Comentario al Evangelio

Un Dios respetuoso

Comentario al Evangelio del XXIV Domingo Ordinario (Lc 15,1-32)

Por: Mons. Luis Carlos Lerma Martínez

¿Por qué los fariseos y los escribas murmuraban de Jesús porque comía con los publicanos y los pecadores? Por la misma razón o mentalidad por la que nosotros lo seguimos haciendo hoy. En una cultura puritana en la que es más fácil y probable mancharse que atraer, esto suele suceder.

Seamos sinceros, cuando vemos al jovencito ejemplar, estudioso, inteligente, educado, buen hijo, etc., platicando con los malandrines de la colonia, en la esquina, los cuales están fumando, tomando bebidas espumosas, ¿a poco no, lo primero que pensamos es que esos ninis lo van a echar a perder? Que seguramente, se va a hacer uno más de la pandilla, que va a dejar de ser lo que era para que lo mantenga el gobierno, pues con los tatuajes que se haga, quién le va a ofrecer trabajo…, y así por el estilo.

¿Quién se atreve a pensar: qué bueno que ese muchachito se junta con ellos, para que los antoje a ser como él, para que los haga gente de bien y los aleje de los caminos que llevan a la perdición? ¿Quién se compromete a apostar esto?

Me parece que no estamos lejos de comprender por qué los fariseos y los escribas murmuraban acerca de que Jesús comía con publicanos y pecadores. Somos duros para reconocer lo que Dios puede hacer con su amor y su misericordia para con nosotros, creyendo que nuestro pecado es más poderoso que Dios.

Ciertamente que Dios es muy respetuoso de nuestra voluntad. Si alguien no quiere recibir los beneficios de la obra de la redención realizada por Jesucristo, Dios no le va a torcer el brazo para que acepte la salvación. Él solamente toca a la puerta de nuestro corazón, nosotros tenemos el poder para abrirle y dejarlo entrar (ver Ap 3,20). Pero nadie podremos reclamarle a Dios que nos ha olvidado; Él permite que experimentemos la miseria de nuestro alejamiento para que, tocando fondo, tomemos la firme determinación de emprender el camino de regreso. Tampoco es obligatorio que toquemos fondo, basta con saber que sueltos de la mano de Dios nos perdemos y somos presa fácil de ladrones y lobos (ver Jn 10,10.12).

Aunque el pecado nos deforma, Dios nos conoce de lejos (ver Lc 15,20), es decir, detrás de toda nuestra suciedad; porque en realidad, no podemos ir a ningún lugar lejos de Dios (ver Sal 138,7-12); basta que demos solo una pequeña señal de querer regresar, para que él salga a nuestro encuentro (tengo una Biblia de premio a la primera persona que se reporte conmigo y me diga a cuál canción pertenece esta letra: “Esperaste en el sillón y luego en el balcón a la pequeña; y de punta a punta de la ciudad preguntaste a los vecinos; y saliste a los caminos; ¿quién sabe dónde andará?”).

La fiesta corre por cuenta de Dios. Todos están invitados. El único que realmente tiene permiso de entristecerse es el becerro gordo. El coraje y el enojo de quien no entiende a Dios es inútil. La amargura y la frustración se lo tendrá que comer solo, y ese será su banquete. Aún así, Dios nunca recoge su mano extendida hacia nosotros.

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