Miscelánea

Un rostro que nunca olvidaré

Camino con el Santísimo, camino del perdón

Aún recuerdo su rostro, el número del taxi, el color, la calle por la cual cruzábamos mientras avanzaba la procesión de fe. Una procesión que representa a una Iglesia peregrina, una peregrinación de pasos frágiles, débiles, pecadores y santos a la vez, por la gracia de Dios.

Aún recuerdo su rostro y podría dibujarlo, desde niño desarrollé bien la habilidad. Pero en esta ocasión este no es el fin. Mas su rostro nunca lo voy a olvidar ni tampoco el sentimiento de misericordia y compasión que siento sobre usted. La compasión es sufrir con el otro, sufrir lo mismo del otro, allegar el corazón a lo que el otro vive.

Usted nos ha gritado: “¡Puros violadores!”, con dolor, con rabia, tal vez con impotencia, no me cabe la menor duda porque lo pude contemplar en sus ojos y en su forma de gritar y, ¿sabe?, me gustaría poder regresarle la paz que un día alguien le robó: no sé quién, no sé cuándo, pero sé que duele.

Usted gritó especialmente con enojo y el enojo es la manifestación de una injusticia. A la procesión a la que usted le gritó no está ajena de sufrimientos de esta índole, y tal vez carguemos con cosas semejantes o con las mismas cosas, o hasta más pesadas. 

De hermano a hermano, de prójimo a prójimo, de un corazón que vivió la impotencia a un corazón que vive tal vez la impotencia, me dirijo a usted. No es la primera vez que nos gritan; ya en nuestro Seminario nos han gritado: universidad de violadores. En las calles nos desprecian, voltean la cara y otras tantas cosas. Cuando yo era seminarista, una señora nos había gritado algo semejante, con esos mismos sentimientos, y aún recuerdo que el sabio rector que dirigía el Seminario en ese entonces dijo que esos gritos no eran otra cosa que una predicación y una invitación a no sucumbir en nuestro anhelo por ser sacerdotes cada vez más sanos y más santos. Así contemplo su grito y el de muchas personas que piensan que todos los sacerdotes somos lo que usted nos llamó. Quiero que sepa que no dejo de luchar por mi conversión, por ser cada día más un sacerdote que ame con sinceridad y transparencia a sus hermanos. Pero anhelo en el fondo, para usted, anhelo con todo mi corazón:

Que un día en vez de gritar con dolor la injusticia, con desdén, con impotencia, pueda encontrar sosiego en su corazón. Anhelo y pido a Dios que encuentre sanación, aunque no proceda directamente de nuestra Iglesia que hoy se encuentra trabajando arduamente por sanar estas heridas en el mundo. Deseo y pido para que también usted, como yo, pueda en vez de gritar con odio, abrazar con un corazón lleno de paz y de perdón a quien le ha lastimado; le garantizo que el sentimiento nunca se equiparará con la decisión de seguir odiando. Ojalá que un día usted, como yo, pueda abrazar a la persona que cometió la injusticia y vivir la experiencia de la sanación y el perdón que proceden de Dios. No se lo puedo describir, porque lo que viene de Dios es indescriptible; sólo le puedo decir que en aquella procesión de oración de este Corpus Christi inolvidable, le llevaré en mi corazón para pedir en mis plegarias de forma incesante que un día lo viva de esta manera: con perdón y con paz, con sanación y sosiego en su corazón.

Le escribo desde lo más íntimo como uno de aquellos a los cuales usted gritó y acusó de violadores, pero también como uno de aquellos que saben lo que duele, pues le comprendo como víctima, no como victimario. Y le escribo, en fin, como alguien que ha perdonado. Le escribo gritándole “¡perdón!”, de parte de los que así obran; gritándole no con odio, sino con perdón, gritando a forma de abrazo para la persona que un día me lastimó. Pero por favor, nunca se olvide que… Aún le recuerdo y siempre le recordaré.

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