Artículos, Por qué soy católico

Tal como la Amazonia, así es la Iglesia

En la Amazonia hay muchos árboles que siguen de pie realizando su acción profunda, callada, bienhechora. Así en la Iglesia.

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

Pregunta: Usted habla del mal que hace el ateísmo en el mundo pero no se fija en el que hacen ustedes. Los ateos no son hipócritas; los cristianos sí. Tal vez entre los ateos haya más pederastas que entre los creyentes, si usted quiere, pero por lo menos no predican que eso no debe hacerse. Cuál es el comportamiento más reprobable, ¿el del que afirma que eso está mal, finge no hacerlo y lo hace, o el de quien no se da baños de pureza porque no piensa que el pecado exista sino que es una conducta como cualquier otra, reprobada por muchos, tal vez, pero inocente ante sus propios ojos? ¿Qué puede decir a esto?

Respuesta: Lo anterior, más que una pregunta es una acusación y por cierto muy airada, pero la pongo tal cual porque expresa el sentir de un gran número de opositores de la Iglesia, y aún de creyentes que se han visto decepcionados por la conducta escandalosa de algunos clérigos.

El mal siempre será mal

El pecado existe y, en cualquiera de sus modalidades, es una abominación. Sin embargo hay pecados particularmente graves, como éste que menciona, pues destroza la vida de inocentes. No pretendo negarlo ni atenuarlo sino, por lo contrario, aclarar que es una realidad objetiva: siempre será un mal. Desgraciadamente este mal concreto está muy extendido y no puede ser sólo pecado cuando lo cometemos nosotros y quedar justificado cuando lo comete quien no cree en Dios. En los dos casos produce mucho daño y la conciencia lo reprocha a ambos. El impulso de quien lo comete puede ser uno de dos: esconderlo o negar que sea un mal. Por lo general, un creyente tiende a hacer lo primero; el incrédulo, lo segundo, o los dos porque se trata de algo que la misma sociedad reprueba, como lo expresa quien formula la pregunta.

Indignación e hipocresía

Entiendo su indignación. Acepto que el comportamiento del creyente pederasta es más reprobable que el del ateo, y más todavía si es sacerdote. Tal comportamiento nos causa tristeza y dolor, no es algo de lo que podamos ufanarnos. El hecho de que quien comete tales actos se esconda es una prueba de que efectivamente sabe que su conducta es algo condenable.

Entiendo también que se nos acuse de hipocresía, que es algo detestable, aunque al menos es la prueba de que reconocemos que cometimos un mal real y que éste nos avergüenza. La hipocresía sólo es posible para quien acepta y reconoce un código moral. El que dice que todo está bien puede hacer lo que quiera y nadie le podrá tachar de fingimiento o de doblez cuando lo descubra. Así, un ateo que afirme no creer que exista el mal, nunca podrá ser tachado de hipócrita.

Ser creyente no significa estar ubicado en un plano superior al del resto de los hombres. En particular no somos inmunes a las embestidas de la tentación; a veces nos asedia con más violencia. Los que no caen lo hacen únicamente por estar sostenidos por una fuerza de lo alto obtenida por medio de una súplica humilde y confiada. Las palabras de Cristo no son una frase retórica: “Velad y orad para no caer en tentación” (Mateo 26,41).

Cual soldado al frente

Un sacerdote es como un soldado. Es posible que haya soldados traidores que se pasen al enemigo por ambición, cobardes que huyan de su deber a la primera dificultad, infiltrados cuyo propósito sea causar daño desde dentro, o simplemente derrotados. Los hay. Esos soldados deshonran al cuerpo al que deberían servir, pero no se puede juzgar por la conducta de unos al grueso del ejército, generalizando con ligereza.

La Iglesia está viviendo un periodo de prueba que por momentos recuerda el beso de Judas, por momentos la traición de Pedro, y no podemos negar que muchos apóstoles, sacerdotes y laicos nos hemos acobardado. También hay muchos soldados -puedo asegurarlo- que resisten con heroísmo en sus puestos de batalla, pero de ellos no se ocupan los medios.

Influencia bienhechora

En general es lo que se sale de los comportamientos habituales lo que nos llama la atención. La selva del Amazonas hace un enorme bien al mundo, pero nos ocupamos de ella sólo cuando se está quemando.

La selva amazónica es generadora de vida, productora de energía y fuente de salud para el mundo. Su influencia bienhechora se extiende a todos los rincones de la tierra. Es clave para mantener el equilibrio vital del planeta. Su belleza es indescriptible y sobrecogedora para quien tenga un poco de sensibilidad ante lo grande y lo sublime.

Así es la Iglesia, luz para el mundo, sal de la tierra. Es lamentable que la selva amazónica sólo se vuelva noticia cuando está siendo destruida. El que observa las escenas dantescas y los parajes reducidos a cenizas que nos presentan los medios y sólo por ellos juzga de su realidad, está muy lejos de conocer su esplendorosa verdad: la selva sigue viva.

La selva sólo vive por el río que la riega; el más caudaloso del mundo. Así es la Iglesia. Para ella ese río es la gracia de Dios, gracia que es su fuerza invisible y fecunda y la fuente de toda su vida. Por eso es “santa, aun albergando en su seno a los pecadores, porque no tiene otra vida que la de la gracia: es, viviendo esta vida, como sus miembros se santifican; y es, sustrayéndose a esta misma vida, como caen en el pecado y en los desórdenes que obstaculizan la irradiación de su santidad. Y es por esto que la Iglesia sufre y hace penitencia por tales faltas que ella tiene el poder de curar en sus hijos en virtud de la Sangre de Cristo y del Don del Espíritu Santo” (Credo del Pueblo de Dios).

En esa Iglesia, contra la cual ninguna fuerza malévola prevalecerá, vale la pena vivir.

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