Artículos, Escala de Jacob

Con María, de verbo en Verbo

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba  Michel

En recuerdo de San Ignacio de Loyola

1. Constantemente el Papa Francisco habla de verbos para alentar la esperanza y exhortar a la caridad. Verbos que indican acciones directas de los sujetos, tales como caminar, edificar, construir, amar, acercar, acoger, recibir, perdonar, dialogar. En fin, “hacer” algo. Sus homilías sobre todo, suelen contener de tres a cuatro verbos en torno a los cuales el Papa realiza su reflexión, verbos que impulsan al creyente a ir “plasmando” el Reino de Dios sobre la tierra, bajo el signo de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia. Y por cierto que las bienaventuranzas se refieren a personas que “hacen” cosas.

Con las debidas distancias me atrevería a decir, incluso, que este pontificado es una especie de “puerta de la parusía” por la que Cristo quiere entrar de nuevo a nuestro caótico y confundido mundo, a darnos una lluvia de su Espíritu Santo.

2. El Verbo de Dios se bajó hasta lo último de la miseria humana, nos recordaba constantemente Benedicto XVI. Papa Francisco nos recuerda siempre que si el Verbo se abajó, fue para “tocar” nuestra carne enferma y para dejarse tocar por nosotros, por nuestras necesidades, miserias, soledades y anhelos, por nuestra hambre y nuestra sed. Esto lo demuestra Jesús al comienzo de su ministerio en Galilea, antes de “su hora”, durante las bodas de Caná. En esa fiesta se revela como el novio, el esposo, el anfitrión, el dueño de la casa y al mismo tiempo el servidor de la alegría. Se presenta como el samaritano que rescata a la comunidad de la sed, de la tristeza, de la humillación que causan las carencias esenciales. Él nos quiere felices, plenos de la alegría del Reino inaugurado de alguna manera en aquella boda humana que al mismo tiempo es la alianza nueva de Dios con su pueblo, un signo adelantado de las bodas del Cordero con la Iglesia.

3. ¡Y en medio de todo estaba María!, la Inmaculada Madre de Dios, la discreta y diligente Esposa del Espíritu Santo, sin otro título que el de “madre de Jesús”.

María nunca ha necesitado títulos para servir, sino que los títulos se le han ido añadiendo por los servicios que le ha brindado a Dios y a la humanidad. También sin títulos ha sido Ella la que a través de su fe y de su firme esperanza ha dado a luz, por su caridad comprometida, no sólo al Verbo Encarnado sino a muchos otros verbos: escuchar, atender, comprometerse, servir, caminar, interceder, orar, suplicar, callar, aceptar, sostener, estar de pie, sonreír, conservar, aconsejar y, en fin, buscar y seguir siempre a Jesús por todos los caminos y después, seguir y buscar a sus otros hijos para reconducirlos al camino o sostenerlos en él.

4. Fue en uno de esos caminos que hace ya muchos años, María salió al encuentro de “un español pequeño, que cojeaba un poco y tenía los ojos alegres” -según dijo alguien de Ignacio de Loyola-. Otrora soldado, entregado a excesos y a una vida vacía, su encuentro con María Virgen lo marcó para siempre. En su libro de los Ejercicios Espirituales -donde señala todo lo de Jesús con tinta roja y todo lo de María con tinta azul- a ella la llama sobriamente “Nuestra Señora” (Cf. P. Jaime Correa, SJ, Santos y Beatos de la Compañía de Jesús). A ella encomienda en todo momento su peregrinar hacia Jesús. Es a María, Nuestra Señora del Camino, a quien nombra junto a sus compañeros patrona de la Compañía de Jesús, porque fue ante ella que Ignacio y los otros fundadores oraban asiduos.

Desde el primer momento de su conversión, cuando convalecía de la herida obtenida en la batalla, Ignacio sintió su presencia y pudo verla: “Estando una noche despierto -cuenta- vi claramente una imagen de Nuestra Señora con el Santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibí consolación muy excesiva” (Íd.). Esta visión causó en el sorprendido Ignacio “asco de toda mi vida pasada, especialmente de cosas de carne y nunca más tuve ni el menor consentimiento en ello” (Ibíd.).

5. Años después, tras ser ordenado sacerdote, celebró Ignacio su primera Misa en la Navidad del año de 1531 [mismo mes y año de las apariciones de la Guadalupana en México]. Lo hizo en el Altar del Pesebre, en la Basílica de Santa María la Mayor, la misma Basílica a donde el nuevo Ignacio, Papa Francisco, acude antes y después de cada viaje para encomendarle a la Madre su camino y el camino de la Iglesia.

Y posteriormente, al ser nombrado General de la entonces nueva Compañía de Jesús, celebró Misa frente a una imagen en mosaico de la Virgen María, era la imagen delante de la cual él y sus compañeros habían prometido pobreza, castidad, obediencia y el voto especial de obediencia al Papa.

6. Durante su estancia en Roma los primeros jesuitas vivieron a un lado de la capilla de Santa María del Camino, frente a la llamada Plaza del Gesú. La capilla les fue entregada por el Papa Paulo III, convirtiéndose en la primea capilla de la Orden: desde entonces todos los días, sobre el altar de Nuestra Señora del Camino, Ignacio celebró la Eucaristía. En esa capilla escribió todas sus cartas, redactó las Constituciones y partió al cielo el 31 de julio de 1556.

Cuando entre 1568-1584 se levantó en aquel sitio la iglesia del Gesú, se conservó en su interior la capilla de Nuestra Señora del Camino. Y después de la canonización de Ignacio el 29 de julio de 1622, sus restos se trasladaron a un altar de la iglesia del Gesú, muy cerca de la capilla de Nuestra Señora del Camino.

7. De la herencia de Ignacio hoy goza toda la Iglesia a través de la Compañía de Jesús, de los Ejercicios Espirituales, del Papa Francisco que es discípulo aventajado en aquello de descubrir en el mundo a Dios en dondequiera que se encuentre. Poco se habla, no obstante, de ese amor que San Ignacio profesó siempre a María, su compañera de camino, su escudo de pureza, su ejemplo de amor y servicio.

Aprendamos también de él la belleza de vivir y morir junto a Nuestra Señora para vivir y morir junto a Jesús. ¡Qué fortuna permanecer junto a ella en todo momento, a las puertas de la muerte y en el despuntar de la vida eterna! Así, de camino en Camino y de verbo en Verbo…

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