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La escalera que soñó Jacob

Caminando con el Papa

Por: Cristina Alba Michel

El Papa y el Evangelio 

La escalera que soñó Jacob

1. “Son personas, no cuestiones sociales o migratorias”, le recuerda el Papa al mundo entero en la homilía de la Misa reciente con personas migrantes en Roma, el 8 de julio. Apenas un día después se da esta noticia: “El mayor campamento para migrantes de Europa, ubicado en Mineo, al este de Sicilia, fue cerrado oficialmente este martes en presencia… del ministro del Interior de Italia… Matteo Salvini”. 

“No se trata sólo de migrantes -escuchamos de nuevo al Santo Padre- en el sentido que los migrantes son, ante todo, personas humanas y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada”.

2. Europa ha perdido la memoria. Continuamente la ONU está advirtiendo que “desde la II Guerra Mundial nunca se había producido semejante número de desplazamientos en todo el planeta”. El saldo de refugiados y desplazados que dejó aquel horrible conflicto armado fue de unos 40 millones de personas. Pues bien, hoy se cuentan más de 70 millones de personas que huyen del hambre, de la miseria y de la guerra, males en gran parte propiciados o directamente ocasionados por las políticas financieras arrastradas desde la época del colonialismo hasta hoy. Del sometimiento de los más débiles por unos cuantos que se creen dueños de todo. Es un grito, el de los migrantes y los refugiados, que clama al cielo. Se ha escuchado y será atendido.

3. Coherente con lo que dijo, al final de la Misa Francisco saludó uno por uno a los 250 migrantes/refugiados que se encontraban allí, en la Basílica de San Pedro. Se había celebrado el sexto aniversario de aquella visita que el entonces recién elegido Papa realizó a la isla de Lampedusa, en el Mediterráneo italiano, que ha convertido en tumba para miles de migrantes.

La homilía partió de la lectura del Génesis que cuenta el sueño de Jacob, aquella escalera que unía al cielo con la tierra, por donde ángeles subían y bajaban. “Subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo”.

II. Glosas y comentarios

México, ¿puente o muro?

Hace dos semanas encontré de camino a casa a dos jovencitos migrantes; venían de Belice, según me dijeron. Tenían hambre, sed y el sueño de cruzar la frontera a los Estados Unidos. “¿Por qué van al norte?”, “porque buscamos un futuro, porque de allá donde venimos no hay nada”.

Cuatro días más tarde, una familia nicaragüense: Johny, Lilia, Miguel Ángel y Candy, pedían ayuda en la calle Libertad de la capital  chihuahuense. “Queremos una vida mejor para mis hijos”, dice Johny y Lilia lo corrobora.

¡Cuántas historias se pueden contar!, no nos alcanzaría la vida para hacerlo ni a ustedes para leerlo. Pero esas historias se cruzan cada vez más a menudo con la nuestra. México se ha convertido en la vía de escape del empobrecido sur hacia el opulento norte.

Por eso queremos pedirles, por lo pronto, oración. Sin dudarlo ni un segundo, este es uno de los signos de los tiempos que debemos atender sabiamente, con caridad e inteligencia. A través de éste y de otros signos Dios nos está llamando, el rostro de Cristo se está haciendo visible. El Espíritu Santo nos alienta a responderle al Señor mediante nuestra colaboración en construir, en la tierra, la ciudad de Dios.

De nosotros -de ti y de mí- depende en parte que México sea puente fraterno y no el muro de Trump.

Pensar

Pienso en los ‘últimos’ que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los engañados y abandonados para morir en el desierto; los torturados, maltratados y violados en los campos de detención; los que desafían las olas de un mar despiadado; son los dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para llamarse temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias!”.

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