Comentario al Evangelio

Por la puerta angosta

Comentario al Evangelio del XXI Domingo Ordinario (Lc 13,22-30)

Por: P. Silvestre Méndez Morales

El pasaje de este domingo forma parte del viaje de Jesús hacia Jerusalén narrado por el evangelista San Lucas. Este viaje abarca del c. 9,51-19,28, donde a través de la narración el evangelista alude varias veces a la ciudad de Jerusalén en la que culminará su obra evangélica y la vida de Jesús. El evangelista señala que la ciudad santa es pieza clave en la vida y ministerio de Jesús, pues aquí se dará su muerte y gloriosa resurrección.

Este camino de Jesús hacia Jerusalén habría de ser como el “camino” que todo discípulo habría de realizar como su iniciación en el seguimiento de Jesús. El camino de Jesús hacia Jerusalén lo conduce a la muerte pero también significa el triunfo con su gloriosa resurrección, su Pascua, que a todo discípulo lo invita a vivir también por medio del bautismo, como muerte al pecado y resurrección a una vida nueva como hijo de Dios.

El pasaje se ubica en la segunda etapa del viaje en la que predomina la enseñanza que dirige el Señor a sus discípulos. El ambiente se da ante el rechazo e incomprensión de los fariseos y dirigentes religiosos.

Para el discípulo el seguimiento de Jesús no será tarea fácil. Jesús remarca la actitud que ha de asumir el discípulo: “esfuércense en entrar por la puerta que es angosta…” para Jesús, Jerusalén significó el culmen del rechazo con su muerte; para el discípulo el seguir a Jesús no hará menos dificultoso el camino…habrá que asumir también las propias dificultades. El seguimiento implica esfuerzo, como pasar por una puerta estrecha, angosta.

Las palabras de Jesús reflejan, además de “esfuerzo”, el empeño de “muchos tratarán de entrar y no podrán”, esto es, “muchos” que pretenderán entrar al Reino siguiendo sus propios caminos, mediante sus propios recursos, sin tener en cuenta a Jesús y su evangelio. Estos consideran que se merecen el Reino sin haber empleado los recursos necesarios para obtenerlo. Creen que “Dios les debe el Reino de los cielos” o que ya de suyo son merecedores de ese Reino.

Cuando la puerta de la casa se ha cerrado, los de afuera insistirán tocando y gritando: “¡Señor, ábrenos!” y la respuesta será “no sé quiénes son ustedes”. La insistencia de aquellos y su afirmación de que han comido con él y oírlo enseñar en sus plazas, no son suficientes motivos como para que se les abra y entren. El Señor los desconoce, les pide se alejen y los califica como “obradores del mal”. En su momento no se “apuntaron” como discípulos y simplemente no tomaron en cuenta al Señor… lo vieron… lo escucharon… pero no lo siguieron… ellos continuaron con sus intereses y su propia vida, ahora quieren que los reconozca y se les dé el acceso y aprobación. Es como quien ve la procesión pasar, pero no forma parte de ella, ve a los peregrinos pero les grita insultos y profiere insolencias, ese no puede alegar que estuvo en la procesión.

Así, los de afuera se quedarán sólo en eso, en lamentos, en la puerta sí, pero por fuera, porque no quisieron entrar. El lamento es por ver a Abraham, Isaac, Jacob y los profetas en el Reino de Dios mientras ellos no tienen posibilidad alguna de entrar.

Los que han llegado a última hora de todos los puntos cardinales están dentro porque se esforzaron por seguir el camino y se esforzaron por entrar por la puerta angosta.

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