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El Santísimo recorrió las calles de Chihuahua

En la Celebración diocesana del Corpus Christi

Por: PATRICIA CARRILLO GÓMEZ

Al participar del sacrificio Eucarístico fuente y culmen de la vida cristiana, los fieles ofrecemos a Dios la víctima divina y a nosotros mismos con Él, pues nuestro salvador, la noche de su pasión instituyó el sacramento de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos el sacrificio de su cruz, y confiar a su esposa amada en memorial de su muerte y resurrección signo de unidad, vínculo de amor. En esta solemnidad, la Iglesia jubilosa exalta el misterio del cual fluye toda su vida, recuerda la primera alianza con Israel, sellada por la sangre del Cordero Pascual y actualizada con el poder de su Señor en la alianza nueva y eterna, sellada en el calvario con la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; proclama con valentía al mundo su fe en este Sacramento y renueva su compromiso de dar testimonio de él a ejemplo de los grandes mártires santos. Alegres y agradecidos por la presencia real de Jesús en la Eucaristía pidámosle a Cristo nuestro pan, nos permita ser en el mundo fermento de paz y demos testimonio de la unidad y del amor  que brotan de este Sacramento” (Homilía, Mons. Constancio Miranda W.)

El pasado martes 18 de junio, centenares de fieles de muchas parroquias, se dieron cita en la Catedral Metropolitana de Chihuahua, para celebrar por adelantado la solemnidad de el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en el anual festejo diocesano de Corpus Christi, presidiendo la Concelebración el Sr. Arzobispo Constancio Miranda Weckmann. Después de terminada ésta, la procesión con el Santísimo Sacramento hacia el Santuario guadalupano.
Varios grupos de matachines de diferentes comunidades abrieron camino con sus danzas, y el coro diocesano entonó bellos cantos durante el trayecto del Rey de Reyes.

Monseñor Miranda, después de saludar a los presentes, dijo: “Hablando de Eucaristía, el Concilio Vaticano II cita a Santo Tomás de Aquino, diciendo que en Ella se encierra todo el bien espiritual de la Iglesia, el mismo Cristo nuestra Pascua, con esto se comprende de una manera más fácil la importancia de resaltar el culto al Corpus Christi”.

Fueron más de dos mil personas, las que aquella tarde-noche participaron en la procesión, que tuvo varias estaciones donde se rindió adoración al Amor de los Amores. Una gran jornada santificadora y manifestación pública de fe que se espera acreciente en participación año con año .

Jesús camina junto a su pueblo

Por: Cristina Alba Michel

La Catedral, cuyo recinto acoge la Eucaristía vespertina, abre la puerta a la celebración de la solemnidad de Corpus Christi el martes 18 de junio bajo el calor intenso del verano adelantado, calor que recuerda la dulce necesidad de bendecir el amor ardiente de Jesús, presente en el Pan y el Vino consagrados.

Grupos de matachines en la plaza y atrio de la iglesia son el marco de sonidos y colores de la procesión -comienza apenas terminada la Misa- y rodean con su danza el paso del blanco monumento que guarda al Señor, destacada sobre el luminoso azul pizarra de la noche que comienza, mientras los grupos de adoradores con sus estandartes saludan su paso.

Las torres de la iglesia madre lucen iluminadas de frente al crepúsculo y contemplan en silencio la escena donde cientos de fieles emprenden el camino siguiendo al Rey: el mismo Jesús que un día entró a Jerusalén montado en un burrito hoy parte humildemente escondido en el Pan eucarístico.

Se le honra con cantos, con pétalos de rosas que llenan de fragancia las calles, con el andar de los peregrinos cuyos pasos, ya seguros y firmes, ya tambaleantes, recuerdan el paso del creyente -el paso de todo hombre- por la vida. Así, a veces se aprieta la marcha, a veces se hace lenta; te estrechan por todos lados y tú a otros, a veces algún tropiezo casi te hace caer y otras, con agilidad sorteas los obstáculos más o menos grandes que te salen al paso. ¡Teniendo a Jesús contigo, siguiendo sus pisadas, los obstáculos sólo son aquellas cosas que te hacen más fuerte y te encienden en deseos de continuar!

Miras al Arzobispo, puesta su mirada en el viajero de la custodia; miras a los sacerdotes y diáconos, a los seminaristas, religiosas y a todo el pueblo congregado, y piensas en la Iglesia como esa novia, esa esposa enamorada de su Señor que le sigue, le honra, le ama y es profundamente amada. Oras…

De pronto cedes el paso a alguien, te quedas atrás; de pronto es ocasión de tomar impulso y acercarte más a Jesús que, desde lo alto, ama, sonríe, bendice a su pueblo, las calles que transita, las casas donde vive, los lugares de trabajo y a todos los transeúntes que se paran a su paso. ¡Bendícelos en sus afanes, en sus familias, en sus prisas y necesidades! Perdona su impaciencia…

Frente a cada estación para la marcha llueven pétalos y la gente se arrodilla, le contempla cerquita; cada estación es un montecillo Tabor donde retomas la fuerza para seguir caminando. Recoges algunos pétalos que han acariciado el rostro del Señor sacramentado y sigues adelante.

Todo el camino están tus ojos en Cristo y los pies sobre la marcha; miras también a quien camina contigo para no perderlo, al que sin querer te da un golpe o un pisotón, al que te empuja, al que te ofrece un pañuelo o te comparte un saludo y una sonrisa. Hermanos.

Así, hermanados se llega al destino, el Santuario de Guadalupe. ¡No puede faltar la Madre! Los Ángeles, compañeros de la marcha, adoran al Señor con el pueblo peregrino que aclama: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! ¡Viva México! ¡Viva la familia!”.

Las campanas se alegran, ¡así se alegren cuando alcancemos el destino final, el lugar preparado en la Casa del Padre! Siempre en seguimiento de Jesús.

Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Hijo de Dios.

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.

Aumenta nuestra fe.Por medio de Ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro si unido al tuyo.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.Amén. (San Juan Pablo II)

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