Reportajes, Testimonios de la misericordia de Dios

La fe sanó a madre e hijo del cáncer

El Señor nos manifestó su misericordia 

Por: PATRICIA CARRILLO GÓMEZ

Mireya Contreras de la Riva y su hijo Alberto González Contreras son una pequeña familia de la parroquia Divina Providencia de la ciudad episcopal. En el lapso de dos años ellos vivieron dos pruebas sumamente dolorosas e inesperadas: primero el cáncer de Alberto e inmediatamente después el de la madre. La fe que ellos siempre han tenido en el Señor hizo que salieran adelante con esperanza y fueran totalmente sanados.

Alberto

El joven Alberto es estudiante de ingeniería en la UTCH sur y con 20 años de edad nos comparte su doloroso e inesperado proceso. “Desde muy pequeñito -cuenta- me inculcaron mis abuelos y mi madre el asistir a la Iglesia, no como costumbre o como un deber, sino con fe y esperanza. Tengo muchos bonitos recuerdos del padre Toño Ramírez, de quien fui muy cercano porque ellos formaban parte de su equipo pastoral. Además, desde los cuatro años me consagré a la Virgen María, fui monaguillo varios años en la comunidad Santo Niño de Atocha, pertenecí a ministerios de alabanza y actualmente estoy de encargado del apostolado de María Niña. Quiero decir que Dios siempre ha formado una parte esencial en mi vida”.

El cáncer

“Mi prueba comenzó a la edad de 14 años, corría el mes de enero, cuando estando en el equipo de natación descubrí una bolita en el costado izquierdo”, explica, y como muchos jovencitos a esa edad, no le dio importancia y tampoco lo comentó con su madre, asumiendo que era un desgarre o un golpe y que pronto se quitaría. En el mes de septiembre su madre lo ve y lo lleva al servicio médico. El doctor le dice que no hay que preocuparse, que es sólo grasa acumulada y que la va a extraer quirúrgicamente. Pero “cuando llamaron a mi madre para decirle que habían extirpado la bolita, le dijeron que no era solo grasa; la mandaron analizar y descubrieron que podía tratarse de un sarcoma en los huesos, en la piel o un carcinoma en el riñón; de cualquier manera era un tumor muy agresivo, y harían varias pruebas para determinar de qué tipo era y en qué nivel estaba, pues habían pasado varios meses desde que me la descubrí”.

Lo enviaron a quimioterapia en lo que determinaban el tipo de cáncer, para no perder tiempo: “si quiere que su hijo muera no lo lleve, además los milagros no existen”, le dijo. Mireya con toda la impotencia y miedo del mundo aceptó. “Hasta ese entonces yo no había visto mi mamá llorar, al verla llena de dolor la tomé por los hombros y la estrujé para que reaccionara y le dije que todo iba a estar bien, que mantuviera la fe, que Dios ya había obrado en mí, le volví a decir que ya me había sanado… y le repetía una y otra vez: ‘por sus llagas hemos sido sanados’. Por favor ten fe”.

A Mireya le impactó la tranquilidad con la que su hijo le decía todas esas palabras, transmitiéndole una gran paz y fe; así, se lo entregó a Dios confiada en Su misericordia…

El milagro

La noche que le pusieron la primera quimioterapia -cuenta Mireya- el jovencito estaba profundamente dormido; ella lo observaba llorando, asustada, desesperada. Comenzó a rezar y poco a poco se sintió más tranquila escuchando unas palabras en su ser que le decían: “No tengas miedo, la angustia no es mía, tu hijo está sano”.

Añade Beto: “En ese entonces mi abuelo quiso que buscáramos una segunda opinión con un médico particular, quien corroboró lo que temía el anterior especialista, pero algo que hizo la diferencia fue que nos dijo que tuviéramos fe: ‘Dios tiene la última palabra; los médicos aplican la ciencia pero Él pone la divinidad’. Para ese entonces toda la familia, amigos y sacerdotes entramos en una profunda oración, poniendo toda nuestra esperanza en el Señor.

Esa semana acudimos a un congreso de sanación, ya que yo estaba en el coro; el sacerdote que exponía al Santísimo dijo: ‘Hay un joven que está sintiendo un calor muy fuerte en su pecho y se está extendiendo por todo su cuerpo, dice el Señor que bajes y te postres ante Él, porque en este momento te está sanando’. Cuando el sacerdote empezó a decir esas palabras yo empecé a sentir un calor a la altura del corazón, el cual se iba extendiendo; entendí que el mensaje era para mí, bajé y me postré cara al suelo frente al Santísimo Sacramento. ¡Todo era un calor y una alegría indescriptibles! A la siguiente semana, en otro congreso en Cárdenas, los coordinadores me pidieron que compartiera mi testimonio. Les dije que aún no estaba confirmado medicamente y que no podía hacerlo, pero me alentaron a hacerlo. Así lo hice, confiando en la misericordia del Señor y ante dos mil personas. Al terminar, mucha gente se nos acercó para pedirnos oración.

Al día siguiente, lunes, mi mamá recibió una llamada del laboratorio  donde me habían hecho otras pruebas. Le dijeron que no sabían qué estaba pasando ya que las células cancerosas se estaban regenerando. Hicieron más pruebas en dos diferentes laboratorios, con el mismo resultado. Al acudir personalmente, ¡nos dijeron que ya no tenía cáncer! Uno de los patólogos pidió permiso a mi mamá para llevarse mis estudios a un congreso nacional de patología al que asistiría en esos días”.

Después, cuando le llevaron los estudios al oncólogo particular, él les preguntó con una gran sonrisa si ése era el milagro que estaban esperando. Muy felices le respondieron que sí. Y cuando llevaron los estudios al oncólogo del servicio médico, éste se quedó muy sorprendido, no dijo nada pero aceptó que los milagros sí existen. Beto siguió en revisión oncológica y en junio de 2018 por fin lo dieron de alta. Hasta el día de hoy Beto sigue apoyado en su Rosario, y cuenta que el próximo año quiere ingresar al Seminario de los Misioneros de la Natividad de María, en León, Guanajuato.

Mireya

La mamá de Alberto comienza su testimonio confiándonos: “Me separé de mi esposo cuando mi hijo tenía un año diez meses. Su padre jamás lo volvió a buscar… Para mi hijo su abuelo ha sido como su padre, todo este tiempo siempre lo ha cuidado y estado al pendiente de él, lo que agradezco con todo mi corazón”.

Prosigue: “Apenas a cuatro meses de la maravillosa experiencia del milagro que Dios obró en mi hijo, acudí a mi chequeo anual. Me detectaron en un seno una bolita de masa irregular, de siete centímetros; el médico me mandó hacer más estudios y de nueva cuenta me tocó con el oncólogo que había atendido a mi hijo. Cuando vio los estudios, dijo que tenía un cáncer etapa cinco, que ya estaba muy avanzado y habría que comenzar con las quimioterapias inmediatamente: me ordenó 24, terminadas las cuales tendría que someterme a 30 radiaciones.

Esta vez, el mismo especialista que me había dicho que mi hijo se iba a morir, me estaba consolando diciéndome que tuviera fe, pues iba a ser un proceso muy doloroso y largo.

Empezaron las quimioterapias, iba cada 21 días al hospital. Eran muy fuertes porque contenían tres dosis en una; sufría terriblemente los efectos secundarios: temperatura, temblores, vómitos, perdí mi cabello a la primera puesta del medicamento. Quiero mencionar que nunca dejé de ir a trabajar a pesar que me habían incapacitado por seis meses para mi tratamiento, pero no podía estar en la casa pues siempre he sido muy activa y no quería deprimirme; además sabía que después de esto iban a someterme a una cirugía  y radiaciones, y quería estar activa física y mentalmente mientras pudiera”.

La visita del Papa Francisco

“Estaba reposando la quimio número 15 cuando  escuché en la televisión que el Papa Francisco visitaría Ciudad Juárez. Salí corriendo y le dije a mi mamá que yo iría a verlo, arrastrándome tal vez, pero iba a ir a Juárez para comulgar de su Consagración. Estando allá, a mi hijo y a mí nos tocó en un lugar alejado; considero que por obra de Dios sucedieron varios factores para que al final quedáramos en la mera pasada del Papa. Esperamos varias horas a que él llegara. Yo empecé a sentirme muy mal  por los efectos secundarios de la quimioterapia (que un día antes me había tocado), así que me acosté en el piso para descansar; la gente lo entendía porque yo iba con mi turbante, pues se me había caído todo el cabello, y se mostraban comprensivos conmigo por mi enfermedad. Mi hijo no dejaba de rezar el Santo Rosario. Aquellas fueron unas horas muy angustiosas y dolorosas, a tal grado que ahí, en el suelo, tuve una visión de Jesús en la cruz; yo sentía mucha sed y pensé que no iba a soportar más; casi pido el servicio de ambulancia para ser atendida. Le pedí a Beto un poco de agua, y al poco rato la gente empezó a decir con entusiasmo: ‘¡Ya viene, ya viene!’. Como resorte me paré del suelo; pronto los dolores se me quitaron por la gran emoción que sentía. Cuando pasó el Papa frente a mí, sentí su mirada y me llené de gozo comenzando a gritar sin parar. Cuando íbamos de regreso a casa sentía tanta felicidad que me olvidé que estaba enferma”.

Después de las 24 quimioterapias Mireya estaba esperando los resultados para saber qué seguía. La programaron para una cirugía de extirpación del seno y raspado de ganglios. El proceso fue muy doloroso, pero “entendí que debo entregarme con todo mi ser en su misericordia y su amor para salir adelante, y eso hice”.

Mi testimonio

A poco tiempo de operada, me invitaron a un congreso a Tepic donde el ponente principal era un sacerdote con el don de sanación. Mi hijo logró que nos recibiera; el padre impuso sus manos sobre mi cabeza y me dijo que el Señor me iba a devolver la salud y que daría mi testimonio para provecho de muchos.

Tiempo después me llamaron para ver los resultados de la cirugía: ¡los doctores me dijeron que el tumor se había hecho microscópico! Agradecí a Dios su obra en mí, y esa cicatriz que llevo en mi pecho es para recordar todo lo que el Señor ha hecho en mí, que Él está vivo y siempre está con nosotros”. Y añadió: “Para gloria de Dios este año fuimos a Panamá, a la Jornada Mundial de la Juventud. Fuimos los primeros peregrinos en llegar  y nos recibieron las cámaras de televisión; ahí compartimos nuestro primer testimonio, mientras recordábamos las palabras del sacerdote en aquel congreso de Tepic. El padre que nos recibió nos invitó también para dar nuestro testimonio en la Misa que se transmitiría por Radio María de Panamá, e invitó a mi hijo a servir en el altar con él. Además nos invitaron a Tele María local, Costa Rica, y a un periódico de Panamá. Ahora doy mi testimonio en mi comunidad para que nunca se olviden que la fe puesta en Dios -que es amor y misericordia- nos ayuda a salir adelante en cada una de las pruebas por las que estemos pasando”.

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