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Coyame recibe a Fray José Antonio Bravo

Nuevo párroco de Nuestra Señora del Pilar

Por: Patricia Carrillo Gómez

“Todo el tiempo, es tiempo de búsqueda de la fidelidad” (Fray José A. Bravo, OFM).

El próximo 19 de septiembre en punto de las 12 del mediodía, el Sr. Arzobispo Constancio Miranda hará entrega de la parroquia de Nuestra Señora del Pilar, ubicada en Coyame del Sotol, Chihuahua, a Fray José Antonio Bravo Patiño, de la Orden Franciscana (OFM), quien está exclaustrado temporalmente con respaldo de su Orden, bajo la tutela del Arzobispo de Chihuahua. Con este motivo, Notidiócesis realizó la presente entrevista.

¿Quién es Fray José?

“Ingeniero Químico de profesión, durante años ejercí en la industria petroquímica. Un día decido tomar la vida religiosa, apoyado por mis padres José Bravo y Susana Patiño, además de mis 11 hermanos. Nací el 9 de diciembre de 1958 en una comunidad serrana llamada Hacienda y el Cerro de la Gavia, en el estado de Guanajuato. Me ordené sacerdote el 29 de junio de 1993”.

-¿Nos puede platicar sobre su vida como laico?

“Mis ‘pininos’ como profesionista fueron en la zona del Bajío de Salamanca, en una empresa de agroquímicos, pesticidas y fungicidas. Después, ya de una manera más sólida en una compañía que produce caprolactama. Ascendí luego, profesionalmente hablando, en la ciudad de Querétaro, donde formé parte de un equipo de arranque para un nuevo proyecto de automatización. Podría decir que a mi corta edad de 23 años había logrado lo que ordinariamente una persona consigue a los 43, materialmente hablando: tenía mi propia casa, dos automóviles, hasta me daba el lujo de asistir a compañeros en la casa, que era muy grande, por cierto. Tenía horarios de 5 de la mañana a 12 de la noche; no conocía los tiempos libres hasta que, una tarde, no sabiendo qué hacer me estacioné frente a mi casa preguntándome: ‘Bueno, ya tengo todo esto, cubrí lo otro y aquello, ¿qué sigue? Necesito parar un poco para no perder el piso, saber qué quiero, qué sigue en mi vida y encontrar la paz’.

Siempre había enfocado mi vida en el trabajo y el estudio, ya que éramos una familia muy grande; mi papá, contador, trabajaba mucho. Mis dos hermanas mayores y yo, desde la edad de 13 años tuvimos que trabajar -a la par que estudiábamos- para aportar a la economía familiar. Mis padres, que hoy tienen 94 años, siempre han sido unas personas hermosas y fabulosas. Aquí me gustaría compartir una anécdota que me pasó con mi papá hace tres años. Él había sufrido seis infartos. Luego del primero quedó en coma por cuatro meses, y los médicos les dijeron a mis hermanos y a mi madre que se fueran a despedir de él porque ya lo iban a desconectar, pues médicamente no podía hacerse nada. En ese entonces estaba yo en Cd. Juárez. Mi hermana me llamó para decirme que le hablara a mi papá por teléfono, por el altavoz, para despedirme de él. Le dije: ‘Oye Panchín -así le decimos de cariño-, ¿cómo estás, cómo te sientes? ¿No piensas levantarte, no has desayunado? ¡Te quedaste dormido desde anoche y no cenaste ni desayunaste!, ¿no tienes hambre?’. Y así, después de cuatro meses en coma, en ese momento comenzó a reaccionar mi papá: ‘¡Aaaah, sí, ahorita me levanto!’. ¡Aquello fue una revolución para los médicos y la familia ahí presentes!

La única secuela que le quedó, fue no poder controlar su mandíbula. Los médicos comentaron que el caso de mi padre estaba fuera de sus parámetros”.

-¿Cómo se da el discernimiento a la vocación sacerdotal?

“Buscando la paz que necesitaba por esa gran duda sobre mi vida, conocí al hermano de una compañera de escuela que era sacerdote franciscano. Yo nunca estuve en ningún ministerio parroquial; la única formación que recuerdo, religiosamente hablando, fue la del kínder -con los hermanos maristas- y la primaria en un colegio de frailes agustinos… Entonces nos llevaron a hacer visitas y experiencias con salesianos, maristas, pasionistas y diocesanos, pero nunca con los franciscanos. Así, cuando platiqué con el hermano de mi compañera, él me dijo que fuera a solicitar un espacio de tranquilidad dentro de su Orden, para ‘calmar mi dimensión humana’. A partir de entonces empecé la convivencia con los frailes, que me fueron invitando e induciendo a seguir participando con ellos.

Renuncié a mi empresa. Regalé mis muebles, vendí todo y me fui a vivir la experiencia a Coroneo, Guanajuato, con muchos jóvenes que sí habían vivido preseminarios. Un año estuve preparándome. Luego el noviciado, un año más, en el Santuario de Nuestra Señora del Pueblito en Villa Corregidora, Querétaro. Siguieron tres años de Filosofía en el Convento de Querétaro y cuatro de Teología en el Seminario de El Paso, Texas”.

¿Cuáles han sido sus encomiendas en el ministerio?

“Tras la ordenación me llegaron las obediencias primarias… después me llegó la obediencia definitiva de estar en Chihuahua, en la parroquia San Antonio de Padua de 1993 hasta 1997; la segunda encomienda en Jerécuaro, Guanajuato, por cuatro años; de ahí me enviaron a la parroquia San Pedro Naranjestil, Michoacán, donde fui párroco por primera vez durante siete años; tres más en San José en Cortázar, Guanajuato; tres en Acámbaro, Michoacán; tres en Taranda, Guanajuato. Pasé luego a Ciudad Juárez a la parroquia Mártires Mexicanos por tres años más, para terminar en Nonoava, Chihuahua, dos años que se acaban de cumplir este mes de agosto. Hoy me siento muy emocionado con mi nueva encomienda en la parroquia Nuestra Señora del Pilar”.

¿Qué decir ahora va a Coyame del Sotol?

“Lo que me encanta de esta aventura en Coyame, es que se trata de una fundación franciscana dedicada a la presencia y cobijo de Nuestra Señora del Pilar. Estoy seguro de que será un espacio para sentirme arropado en el regazo materno de Nuestra Señora y pedirle que ella propicie lo que tenga que hacer, que no sea trabajo mío sino que la presencia de su Hijo se manifieste en caridad y amor durante toda mi encomienda. Además, Coyame del Sotol tiene una importancia muy grande, pues como ya señalé, es una fundación franciscana del siglo XVII, perteneciente a la antigua provincia de Zacatecas.

Por todo esto le doy muchas gracias a Dios en este acontecer, y también de muchas maneras le agradezco al provincial de los franciscanos, P. Flavio Chávez, OFM, al equipo provincial y al de ‘definidores’, que en su momento dieron la venia para que pudiera un servidor realizar esta experiencia”.

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