Catequesis

Promesas y votos

Vivir la fe

Por: RAÚL SÁNCHEZ K.

Promesas

Del latín promissus, término formado por pro (antes) y missus (participio de mittere, enviar, arrojar), una promesa en este sentido es algo que se dice antes de irse (como “voy a volver”) o de enviar algo (“el cheque está en el correo”).

Una promesa es cualquier cosa que una persona se obliga o compromete a realizar, ya sea por voluntad propia o como respuesta a otros favores recibidos.

Prometer es una de las palabras clave del lenguaje del amor. Prometer es empeñar uno a la vez su poder y su fidelidad, proclamarse seguro del porvenir y seguro de sí mismo, y es al mismo tiempo suscitar en la otra parte la adhesión del corazón y la generosidad de la fe. Así, Dios siempre cumple sus promesas.

Promesas hechas a Dios

El primer mandamiento del Decálogo incluye el cumplimiento de las promesas.

“En varias circunstancias, el cristiano es llamado a hacer promesas a Dios. El Bautismo y la Confirmación, el Matrimonio y la Ordenación las exigen siempre. Por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación de respeto a la Majestad divina y de amor hacia el Dios fiel” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2101).

Los votos

En latín, votum era una promesa solemne, especie de manda, que se hacía ante los dioses. Significa literalmente “lo prometido”.

“El voto, es decir, la promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor, debe cumplirse por la virtud de la religión (Código de Derecho Canónico, can. 1191).

El voto es un acto de devoción en el que el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos entrega a Dios lo que le ha prometido y consagrado. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a san Pablo cumpliendo los votos que había hecho (cf Hch 18,18; 21,23-24)”. (Ibíd., 2102).

Los consejos evangélicos

La Iglesia reconoce un valor ejemplar a los votos de practicar los consejos evangélicos.

“La santa madre Iglesia se alegra de que haya en su seno muchos hombres y mujeres que siguen más de cerca y muestran más claramente el anonadamiento de Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de los hijos de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues, se someten a los hombres por Dios en la búsqueda de la perfección más allá de lo que está mandado, para parecerse más a Cristo obediente” (Lumen gentium, 42).

En algunos casos, la Iglesia puede, por razones proporcionadas, dispensar de los votos y las promesas (cf Código de Derecho Canónico, can. 692; 1196- 1197).

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