Miscelánea

San Bernardo de Claraval, un enamorado de María

Por: Raúl Sánchez K.

El 20 de agosto celebra la Iglesia al que, cronológicamente, es el último de los Padres de la Iglesia: San Bernardo de Claraval (Clairvaux), 1090-1153.

El Císter

Bernardo era amable, simpático, inteligente, bondadoso y alegre, incluso muy apuesto. Antes de entrar al convento de monjes benedictinos llamado Císter (Citeaux, lugar en Francia donde San Roberto de Molesmes había fundado la Orden del Císter), Bernardo se había enfriado en su fervor religioso y comenzado a inclinarse a lo mundano, pero sus amistades y sus fiestas lo dejaban vacío.

Conversión

Una noche de Navidad, mientras se celebraban las ceremonias religiosas en el templo, se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde entonces ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado.

Claraval

Claraval significa “valle claro”, un sitio apartado en el bosque donde el sol ilumina fuerte todo el día y donde Bernardo, a sus 25 años y tres de monje, fue enviado como superior -él escogió el sitio- a fundar un nuevo convento, donde los monjes sudaron la gota gorda para cosechar algo. Con 20 compañeros al principio, a los pocos años la abadía contaba con 130 religiosos y de ahí salieron monjes a fundar otros 63 conventos.

Cazador de almas y vocaciones

Bernardo fue considerado en Europa como el hombre más importante del siglo XII. Fue un gran enamorado de la Virgen Santísima. A él se deben las últimas palabras de la Salve: “Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María”, así como la bellísima oración del “Acordaos”. 

Durante su vida fundó más de 300 conventos para hombres e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Lo llamaban “el cazador de almas y vocaciones”. Con su apostolado consiguió que 900 monjes hicieran profesión religiosa.

Doctor de la Iglesia

Por su predicación le llamaban “Doctor Melifluo” (“Doctor boca de miel”). Su inmenso amor a Dios y a la Virgen y su deseo de salvar almas lo llevaban a estudiar por horas y horas cada sermón que iba a pronunciar y luego, como sus palabras iban precedidas de mucha oración y grandes penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes.

Pío VIII lo declaró Doctor de la Iglesia en 1830.

Anécdota

En cierta ocasión, cuando Bernardo no había entrado aún en la vida monástica, cabalgando lejos de su casa con varios amigos les sorprendió la noche y buscaron hospitalidad en una casa. La dueña los recibió e insistió en que Bernardo, como jefe del grupo, ocupara una habitación separada. Durante la noche, la mujer se presentó en la habitación con intenciones deshonestas. Bernardo se dio cuenta de lo que se avecinaba, fingió con gran presencia de ánimo creer que se trataba de un intento de robo y con toda su fuerza empezó a gritar: “¡Ladrones, ladrones!”. La intrusa se alejó rápidamente. Al día siguiente sus amigos bromearon acerca del imaginario ladrón, pero Bernardo contestó con toda tranquilidad: “No fue ningún sueño. El ladrón entró indudablemente en la habitación, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor”. Gran ejemplo para los jóvenes de hoy.

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