Artículos, Por qué soy católico

El Evangelio, ¿de veras le importa?

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

PREGUNTA: Una persona que es no creyente escribió en el periódico un artículo en el que manifiesta su indignación porque alguna vez la Iglesia prohibió la traducción de la Biblia; la acusa de intransigente y retrógrada. También he oído a hermanos separados decir que algunos Papas han prohibido que el pueblo la lea por su cuenta, pues al hacerlo muchos descubrirían la falsedad de lo que la Iglesia enseña. ¿Qué hay de cierto en esto?

RESPUESTA: No es lo mismo decir que la Dirección de Tránsito prohibió a los ciudadanos manejar, a decir que prohibió a los ciudadanos manejar en estado de ebriedad. Lo primero tal vez sea cierto pero es engañoso porque la información está incompleta; puede dar lugar a injustas interpretaciones y generar confusión. Generalmente eso busca quien presenta la información en forma tan parcial. Tal vez quiera hacer parecer arbitraria una medida para desprestigiar una institución.

Delirium tremens

De la misma manera no es lo mismo decir que la Iglesia prohibió que se tradujera la Biblia, a decir que prohibió que se tradujera en forma inapropiada o incompetente, o con propósitos sectarios. Muchos lo han realizado movidos por delirios mesiánicos; de hecho, hoy existe una traducción de la Biblia que parece haber sido hecha bajo el delirium tremens. Esto no es otra cosa que un abuso, hecho con dolo, de un texto que la Iglesia ha difundido y custodiado por siglos y que le es demasiado esencial como para ver con indiferencia que se manipule en forma tendenciosa. Su centro es Jesús: su ser, su obra, su doctrina.

La traducción que menciono tiene un deplorable mal gusto literario, aunque eso no es lo más grave: en forma deliberada se ha expurgado el texto de toda alusión a la divinidad de Cristo y a su muerte en una cruz. De sobra está decir que la Iglesia nunca ha autorizado ni autorizará una “traducción” así.

El caso del “Himno”

Esto no es difícil de entender, incluso se aplica a temas de menor trascendencia; por ejemplo, el gobierno y los ciudadanos son por lo general sensibles al hecho de que se cante el “Himno Nacional” en forma irrespetuosa y más todavía en versiones deformadas e irreverentes. Una que se hiciera al estilo rap, por decir algo, o a modo de narco-corrido. Entonces, sería comprensible que tal cosa despertara la indignación popular, amén de que cualquier gobierno, por más liberal que fuera, procuraría evitar el uso y la propagación de una versión tal, aun a costa de parecer opresivo y atentar contra la libertad de expresión, porque está de por medio la sensibilidad de un pueblo que, a pesar de los pesares, aprecia sus símbolos y sus tradiciones y cree en un destino más digno que el que le deparan el crimen organizado y la cultura de la muerte.    

Al respecto, verdaderamente existe una ley que prescribe que “la interpretación del Himno se haga siempre de manera respetuosa y con la debida solemnidad”. Prohíbe estrictamente “alterar su letra o música y ejecutarlo en composiciones o arreglos”. Señala que “los pueblos y las comunidades indígenas podrán ejecutar el Himno Nacional traducido a sus propias lenguas, pero sólo en traducciones hechas por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas y con la autorización de la Secretaría de Gobernación” (Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales).

Eso es precisamente lo que uno espera que demande cualquier gobierno que afirme tener en alta estima la identidad nacional. Ahora bien, ¿es difícil entender que la Iglesia sea celosa del Evangelio y desapruebe sus posibles deformaciones? Sólo protestará por ello quien no aprecie los Libros Sagrados.

¡Prohibido manejar!

La persona que escribió aquel artículo se queja con doblez. La información que presenta en su artículo es incompleta: equivale, nada menos, a decir que la Dirección de Tránsito prohibió manejar, sin dar más explicaciones. Su reclamo no es por el Evangelio, pues ni siquiera cree en Jesús, mas aborrece a su Iglesia y con tales argucias la combate. 

Los protestantes, por su parte, no se cansan de repetir que la Iglesia prohibió a los fieles la lectura de la Biblia. Esa información es igualmente incompleta y tendenciosa. Puede ser cierto que muchos sacerdotes recomendaran a sus fieles no tener ni leer biblias protestantes porque algunas traducciones son muy descuidadas y tendenciosas y fueron hechas sólo para asegurar que contaban con una Biblia “suya”, la cual querían hacer ver, fraudulentamente, como “la única fiel”. En esto no había intención maliciosa de los curas, sino cuidado pastoral.

Pero es falso que algún Papa haya prohibido su lectura. Por mi parte he buscado evidencias históricas al respecto y no las he encontrado. A los protestantes que lo afirman, pidan que le muestren o mencionen algún documento, alguna encíclica, alguna ley emitida donde conste que tal cosa sucedió. No es mucho pedir, porque afirmaciones históricas se prueban con documentos históricos. Si no los hay, lo que se dice no deja de ser una leyenda o una verdadera calumnia.

Lo cierto es que la Iglesia siente una gran veneración por la Biblia. Ofende que se diga que teme su lectura por parte del pueblo fiel, porque los Evangelios son los documentos que certifican el mismo origen de la Iglesia; y su misión, que consiste en dar a conocer a Cristo, se basa en ellos y con ese propósito los escribió.

Cabe decir que la Iglesia se considera, con sobrada razón histórica, la autora y la custodia del Nuevo Testamento. Sus Apóstoles lo escribieron inspirados, sus doctores lo compilaron y gracias a sus monjes ha podido llegar hasta nosotros. Y sentiría estar faltando gravemente a la misión que le fue confiada si aceptara con indiferencia que cualquiera manipulara los textos con intenciones sectarias.

Quien siente aprecio por el Evangelio sabe valorar la diligente custodia de la Iglesia; quien se resiente de ella tal vez esté engañado por un discurso tendencioso y falaz, o tal vez el Evangelio no le importe tanto.

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