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¿Por qué no entrarle a la cartilla moral?

Por qué soy católico

Por: Paco Pérez

PREGUNTA: El gobierno ha tomado la iniciativa de impulsar la formación moral del pueblo repartiendo una cartilla escrita por Alfonso Reyes en 1944 y modificada por no sé quién. Las iglesias evangélicas han accedido a distribuirla, ¿no debería la Iglesia Católica sumarse a la causa de moralización y difundir esa cartilla moral del gobierno?

RESPUESTA: No lo creo, y trataré de explicar por qué.

La Iglesia posee una moral que ha difundido durante veinte siglos y cuya fuente original es la Biblia. El Catecismo de la Iglesia Católica (de los números 1691 al 2557) contiene una exposición sistemática magistral de esa moral; ella forma parte esencial del mensaje cristiano, pero queda inscrita en un marco más amplio que es necesario conocer.

Entre el bien y el mal

Todo ser humano tiene la obligación de hacer el bien y evitar el mal. Existe una moral natural inscrita en la conciencia de cada uno de nosotros y por ella sabemos que es malo matar, robar, mentir; la cartilla moral del gobierno se mueve en ese plano natural, pero la Iglesia también enseña que existe una formulación precisa de esa ley que fue dada por el mismo Dios a Moisés en el monte Sinaí y que en Cristo alcanza su sentido y plenitud. Es sólo bajo la luz de Cristo como podemos comprender sus alcances.

El evangelio nos habla de un joven que se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos”. El joven volvió a preguntar: “¿Cuáles?”. Él respondió: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás al prójimo como a ti mismo” (cfr. Mateo 19,16-22). Al mencionar los mandamientos Jesús está confirmando la validez permanente y universal de aquella antigua ley.

Algunas consideraciones

1. La primera es que importa la ley completa, no una ley podada a modo para no ofender criterios liberales o libertinos. No es sólo no robar, también hay que evitar el adulterio; y el no matar implica el respeto a la vida humana desde su fase embrionaria hasta la muerte natural. Actualmente se tiende a justificar la degradación llamándola “cultura”, a aceptar aberraciones redefiniéndolas como “derechos”, y a evitar la verdad incómoda declarándola “políticamente incorrecta”. El problema grave puede no estar en lo que se dice sino en lo que se calla. Se corre el riesgo de pervertir la ley cayendo en formulaciones light o seleccionando sólo aquello que no cuestione al régimen. Un proyecto moralizador no puede soslayar esos peligros.

2. Una segunda consideración es que hay un trasfondo para la ley. Es necesario señalar que la moral tiene un marco de referencia sin el cual pierde su fundamento y sus alcances: la VIDA ETERNA. La moral es un camino que conduce a ella. La pregunta del joven: “¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”, proporciona la clave para entender la importancia de los actos morales, porque el ser humano posee aspiraciones de eternidad que si se le amputan pierde su sentido y todo se le reduce a un absurdo. Si no se hace referencia al fin del hombre, no se estará poniendo el marco adecuado donde la moral cobra su significado pleno; entonces será fácil que se convierta en una carga que muchos no entenderán y será fácilmente rechazada. La fe, en cambio, proporciona una luz bajo la cual la ley adquiere un sentido de orden, plenitud y propósito. La Iglesia tiene la misión de anunciar la realidad de la vida eterna que el creyente acepta en la fe. Esto es lo que la Iglesia ofrece al mundo. En el rito del bautismo, al ser aceptado el catecúmeno se entabla el siguiente diálogo:

-¿Qué pides a la Iglesia de Dios?

-La fe.

¿Qué esperas de la fe?

-La vida eterna.

La Iglesia no puede predicar una moralidad desencarnada que no haga referencia a la fe y a su fruto de vida eterna. Hacerlo de otra forma sería mutilar el mensaje que tiene el deber de difundir.

3. Una tercera consideración es que el decálogo citado por Jesús tiene un primer mandamiento que es el más importante de la ley: adorar y amar a un solo Dios sobre todas las cosas. Es necesario puntualizar que esto es la base de la moral cristiana. Aunque ahora sea rechazado y la cartilla no lo mencione, la Iglesia no puede callarlo. Es necesario que diga que si la sociedad está llegando a niveles ya aberrantes de criminalidad y de degradación moral es porque se está olvidando de Dios.

La diferencia entre la moral que predica la Iglesia y la que pretende inculcar un gobierno que se declara laicista es que la Iglesia considera que la conducta humana está reglamentada por una ley que proviene de Dios y a Él se dirige, mientras que la visión oficial no acepta ese principio ni ese fin. La moral es entonces como un puente suspendido en el aire.

4. La plenitud de la ley está en Jesús. El episodio narrado arriba concluye con una exigencia radical: “Ven y sígueme”. La misión de la Iglesia es predicar a Cristo, muerto y resucitado, e invitar a los seres humanos a seguirlo como único camino, verdad y vida; por tanto, no le corresponde comprometerse a ningún programa que omita este anuncio explícito. “Es bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la Creación, como la Iglesia habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época” (Gaudium et Spes, 10).

Los católicos no despreciamos ni pretendemos descalificar ningún esfuerzo que busque humanizar y hacer más llevadera la convivencia entre los seres humanos. Al mismo tiempo declaramos que nuestra regla y nuestro modelo es Cristo y es al que proponemos. Él es la contribución del Padre para la restauración de todas las cosas.

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