Miscelánea

Una boda de pueblo… ¡y con música!

Anecdotario

Por: Lauro Navarro Acuña

Este 15 de agosto cumplirá, con la gracia de Dios, 65 años de ordenado sacerdote el P. Alfonso Vicente Payán Meléndez.

Recordamos algunas anécdotas vividas por él, narradas, de una manera anónima, por su hermano el también sacerdote Isidro Payán Meléndez, en el libro “Más rayos de luz” de 1995.

La vida de los pueblos está llena de anécdotas -escribe el P. Isidro-. Así como hay rincones preciosos dignos de un buen pintor, así también hay consejas y cuentos que se van transmitiendo de boca en boca…

Pero hay junto a esas consejas otras narraciones que alegran la vida y otras anécdotas que pasan a la historia como cuentos de rico sabor.

Hace unas décadas era costumbre, allá por la región de los Municipios de Ojinaga y de San Carlos, que hoy llaman Manuel Benavides, el celebrar numerosas bodas.

Los desplazamientos de un rancho a otro, de una población a otra eran  hermosos cuadros que podían observarse en los solitarios caminos del desierto. El interminable cortejo de padrinos es también digno de reseñarse. El atravesar los guarda-ganados y retirar y poner cercos era parte ritual de los distintos grupos y de las caravanas de entusiastas gentes que iban a la boda del rancho o pueblo vecino.

Los músicos

¡Y claro! no podían  faltar los músicos. Que siempre los hay. Y algunos de ellos con gran sentido de la colaboración o con el deseo de ganar algún dinerito, se trasladan, o trasladaban de sábado en sábado de un pueblo a otro o de un rancho silencioso a otro fiestero.

Y su trabajo, modesto pero contagioso de alegría, era muy necesario  en los tiempos de la cosecha, por ser ese el tiempo más solicitado de las bodas.

La anécdota

En una ocasión se realizaba la boda en un pueblo por allá en los márgenes del Río Bravo. El sacerdote del lugar, con el ánimo de llevar la celebración de la Misa dentro del espíritu propio de la fe, respeto y devoción, se acercó a los músicos que habían sido invitados para hacerles una recomendación.

Aquellos hombres, vistiendo a la usanza lugareña y luciendo sus camisas a cuadros al estilo vaquero, calzando sus botas de gala, con sus chalecos bien puestos y su sombrero llamado “texana”, le escucharon muy atentamente.

El sacerdote le decía, ya al del saxofón, al del tololoche o el contrabajo: “Y ya saben, a la hora del ofertorio toquen algo sentido, algo suavecito, para que resulte más solemne.”

“Sí, padrecito; sí, padrecito, ¡cómo no! ¡Ya sabe, usted nomás dice!…”

Y llegó el momento.

Los novios habían escuchado la predicación; haciendo sus votos, ya estaban bien casados. De rodillas, muy atentos seguían la celebración  del devoto sacerdote.

Y de pronto, cuando se iniciaba la colecta, muy suavecito se oyó el comienzo de la música. Parecía aquella o tal, o cual pieza… El sacerdote, sorprendido y entre sentimientos de risa contenida y de estupor manifiesto, comenzó a escuchar: “Eres como una espinita que se me ha clavado en el corazón… Eres como una espinita….  Yo quisiera haberte SIDO INFIEL y pagarte con una traición…COMO UNA ESPINITA”.

¡Qué bien habían entendido los buenos de los músicos las orientaciones del sacerdote! ¡Qué música tan suave y tan sentida!

Por otra parte, el padre indicó a los músicos: “Una marchita, por favor, al inicio de la celebración”, y que se arrancaron con ¡la Marcha de Zacatecas!, ¡y que agarramos el paso al son de tarra… ta… tarra…!

Sólo por la gracia de Dios nunca tuvimos percances serios al recorrer aquellas brechas solitarias, del desierto de Chihuahua, todo el día en camino y a la mañana siguiente, ya en la parroquia, ¡las cuatro llantas ponchadas!

P.D. Soco, de la comunidad de Ntra. Sra. de la Soledad, expone: “Fui a darle las gracias al Padre Payán, ¡si usted no me hubiera corrido del templo, quién sabe qué sería de mi vida!”.

Termino esta nota con aquellos versos que el reverendo Alfonso hacia nuestro Padre celestial, de su  vida sacerdotal: “¡LO INTENTÉ… LO INTENTÉ!”

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