Comentario al Evangelio

No olviden la hospitalidad

Comentario al Evangelio del XVI Domingo Ordinario (Lc 10,38-42)

Por: MONS. LUIS CARLOS LERMA MARTÍNEZ

Para complementar este texto de San Lucas habría que leer también el c. 11 del evangelio de San Juan y los primeros 8 versículos del c. 12. Ahí nos damos cuenta de que, en Betania, un pueblo en las inmediaciones de Jerusalén, vivía una familia muy cercana a Jesús; eran tres hermanos, Lázaro, Marta y María.

Hemos escuchado el relato de Lucas, la bienvenida de Marta y María a Jesús (y se entiende que a sus discípulos también) en su casa, el ajetreo de Marta, su molestia con María y las palabras de Jesús.

Por una parte, es entendible la preocupación de Marta. Ella quiere ser una buena anfitriona, se esmera por atender lo mejor posible a la visita. Piensa en Jesús y sus amigos, que con toda seguridad llegaban cansados y con mucha hambre. Por eso se preocupa en atenderlos. Y es que, dar hospedaje y ser un buen anfitrión es una virtud que habla muy bien de una persona. Recordemos que Abraham, en cierta ocasión en que acampaba en el encinar de Mambré, recibió y atendió, como decimos, a cuerpo de rey, a tres visitantes; los trató como si fuera Dios mismo, y en recompensa fue bendecido con el don de la paternidad, con el primer hijo de su numerosísima descendencia, el hijo de la promesa de Dios (ver Gn 18,1-10). Este gesto de Abraham lo recuerda la carta a los Hebreos al inicio del c. 13 con estas palabras: “No olviden la hospitalidad, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles”. Además, en eso consistirá el juicio final: “Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme… ¿Cuándo…? Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,34-40). Y la contraparte en los versículos siguientes.

Por otra parte, María en ese momento prefirió sentarse a los pies de Jesús para escuchar su palabra. Seguramente que Jesús no se mantenía en la casa de Marta y María, su visita a esta familia sería de vez en cuando, con ocasión de que Jesús subiría a la ciudad santa de Jerusalén. Por eso, María aprovecharía las pocas veces que Jesús pasaba por ahí para disfrutar de su compañía, para verlo y escucharlo, para contemplarlo. Ya habría mucho tiempo, el resto del tiempo para ayudar a su hermana, si no para atender a la visita, sí para recoger el tiradero que dejarían Jesús y sus amigotes…, quiero decir, sus discípulos; así como también habría todo el tiempo de mundo para tener un hogar limpio, agradable, familiar, con ese toque femenino que sin duda le daban las hermanas.

Imaginemos que llegara Jesús a este hogar y que, por estar muy ocupadas, les tuviera que decir: “Disculpen que haya llegado en momento tan inoportuno, seguiremos nuestro camino, a ver si en otra oportunidad las encontramos menos ocupadas. Adiós”. ¡Qué desperdicio! Por eso Jesús dijo de María, que disfrutaba en esa privilegiada ocasión, que dignificaba con su presencia el hogar y la familia con su visita: “una sola cosa es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y nadie se la quitará”.

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