Artículos, Escala de Jacob

Ruega por nosotros, Reina y Madre

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

Fiesta de Santa María Reina, agosto 22

1. En sus orígenes las letanías se rezaban sobre todo en las procesiones, para invocar a Dios primero, y poco a poco a los santos también en especial a la Santísima Virgen María para pedir su intercesión. No desde el principio las letanías llamaron Reina a María, pero sí como a las reinas madres, se invocaba su intercesión para alcanzar el favor del Rey.

Las primeras letanías a María surgieron en el siglo III en las liturgias orientales, llamándola con sencillez: “Santa María, Santa Madre de Dios, Santa Virgen de las vírgenes… ruega por nosotros”.

Desde el siglo VII en Occidente estas brevísimas invocaciones fueron extendiéndose también gracias a la piedad popular, como en los oficios de los monasterios. Proliferó de tal modo la creatividad del pueblo creyente, que llegó el momento en que el Papa Clemente VIII en el siglo XVI las prohibió todas, menos las del Misal y Breviario, y las lauretanas, que deben su nombre al Santuario de Loreto donde nacieron.

2. Otros pontífices fueron añadiendo otras invocaciones: San Pío V la llamó “Auxilio de los cristianos” para recordar la intercesión de María en la Batalla de Lepanto. “Reina concebida sin pecado original” la llamó San Pío IX tras la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción; “Reina del Santo Rosario”, León XIII; “Reina de la Paz”, Benedicto XV durante la primera guerra mundial; “Reina Asunta al Cielo”, Pío XII con motivo de la proclamación del dogma de la Asunción; “Madre de la Iglesia”, Pablo VI en el contexto del Vaticano II; “Madre de Misericordia”, Juan Pablo II quien también la nombró “Reina de la Familia”.

Como vemos, ya desde antiguo la piedad popular vio a María no sólo como Madre del Rey, sino como Reina Madre.

3. Los Papas no sólo ratificaron lo que la piedad popular proclamaba, sino que ellos mismos con devoción filial la invocaban así y pedían se la invocara, y cuando en 1954 Pío XII instituye la fiesta sobre la Realeza de María, cuatro años después de proclamar el dogma de la Asunción, de alguna manera recapitula la devoción popular y al mismo tiempo completa lo proclamado en el dogma: “A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia… elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos… así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros, y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial”. ¿Cómo sería posible que la Inmaculada Asunta al Cielo, no fuera Reina con  Cristo?

4. María es Madre y es Reina. Por Jesucristo, con Él y como Él. Esto implica que el reinado de ella es como el de Jesús, mediante el servicio de la caridad. Ella, que a sí misma se presenta en el Evangelio como humilde esclava del Señor, no se detiene para demostrarlo. Corre en auxilio de su anciana prima encinta sin pensar en las molestias del viaje; emprende el camino a Belén con José para acompañarle y para ayudar así al cumplimiento de la Escritura: “Tú Belén, no eres la más pequeña…”. La vemos sirviendo a nuestra salvación cuando puntual se presenta en el Templo como prescribe la ley para purificarse, presentar a Jesús y aceptar la espada en su corazón. También está solícita en las bodas de Caná, cuando descubre que el vino se ha terminado. Se da cuenta de ello no porque anduviera en el cotilleo, sino porque “se encontraba metida en la cocina” (
P. José Luis Gómez, SJ), ayudando, y así adelanta la “hora” del Señor.

5. María reina desde el cielo porque no quiere ser servida sino servir, como su  Hijo. Reina al modo de la Casa de David, el rey pastor, ungido para servir al pueblo. Es la suya la realeza que mediante el Bautismo nos unge de Espíritu Santo para ser reyes con Cristo y servir al prójimo en sus necesidades como el Buen Samaritano, como Jesús en el cenáculo lavando los pies de los discípulos. Reina humilde y escondida al pie de la cruz cuando de pie sostiene al Rey con su presencia de lágrimas, oración y consuelo. Reina aceptando de nuevo la voluntad del Padre hecha espada, ofreciendo ese dolor junto al de su Hijo y Señor que para eso vino al mundo, “para que el mundo viva”. Reina cuando humildemente acepta los hijos que el Hijo le entrega, cuando se vuelve Madre de todos porque unida al Rey del Corazón traspasado, da a luz la nueva humanidad.

6. “La presencia de María junto a Jesucristo habla de una cuestión muy importante, y es que la salvación no es solitaria, por eso Cristo quiso contar con su colaboración” (Elena Álvarez, teóloga). Jamás hemos de temer que esta Reina que sirve tras bambalinas, que sólo toma primera fila frente a la cruz y que sólo habla para proclamar la grandeza del Señor y pedirnos hacer lo que Él nos diga, quiera apropiarse de títulos que no le corresponden. Porque ella sabe que si algo tiene, y es más de lo que a ningún otro ser humano se le ha dado, lo debe a la pura gratuidad de Dios que puso los ojos en la humildad de su esclava.

Ella tiene el corazón lleno de Jesús, en él ha guardado todas las formas en que Jesús pasó por la tierra haciendo el bien y aprendió de Él, desde la discreción de su vida oculta y de su discipulado discreto y fiel, todas las maneras de reinar sirviendo.

7. Por eso si Cristo -el que nos ha servido a precio de cruz la vida eterna- es Rey por ser Dios y por ser obediente hasta la muerte para rescatarnos, entonces María es Reina por ser Madre de Dios y por colaborar con Él en el rescate de la humanidad caída.

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