Miscelánea

María, signo de nuestra victoria

Solemnidad de la Asunción, agosto 15

Por: Cristina Alba Michel

En el corazón del verano, como cada año, vuelve la solemnidad de la Asunción… Es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad” (Benedicto XVI, homilía agosto 15, 2008).

El Cordero vencedor

La victoria definitiva pertenece a Cristo. Sólo Él es Alfa y Omega, Principio y Fin. Él solo es Rey de reyes y Señor de señores, Cordero inmolado encontrado digno de abrir el libro y de romper sus sellos, porque “por medio de su Sangre ha rescatado para Dios a hombres de todas las familias, lenguas, pueblos y naciones” (Cf. Ap 5,9b), aquella “enorme muchedumbre, imposible de contar” (Ap 7,9), que el profeta había anunciado siglos atrás, diciendo a Jerusalén: “Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora… todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y a tus hijas las traen en brazos… se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones llegarán hasta ti” (Cf. Is. 60,3-4), que remite a la Iglesia.

La Reina Madre

Esta misma Iglesia, aunque peregrina, mediante la celebración de la Solemnidad de la Asunción de María nos permite contemplar un adelanto de lo que proclaman Isaías y Juan, pues María es la primera rescatada, la primicia de aquella muchedumbre, el tesoro y la riqueza de todas las naciones que en Ella, por Cristo Señor, han sido bendecidas. María es la Reina llevada ante la presencia del Rey embellecida con las joyas del Rey. Detrás de Ella avanzan sus hijos, todos aquellos que a su vez “laven sus vestidos en la sangre del Cordero” (Cf. Ap 7,14) a través de los Sacramentos -especialmente la Eucaristía-, del diario testimonio o incluso del martirio. Esto es, quienes unidos a Jesús como María resulten vencedores de la lucha establecida entre el Dragón y la Mujer, santos entre los santos del cielo.

La batalla que se ha de ganar es la del amor.

El dragón rojo

“Toda la historia humana, la historia del mundo, es una lucha entre dos amores: el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, y el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio a los demás. Esta misma interpretación de la historia como lucha entre dos amores, entre el amor y el egoísmo, aparece también en el Apocalipsis. Aquí estos dos amores se presentan en dos grandes figuras. Está el dragón rojo fortísimo, con una manifestación impresionante e inquietante del poder sin gracia, sin amor; del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia. También hoy el dragón existe con formas nuevas: ideologías materialistas que nos dicen: ‘es absurdo pensar en Dios, cumplir los mandamientos de Dios. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, el consumo, el egoísmo, la diversión. Esta es la vida’. Y parece imposible oponerse a esta mentalidad, con toda su fuerza mediática, propagandística. Parece imposible pensar en un Dios que ha creado al hombre, que se ha hecho niño y que sería el verdadero dominador del mundo. También ahora este dragón parece invencible” -así dice Benedicto XVI el 15 de agosto de 2007, en la Misa de la Asunción, y añade-:

¡Tengan confianza!

“Veamos ahora la otra imagen, la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies, coronada por doce estrellas. Esta imagen presenta varios aspectos. Un primer significado, la Virgen María vestida totalmente de sol, de Dios; María que vive totalmente en Dios, rodeada y penetrada por la luz de Dios, coronada por las doce tribus de Israel, por todo el pueblo de Dios, por toda la comunión de los santos, y tiene bajo sus pies la luna, imagen de la muerte y de la mortalidad. María superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios. Así, en la gloria, habiendo superado la muerte, nos dice: ‘¡Ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije, soy la esclava del Señor. En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera. Tengan confianza, tengan también ustedes la valentía de vivir contra todas las amenazas del dragón'”.

En medio de las tribulaciones

María es el primer significado de aquella mujer vestida de sol. “El gran signo de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios. Un gran signo de consolación.

Pero esta mujer que sufre, que debe huir, que da a luz con dolor, también es la Iglesia, la Iglesia peregrina de todos los tiempos que en todas las generaciones debe dar a luz, de nuevo, a Cristo. Darlo al mundo con gran dolor, con gran sufrimiento. Perseguida en todos los tiempos, vive casi en el desierto perseguida por el dragón. Pero también en todos los tiempos la Iglesia, el pueblo de Dios, vive de la luz de Dios y se alimenta de Dios con el pan de la sagrada Eucaristía. Así la Iglesia, sufriendo en todas las tribulaciones, en todas las situaciones de las diversas épocas, en las diferentes partes del mundo, vence. Ella es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo”.

Dios nos invita

“Hoy también el dragón quiere devorar al Dios que se hizo niño. Pero no teman por este Dios aparentemente débil. La lucha es algo ya superado. También hoy este Dios débil es fuerte: Él es la verdadera fuerza. La fiesta de la Asunción de María es una invitación a tener confianza en Dios y una invitación a imitar a María en lo que ella misma dijo: ‘¡He aquí la esclava del Señor!, me pongo a disposición del Señor'”.

Miremos el gran signo

Cristo es el vencedor definitivo porque es quien se hizo servidor de todos hasta la muerte en la Cruz. Y María, Madre y servidora del Señor y de la Iglesia, Asunta al Cielo, es el gran signo de la certeza de su victoria, también nuestra.

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