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¡Sáquenos del laberinto!

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

Cuando nos asomamos a la situación nacional de inmediato nos damos cuenta de la existencia de dos “Méxicos”: el de los discursos y el de las noticias.

De ensueño

El de los discursos es un México de ensueño: felicidad pura. Los que se ubican en él viven un estado de perpetua beatitud; la corrupción del gobierno se terminó; una nueva y limpia administración de los recursos abre la puerta a obras portentosas de ingeniería: trenes, aeropuerto, refinerías; ya pronto llegaremos a la autosuficiencia energética y alimentaria; cien universidades para el pueblo garantizarán que nuestro país pronto un licenciado en cada hijo tendrá. El México de los discursos está a la altura, en todo sentido, de las naciones más prósperas y felices de la tierra.

En contraste

Pero hay otro México contrastante con el de los discursos; éste es el de las noticias, que nos hablan de un país asolado por el crimen y la delincuencia y nos colocan, ante el mundo, en los niveles más sanguinarios de la tabla de los horrores.

El primero es un México fantástico; el segundo es aterrador, una verdadera pesadilla. ¿Cuál es el México de la realidad? Analícelo usted, yo no tengo por qué desilusionar a nadie pero me temo que éste de la violencia es muy real: nos está despedazando como pueblo y es necesario que nos ocupemos de él. ¡URGE HACER ALGO AL RESPECTO!

Hasta ahora nada se ha logrado y la marea sube. Aumentan los episodios de violencia atroz que vivimos cotidianamente, operados por mentes a las que un rollo de amor y paz no parece conmover. Tal rollo, hay que decirlo claro, no es correspondido. El discurso de “abrazos no balazos” está lejos de ser efectivo; más bien suena a entreguista.

La existencia del crimen es una nota disonante del régimen, una piedra que carga en el zapato de la que quisiera desentenderse, pero no lo dejan. No encaja en el discurso; sin embargo, es la realidad más lacerante que vivimos y su atención debe ser prioritaria.

De victimarios a víctimas

La posición oficial es que los operarios del crimen no son sino víctimas de una sociedad injusta y merecen todo nuestro respeto y consideración. Debemos remitirnos y avocarnos a las causas que originaron su desvío, dicen, y así llegaremos a comprender y aliviar su situación.

Suena lógico, pero hay que hacer tres puntualizaciones:

1. Los criminales no suelen ser víctimas inocentes; son los victimarios.

2. La lucha debe darse en los dos frentes: los hechos delictivos y sus causas, no podemos desentendernos de ninguno de los dos. Sería muy cómodo remitirnos a las causas y dejar de lado los cadáveres como cosas secundarias e irrelevantes.

3. Las causas hay que discernirlas bien. Aquí es necesario decir con claridad que el análisis marxista no sirve; es una gran mentira que ha provocado desastres estrepitosos y hunde a los pueblos en la miseria. Si por allí vamos, “desbrujulados” andamos.

El marxismo cree y enseña, como si de verdad “científica” se tratara, que las causas de todos los problemas sociales son la pobreza y la desigualdad. Están seguros de que si reparten dinero los problemas del mundo acabarán. Sueñan con la existencia de un mago poderoso que cada noche recogiera toda la riqueza generada en el país durante el día y sigilosamente la depositara por partes iguales bajo la almohada de cada uno de sus habitantes. Como tal mago no existe, hay gobiernos que piensan que su función consiste en asumir ese papel; así, para ellos no hay ciencia en el arte de gobernar: todo es recoger y repartir (sin intermediarios, pues se lo robarían).

Lamentan que haya críticos “fifís” y pensadores “conservas” (así los llaman) que sostienen que por ese camino no se abate la pobreza, y que un gobierno descosido y manirroto sólo genera más miseria, porque la clave no está en el reparto sino en la producción. Y si todo mundo puede ir por su cheque sin molestarse, ¿quién querrá trabajar?

A esto, los ideólogos responden diciendo que es cierto que la pobreza no se abate, pero se acaba la desigualdad, ¿qué importa que seamos pobres si lo somos todos por igual? Pero este razonamiento no convence a los narcos, porque ellos quieren más. Una pobreza igualitaria no acabará con la delincuencia; seremos entonces un país de pobres y seguiremos copados por el crimen.

Pobres y más pobres

El marxismo enseña que la riqueza es el valor único y supremo, y que hay que repartir parejo. Pero habrá quienes acepten lo primero y rechacen repartir: quieren más. ¿Qué argumentos se les puede dar para convencerlos de repartir, si se les ha enseñado que el dinero es lo que cuenta y ellos se sienten más inteligentes, más despiadados, más fuertes? Aquí la prédica materialista fracasa, creando monstruos.

En todo este análisis se da por sentado algo que nos han hecho creer a fuerza de repetirlo, pero que no deja de ser una mentira: que los conceptos de rico/pobre son los más fundamentales cuando se trata de juzgar las realidades humanas; que todos los males del mundo pueden reducirse -en último término- a la pobreza y los culpables son los ricos. Así se explica, según ellos, el dinamismo de la historia. Además, el concepto de Dios estorba: sólo es un engaño que debe desaparecer. Bajo esa bandera es que ahora navegamos.

Sin sentido

El hombre no puede reducirse al plano de lo temporal, porque se deforma. Necesita una dimensión eterna que desde hace mucho tiempo nos están quitando con el mito del laicismo. Necesitamos razones por las cuales la vida humana tenga algún valor y merezca respeto. Si matamos niños en los hospitales, ¿cómo impedirlo en las calles?

Si el destino final del hombre fuera la sola posesión y disfrute de los bienes materiales, como se desprende de la visión atea-marxista, la delincuencia sería el camino y la lucha contra ésta sería absurda.

Los jóvenes no se hacen narcos por pobres, sino porque su vida no tiene más sentido. En ese laberinto nos encontramos hoy.

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