Artículos, Escala de Jacob

Con el Rosario, unidos a la paciencia de María

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

“El Rosario de la Virgen María… es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo… una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad”. (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 1).

1. Octubre es el mes de las rosas, las rosas del Rosario que brotan en capullo, que se abren y se multiplican como si se tratara de un nuevo mayo espiritual.

Aún algunas personas que no acostumbran rezar esta oración, en octubre toman las cuentas entre sus dedos y se unen a la contemplación de los misterios de la vida de Jesús, acompañando en esta memoria a María, Madre de la Iglesia y, quizá pronto como lo esperamos, podamos llamarla Madre y Señora de todos los pueblos, que lo es por voluntad del Crucificado.

Al mismo tiempo, se unen durante el mes de octubre grupos de personas para orar con el Rosario misionero y pedirle al Señor vocaciones que donen su vida a los territorios de misión. Y este año han surgido también otros grupos para orar con el Rosario y pedir la fuerza de la intercesión de la Madre de Dios por el final del aborto, el final de las guerras y de toda violencia, por el final de las dictaduras del hambre y de la opresión y de toda ley inicua que atente contra la vida y la dignidad humanas.

2. El Rosario no es magia. Tampoco es María un oráculo. El Rosario, bien meditado, es una escuela de contemplación, es un aprendizaje de la vida de Cristo, es la unión con la paciencia de la Virgen Madre, es el ofrecimiento de la vida al Padre, el arma privilegiada de la Iglesia y del creyente, el yugo que une a las almas a la Vida de Cristo sin menoscabo de su libertad.

Meditar los misterios del Rosario asegura el crecimiento del amor por Jesús y el agradecimiento por su entrega a la humanidad. Entrar profundo en estos misterios es también avanzar en el conocimiento del alma de María, tan llena de las cosas de su Hijo. El Rosario, bien dicho, es glorificación del nombre del Padre, es abandono en sus brazos y aceptación de su voluntad; bien decirlo, enciende el anhelo ardiente de que venga su Reino.

A lo largo de las cuentas, con cada Padre Nuestro, aprendemos por fin a reconocer que somos hermanos y que del Padre lo hemos recibido todo; a lo largo de sus cuentas un día conseguimos experimentar a Cristo como Maestro de oración y a María como modelo de discípulo, pues se va adivinando a través de cada misterio, la discreta presencia perfumada del Espíritu Santo en Ella.

3. El Rosario, bien hecho, exalta las obras de Dios, reconoce su bondad y su “genio” creador, redentor y santificador. Es esta oración un Evangelio chiquito en el cual se recorren, como se recorren del Génesis al Apocalipsis, los caminos de la historia llenos del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La oración del Rosario es fuerza para los momentos de prueba, esperanza en la desolación, agua que refresca la sed de Cristo viva en tantas almas resecas, sea que habiten en este mundo terrenal, sea que se estén purificando en el otro. Es así, porque el Rosario es la fuerza intercesora de María y de la Iglesia por toda la humanidad: por los ateos, por los agnósticos y los herejes, por los hermanos separados y la unidad de la Iglesia; por los que no creen en Cristo, por los que lo persiguen y persiguen a su Iglesia, por los que sin saberlo lo anhelan y lo esperan. Esta oración, meditada con fe viva, es alivio para los desesperados, salud para los enfermos, fortaleza para los tambaleantes, consuelo para los que sufren, conversión para los pecadores empedernidos.

Así mismo es el Rosario una escuela de caridad, de pureza y de humildad para los fieles que aprenden estas virtudes por la cercanía constante con la Bendita entre todas las mujeres, la Llena de Gracia, el Seno purísimo en el cual se está gestando el Cristo total.

4. El Rosario rezado con fe, desde un corazón que mira hacia Cristo con María, y más en los labios de los niños y de los enfermos, es la cadena que somete a satanás y a los demonios, el escudo que protege de muchas calamidades y desgracias, el lazo que une y reconcilia a los matrimonios y a las familias; es la posibilidad de recibir gracias inenarrables y favores especiales, lluvia que refresca el purgatorio y la rutina, prenda de predilección de María, escalera que lleva a Cristo y puerta por donde entran muchas almas al Cielo.

5. Según han dicho santos y místicos reconocidos por la Iglesia, el Rosario, además de alcanzar de Dios -a través de María- gracias muy grandes y favores, será la oración que, junto a la adoración de la Eucaristía, alcance para el mundo la paz verdadera.

Oremos cada día con el Rosario, y al final de cada recorrido, cuando terminemos de contemplar con María la vida entera de Jesús, entremos en esa otra escuela de meditación que son las letanías lauretanas, al mismo tiempo que le pedimos a Ella: “¡Santa María, ruega por nosotros!”.

“El Rosario, bien dicho, es glorificación del nombre del Padre, es abandono en sus brazos y aceptación de su voluntad; bien decirlo, enciende el anhelo ardiente de que venga su Reino.

A lo largo de las cuentas, con cada Padre Nuestro, aprendemos por fin a reconocer que somos hermanos y que del Padre lo hemos recibido todo; a lo largo de sus cuentas un día conseguimos experimentar a Cristo como Maestro de oración y a María como modelo de discípulo, pues se va adivinando a través de cada misterio, la discreta presencia perfumada del Espíritu Santo en Ella”.

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