Artículos, Escala de Jacob

María, rostro de la Iglesia

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

I. Dios Padre

1. “Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre…”. Así comienza la oración que Cristo Jesús enseñó a sus discípulos de todos los tiempos y lugares. Así comienza, porque es lo primordial: santificar, glorificar, alabar el nombre de Dios como Jesús lo reveló: ¡Padre!

Esto es más que gramática, implica todo un programa de vida y una forma de vivirla: siendo hermano del prójimo, buen samaritano, lavando los pies y dando la vida, como hizo Jesús para glorificar a SU Padre verdadero. Un Padre que -ya lo dijimos- tiene entrañas dulces, de misericordia, como una mamá; pero corrige, exhorta, prueba y exige, como papá. Así es nuestro Padre.

2. Y si bien Dios, dijimos, no es varón, tenemos una riquísima iconografía cristiana que lo presenta como tal; eso no debe contemplarse como fruto de un sistema “patriarcal”* sino de la Revelación y de otros detalles que NO muestran el sexo de Dios ni su edad, pues no los tiene porque es un Espíritu, es Amor purísimo, Sabiduría infinita, Belleza increada que subsiste en Sí mismo, es pleno en Sí mismo, insondable, incomprensible y más; sino plasman una pedagogía divina cuyo objetivo es enseñarnos a convivir, a entregarnos unos a otros, a acoger a los que son distintos, a complementar los dones, en fin, a amar.

Debido, tal vez, a la iconografía que refuerza la enseñanza de Jesús, “no me puedo imaginar a Dios Padre que no sea varón”, dicen algunos, sobre todo si han leído el libro de La Cabaña, donde presentan al Padre como una matrona.

3. Y está bien -lo digo desde el sentido común y no desde la teología-, está bien que lo imaginemos así, como varón. A final de cuentas Jesús dijo sin intenciones sexistas: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Y San José, el padre adoptivo de Jesús, fue “sacramento del Padre” y figura suya en la tierra para el Hijo hecho hombre, nacido varón.

Esta pedagogía divina, de hacerse visible como varón, la vemos prolongarse en el hecho de que los sacerdotes también son varones por decisión de Cristo. ¿Machismo? ¡No! Amor de locura, servicio de caridad hasta el extremo por la Iglesia y por la Humanidad entera. Así, la figura femenina es exaltada por la Santísima Trinidad que se entrega a esa Iglesia y, a través de la Iglesia, a todos la humanidad. ¡Y se entrega por medio de María, que nos dio a Cristo y, en Él, el Padre nos lo dio todo!

II. Iglesia Madre

4) Dios es Padre y la Iglesia, representada en el rostro de María, es Madre. De ese modo se verifica y  complementa la unión indisoluble de Dios Trino con el hombre -cada mujer y cada varón llamados a la salvación, a la resurrección, a la vida y la felicidad eternas-. En efecto, cuando Dios le pregunta a María si acepta ser Madre del Hijo, el “sí” de Ella deja plasmadas las nupcias del Cielo con la Tierra, de Dios con los hombres, de Cristo con la Iglesia. Y Dios no se desdice, Él es fiel: “el Señor tu Dios es Dios, el Dios fiel que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos” (Dt 7,9). “Tu fidelidad es grande, tu fidelidad incomparable es; nadie como Tú, bendito Dios, grande es tu fidelidad”, dice el canto.

5) “Seguí mirando en las visiones nocturnas, y he aquí, con las nubes del cielo venía uno como un Hijo de Hombre, que se dirigió al Anciano de Días y fue presentado ante Él”, recuerda el profeta Daniel; mientras Juan en su Apocalipsis escribe: “vi… en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre”. Se refieren a Cristo. Ahora bien, Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la Iglesia, escribió: “En el año 1170 después de Cristo estuve en cama, enferma durante mucho tiempo. Entonces, física y mentalmente despierta, vi una mujer de una tal belleza que la mente humana no es capaz de comprender. Su figura se erguía de la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con un esplendor sublime. Sus ojos miraban al cielo. Llevaba un vestido luminoso y radiante de seda blanca y con un manto cuajado de piedras preciosas… Pero su rostro estaba cubierto de polvo, su vestido estaba rasgado en la parte derecha. También el manto había perdido su belleza singular y sus zapatos estaban sucios por encima. Con gran voz afligida, la mujer alzó su grito al cielo: ‘Escucha, cielo: mi rostro está embadurnado. Aflígete, tierra: mi vestido está rasgado. Tiembla, abismo: mis zapatos están ensuciados'”.

6) Esa mujer es la Iglesia. Nos recuerda a María Virgen, por su incomparable belleza, mas recuerda también que por hoy, en la tierra, su rostro está sucio por los pecados de la humanidad y ello la aflige. Espera, mientras clama al Cielo, que se cumpla en Ella lo que ya se cumplió en María y presentarse inmaculada y sin mancha delante de Dios. Sigue diciendo la mujer de la visión: “Estuve escondida en el corazón del Padre, hasta que el Hijo del hombre, concebido y dado a luz en la virginidad, derramó su sangre. Con esta sangre, como dote, me tomó como esposa”. En cuanto a Juan (Ap 21,2), vio a “la Ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo”.

7) En ese momento escuchó el Apóstol (Ap 21,3) “una voz potente que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios entre los hombres'”.

¿Y no es María, modelo y figura de la Iglesia, la morada de Dios entre nosotros? ¿No es el cuerpo de María de donde el Hijo tomó carne y se hizo Eucaristía? ¿No es el Espíritu que descendió sobre María para hacerla Madre de Cristo, el mismo Espíritu Santo por el cual los Sacramentos de la Iglesia dan a luz a los hermanos del Señor, cuerpo místico suyo?

Luego, en el Espíritu Santo somos tan hijos de Dios Padre como de María Madre, rostro Inmaculado de la Iglesia, ¡tu propio rostro!, a manifestarse cuando contemples a Dios cara a cara. Esto después de resucitar a la vida eterna, donde “ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que todos serán como ángeles en el cielo” (Mt 22,30), “semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3,2b).

*Hablaremos sobre patriarcado y matriarcado, en otra ocasión y en otra sección.

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