Idolatría de las riquezas

Comentario al Evangelio del XIX Domingo Ordinario (Lc 12,32-48)

Por: Mons. Luis Martín Barraza Beltrán

Al principio de este pasaje de Lucas, Jesús pone el toque alarmante del juicio final sobre el tema de la relación con las riquezas, recogiendo la enseñanza que da a dos hermanos que pelean por la herencia. A continuación, en el mismo tono y como si hubiera alguna relación con la actitud frente a las riquezas, está la invitación a la vigilancia en el trato hacia los hermanos, sobre todo de los que se tiene una responsabilidad directa. Como que la idolatría de las riquezas rompe la armonía del amor a Dios y el amor al prójimo.

El dinero no es malo por sí mismo, sino porque el corazón del hombre le permite ocupar el lugar de Dios y de las personas. Con razón Jesús recuerda a la ambición humana el gran tesoro de la paternidad de Dios que nos ofrece su Reino. Lo único que puede curarnos de la avaricia es la gratuidad del amor de Dios. El afán desmedido de las cosas ofende, primeramente, la providencia divina que “cuida de los cuervos” y “viste la hierba del campo”, “¿cuánto más hará por nosotros?” (Lc 12,24-28; cfr. 11,13).

Preocuparse afanosamente por la comida y el vestido es una acusación grave a la Providencia de Dios. Si perdemos el sentido de que las mayores riquezas son gratis (Lc 12,23), no nos bastará poseer el mundo entero para sentirnos seguros. Además, no es digno del ser humano dejarse esclavizar por las cosas materiales. Si privamos al corazón humano de su experiencia fundante que es su dependencia total de la generosidad de Dios, no habrá nada que lo cure de su ambición.

Al denunciar la idolatría del dinero, Jesús defiende la primacía de Dios y de la persona. No estamos frente a una espiritualidad del pasado, que considera malo  lo material, al cuerpo por el hecho de serlo, sino que Jesús y Lucas saben por experiencia que corre sangre en los pleitos por el dinero entre hermanos y amigos.

La idolatría de las cosas tiene otra consecuencia no menos grave que es el maltrato y la explotación de los hermanos. Jesús lo explica con la parábola del siervo fiel e infiel, dependiendo de cómo haya cuidado a los que dependían de él. Sobre este asunto también, Jesús, pone el tono apremiante de juicio final.

La parábola invita a pensar en los que tienen mayor responsabilidad frente a una comunidad, tal vez padres de familia, guías religiosos, políticos, maestros, etc., pero se puede aplicar a todos, porque todos tenemos la misión de cuidar a alguien, de amar al prójimo. De entrada se nos dice que somos responsables unos de otros de una forma o de otra, esto no es opcional. No vale la excusa de Caín: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”

Hay una felicitación para el siervo fiel y cumplido, y hasta será beneficiario de una acción un tanto exagerada: el amo se pondrá a servirle. Pero a quienes se distraen buscando sus propios intereses y esto los lleva a maltratar a sus hermanos, recibirán castigo doble, sobre todo los que lucran con su imagen de servidores, los que abusan -de cualquier modo- de sus comunidades.

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