Comentario al Evangelio

Un Maestro para el maestro

Comentario al Evangelio del XV Domingo Ordinario (Lc 10,25-37)

Por: MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA BELTRÁN

Llamar a Jesús Maestro y preguntar acerca de la vida eterna, por parte del doctor de la ley, es presentarse como un humilde discípulo que desea aprender; sin embargo, esto mismo con la intención de “poner a prueba” resulta una burla.

La apariencia es de docilidad, la intención es perversa. El doctor de la ley en realidad no desea aprender nada de Jesús, sino darle una lección, hacerlo quedar en ridículo. Haciendo así haría más bien un ejercicio de maestro y no tanto de discípulo.

El título de maestro dirigido a Jesús suena a adulación, que sirve para llamar la atención sobre sí. Tal vez pensó que Jesús “mordería el anzuelo” de las discusiones estériles, en las que este personaje era especialista. No obstante la agresividad de la pregunta, Jesús ofrece una respuesta adecuada para un estudioso de la ley. Se trata de una respuesta amable y respetuosa. Remitir al doctor de la ley a lo que le es familiar es un gesto caritativo de parte de Jesús. A este punto el trato de Jesús a un enemigo es más elocuente que las ideas indicadas en la ley.

El amor a Dios y al prójimo, que acertadamente señala aquel hombre, se cumple en la bondad de Jesús. De alguna manera, es el buen samaritano que se apiada de este hombre “asaltado” por sus ambiciones, por su soberbia, o tal vez por sus mismas tradiciones religiosas. Lo que más adelante explicará Jesús con la parábola del buen samaritano, lo realiza él mismo anticipadamente curándole las heridas del odio, del afán de poder. Y tal vez Jesucristo supere al samaritano de su parábola porque, en su caso, es agredido por la víctima. Aquel sólo encuentra al hombre malherido tirado por el camino; en el caso de Jesús, es agredido por este hombre herido en su interior. En realidad Jesús resulta un Maestro para aquel maestro, aunque este último piense que está dando cátedra al primero.

Qué gran maestro es Jesucristo, que es capaz de cargar con la necedad del maestro -que quiere mostrar su superioridad- y al mismo tiempo le da una cátedra de lo que importa realmente: la compasión. Enseñar a un maestro que se las sabe “de todas todas” -según él-, se antoja casi imposible. En esto está la grandeza de Jesús, en que supo encontrar la pedagogía para enseñar a un “sabiondo”. Esta consistió en pocas palabras y un gran ejemplo de respeto y compasión.

Parece que Jesús no quiere hablar, sólo indica el lugar donde se puede encontrar la respuesta. El doctor de la ley lo hace hablar con su pregunta sobre el prójimo. No sabemos si ésta es más sincera o es con la misma actitud de desprestigio hacia Jesús. Tal vez le pareció que la respuesta no hacía justicia a su intelectualidad, o tuvo temor de que se notara la malicia de su primer pregunta. Es entonces cuando Jesús lo agarra más por su cuenta y lo retrata de un modo magistral en el sacerdote y el levita: vivir lo sagrado sin compasión al prójimo te hace pagano, mundano. El hombre verdaderamente religioso es el que es capaz de conmoverse del sufrimiento de sus hermanos.

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