Artículos, Escala de Jacob

María, la Hispanidad y el Nuevo Mundo

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

María es la aurora que anuncia ese día, cuando Jesús iluminará para siempre a la humanidad y hará nuevas todas las cosas. Ella es la Madre del Nuevo Mundo, de la nueva Venida, de la Iglesia purificada.

1. El 8 de septiembre la Iglesia celebra la Natividad de la Virgen María, y el 12 de octubre hay tres importantes fiestas marianas en el mundo hispano: Nuestra Señora del Pilar, en España; Nuestra Señora de Zapopan, en México; y Nuestra Señora Aparecida, en Brasil.

No pasemos por alto que el 12 de octubre se celebra también el Día de la Hispanidad, cuya patrona es Nuestra Señora del Pilar y cuya identidad se forjó bajo la mirada de Nuestra Señora de Guadalupe. Nuestra Señora Aparecida integra Brasil a la Hispanidad; por eso con justicia decimos que el Año Jubilar concedido por Papa Francisco con motivo de los 125 años de coronación de Nuestra Señora del Tepeyac, abarca de manera especial a todo el mundo hispano -incluido el de habla portuguesa- en los dos hemisferios.

2. ¡Qué alegría ver cómo Nuestra Señora avanza, humilde y discreta, pero al mismo tiempo decidida y certera, para contribuir a la realización plena de los planes de salvación de Dios para la humanidad!

Desde el montecillo del Tepeyac, lo he dicho antes y hoy lo repito, Ella tuvo una mirada amplia que abrazó a todos sus hijos dispersos sobre el mundo nuevo sin fronteras, tal como era América aquel diciembre de 1531: un Nuevo Mundo sin fronteras, las cuales fueron colocándose poco a poco en virtud del afán de poder, de riquezas, de ambiciones impresentables de aquellos a quienes -ayer como hoy- no les ha importado sacrificar la dignidad, la libertad y la humanidad de sus hermanos con el fin de apropiarse cuanto cupiera en sus arcas, navíos y empresas. De ahí las historias que luego escandalizaron a la Historia, narraciones de esclavitud y de sometimiento que de mil maneras se han perpetuado hasta el presente, empobreciendo a tantos pueblos, maltratando a tantos seres humanos.

3. Pese a todo resuenan actuales y con la misma dulzura aquellas palabras sencillas y entrañables que María dirigió a su “Juan Dieguito”: que Ella deseaba quedarse ahí para cuidar a sus hijos, que “mucho quiero yo, mucho así lo deseo que aquí me levanten mi casita divina, donde mostraré, haré patente, entregaré a las gentes todo mi amor, mi mirada compasiva, mi ayuda, mi protección. Porque, en verdad, yo soy vuestra madrecita compasiva”. Y desde entonces, los otros discípulos la reconocieron también como Madre. Igual que el Viernes Santo al pie de la Cruz de Jesús, de nuevo sucedió el sábado 9 de diciembre de 1531: Juan la tomó como Madre y la llevó a la casa de su corazón. Dicen que a todos les contaba, el humilde Juan Diego, el feliz Acontecimiento que había cambiado no sólo su vida sino el destino de un pueblo y el origen de una nación. ¡El Verbo nacía encarnado en México y en todo el Nuevo Mundo!

4. Fue levantándose la ermita, luego los primeros santuarios, los ríos de peregrinos fueron llegando y deseaban ser bautizados “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Todos deseaban agradecerle a Dios el haber permitido que su Madre lo fuera también de ellos, que estuviera al pendiente, cerca muy cerquita, de sus necesidades. Indios, mestizos, criollos, españoles, libres, esclavos, hombres y mujeres, gobernantes y gobernados, ricos y pobres, asumieron en serio aquello que dijo la Doncella del Cielo a Juan Diego sobre ser “madre tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra y también de todas las demás gentes, las que me amen, las que me llamen, me busquen y en mí confíen”, seguros de cuanto ella dijo: “Oiré su llanto, su pesar, enderezaré, remediaré todas sus varias necesidades, sus miserias, sus pesares”.

5. Para quedarse, la Madre pedía una casita. Y tuvo no una, muchas se han levantado para acogerla en todo el Continente americano y más allá de sus mares. Pero sorprende, y suena a designio de Dios, que hoy no solamente la devoción hace casa a María, sino que la misma voz de la Iglesia a través de los sucesivos Papas, ha ido ampliando cada vez más el hogar, el llamado: desde el permiso para la construcción de la primera ermita, del santuario, de la basílica, pasando por la coronación de Nuestra Señora, su nombramiento como Reina de México y Emperatriz de América y Filipinas, las rosas de oro y las coronas regaladas por los pontífices, las oraciones que ellos le han dedicado, hasta más recientemente con la celebración en el Vaticano -en San Pedro, centro visible de la Iglesia Universal- de la Solemnidad de la Santísima Virgen María de Guadalupe cada 12 de diciembre desde hace ya casi diez años. ¡Ahora Papa Francisco sorprende con este Año Jubilar!, y la Reina y Emperatriz de la Hispanidad, con un Papa hispano guiando la barca, encuentra una nueva manera de entregar a su Hijo a todas las “estirpes de hombres” mediante la indulgencia plenaria concedida durante este período 2019-2020.

6. Ha querido la Providencia que dentro de este Año Jubilar quedasen incluidos el mes misionero extraordinario, el Sínodo de la Amazonia y el aniversario 70 de la fundación de los Misioneros de Guadalupe por los Obispos mexicanos. Acontecimientos todos nacidos de América y de México para el mundo entero, firmados por la Iglesia: “Lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo…”.

7. Con tan buenos auspicios, bajo el manto de María, recordemos no obstante que “es muy necesario que tú vayas, abogues por esto, gracias a ti se realice… Y de mi parte haz que se sepa, que se oiga bien lo que es mi querer, mi voluntad, para que cumpla, edifique mi casa divina”, que no es otra que la morada de Cristo en cada hombre.

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