nos mandaron otro año más con los jesuitas, ‘¡válgame Dios, pues qué pecado cometimos!’, pensé, pero fue un repaso excelente de lo ya visto; luego siguió un año especial que llamábamos Noviciado, hoy CESPA (Curso de Espiritualidad y Pastoral), y los cuatro de Teología también los estudié con los jesuitas en lo que se llamaba Río Hondo, hoy el ITAM en la CDMX”.

¿Qué pasaba por su mente adolescente, con tanto que aprender?

“La gran ilusión y alegría de ser misionero, la gran oportunidad de ir a predicar al mundo entero que Cristo es vida, que Dios es amor y felicidad eterna, que somos hermanos… Los africanos son en su tribu y en su familia muy unidos, allá aprende uno muchísimo más que lo que vivió acá en cuanto a sentido de la familia y valores de la familia; un clan es una multitud de familias en la que todos se llaman hermanos”.

¿Terminó su formación y le mandaron directo a la misión?

“Me salí un año antes de terminar la Teología, no estaba dudando pero quería trabajar un año para conocer a la gente, sufrir con ella para poder entender, comprender las situaciones del diario. Hablé con el rector, que sudaba, se ponía nervioso, y me preguntaba: ‘¿Tú crees que vas a regresar? ‘¡Claro que sí!, usted nomás deme el permiso; quiero prepararme mejor para ser sacerdote y esa formación no me la va a dar el Seminario’. Me fui a trabajar sin papeles a la construcción en Albuquerque, Nuevo México, y en el área de Los Ángeles; también trabajé en una fábrica de cerámica, bajé como 18 kilos, estaba flaco flaco pero muy feliz de poder hacer esa experiencia, como Cristo que entró como inmigrante ilegal a Egipto, lo bueno fue que no le pidieron papeles. 

Regresé al Instituto para terminar la formación, en total 13 años: cinco de secundaria y prepa, tres de Filosofía, uno de noviciado, cuatro de Teología”.

Con su hermano el P. Pablo (+), y sus coterráneos de Estación Conchos, padres Alfonso e Isidro Payán.

¿Y la misión?, ¿usted la eligió?

“Primero estuve como formador un año en México, dos en Tlaquepaque y ya después me mandaron a misiones; no siempre lo mandan a uno inmediatamente. Les pedí que no me mandaran a Oriente, porque no escribo bien ni le entiendo a mis jeroglíficos, menos iba a poder escribir en chino, japonés o coreano, porque tienen muchísimos signos para precisión del idioma. Por eso me fui al África negra, por la gracia de Dios, por su llamado y por todos los medios que Él me puso. En ese entonces había una sola misión: Kenia, después tuvimos Angola y Mozambique.

En la formación siempre nos dan temas misioneros, a veces como pláticas, a veces como materias de estudio: Historia de las misiones, Misionología, etc., muy general. Pero ya para el trabajo en sí hay que llegar a la misión donde te envían, estudiar el idioma 6 meses, al final de los cuales uno más o menos se defiende, pero los vas aprendiendo poco a poco en la práctica y la visita diaria a las familias. Me acuerdo que hablé con el que estaba como superior en Kenia, le dije que no estaba avanzando en el estudio de la lengua maragoli: ‘Oigo hablar a la gente como si fuera una máquina de escribir de las antiguas, trrrrrrrr, trrrrrr’. Me dijo: ‘¡No te preocupes Gorré!, que es mi sobrenombre desde el Seminario; y cuando los alumnos o sacerdotes me dicen José, pienso que están enojados. Nunca he sabido bien por qué me dijeron así, cuando menos pensé ya lo tenía, y hasta nuestra mamá, doña Celia Martínez Silva de Bejarano, que de Dios goce, ya cuando supo me decía ‘mi Gorré'”.

¿Cómo fue la misión en Kenia?

“Recorrí extensiones grandes caminando para ir casa por casa, familia por familia, pueblo por pueblo. Estuve entre la tribu maragoli, región cercana a una de las vertientes del río Nilo, junto al Lago Victoria; ahí aprendí el primer idioma de tres que aprendí a lo largo del trabajo: el maragoli, el kiswahili y el massai.

El idioma oficial es el inglés, pero los kenianos hablan 44 lenguas de las que el kiswahili es la nacional, necesaria para trabajar en la ciudad y en cualquier pueblo medianito donde hubiera varias tribus, y es internacional porque se habla en Kenia, Uganda, Ruanda, Mozambique, Burundi, Tanzania… En la práctica, en la escuela les enseñan la gramática del kiswahili, que más precisa que el griego, y la mayor parte de la gente, a una edad mediana en la primaria, ya saben el kiswahili, su propio idioma y el inglés, y es que los africanos negros tienen una capacidad increíblemente inmensa, como de una esponja, para aprender idiomas, cualquiera que oyen lo memorizan, mimetizan sonidos como si les dijeran esto significa esto en tu idioma”.

El kiswahili fue el idioma que yo más practiqué, porque me anduvieron cambiando por varios lados; el massai tardé más tiempo para aprenderlo, porque aunque había escuela, nunca pude ir a los tres cursos, sólo fui a uno. Me encantan los idiomas y cuando llegan visitantes de las misiones en Japón, Corea del Sur, Hong Kong y China, hablan y yo les repito lo que dijeron porque tengo esa facilidad, más en japonés o coreano, y se quedan con los ojos cuadrados, se ríen y me hacen decir todo tipo de palabras, aun insultos para mí, y se carcajean todavía más porque yo como lo dicen lo repito, obviamente que no entiendo nada”.

¿Las lenguas nativas son parte de lo difícil de ser misionero ad gentes?

“Yo no pensaba en las dificultades, ¡yo gozaba la gran oportunidad de prepararme todos los días para ser mejor cristiano, mejor misionero y sacerdote! Nunca me costó el estudio, bendito Dios, lo único en que siempre me tronaron cuando seminarista fue en álgebra, especialmente en trigonometría, ahí no daba una. No obstante, llevé muy bien las economías de las parroquias donde estuve, siempre como párroco; me dieron esa confianza porque soy muy ordenado y disciplinado. Al final de mi estancia en la misión pedí dejar de tener tantas responsabilidades; le dije al superior que necesitaba más tiempo para Dios, para su gente y para mí, entonces me dejaron como vicario, pero en cualquier área, reto, problema, en los lugares más difíciles me encantaba que me pusieran a mí, porque Dios era el que me había llamado, Él me abriría el camino”.

[Continuará…]

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