Artículos, Escala de Jacob

El gran signo

Escala de Jacob

Por: CRISTINA ALBA MICHEL

1. El momento de la caída de la inmensa “Flecha” de la Catedral de Nuestra Señora de París fue visible en todo el mundo. Se erguía la enorme aguja desde el suelo con 93 metros de altura y 250 toneladas de plomo, en el centro mismo de la Isla de la Cité, en el corazón de la ciudad. Se ha dicho que todo el edificio en su conjunto “buscaba representar en su origen el poder de París del siglo X”.

Difiero con ello, pues no poder sino fuerza representaba y representa, aún ahora. Notre Dame representa la fuerza espiritual del mundo medieval en el que nació. Para comprender aquel mundo nos vienen bien estas palabras de San Bernardo de Claraval: “¿Qué es Dios? Dios es a la vez Longitud, Anchura, Altura y Profundidad. Estos cuatro atributos divinos son objeto de otras tantas contemplaciones”.

2. Quiero imaginarme que cuando esto dijo, San Bernardo pensaba en aquel pasaje de la Sabiduría (11,12): “Dios ordenó todas las cosas por su medida, su número y su peso”. El historiador y autor estadounidense Thomas Woods, en su libro Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental“, señala que el estudio detallado de las catedrales manifiesta, y no como una casualidad, “su prodigiosa coherencia geométrica, directamente basada en una importante tradición del pensamiento católico… idea que pasó a ser moneda corriente de gran número de pensadores católicos, particularmente la escuela catedralicia del Chartres del siglo XII y resultó decisiva para la construcción” de dichas catedrales y abadías.

3. La espiritualidad y la teología medievales se reúnen en la escolástica, especialmente de Santo Tomás de Aquino, y en la arquitectura de las grandes catedrales; de tal manera que “el paralelismo entre escolástica y arquitectura gótica surgieron como resultado de un medio intelectual común”. Ese medio intelectual era el arraigo de la fe cristiana. Naturalmente no se puede acusar a Santo Tomás de Aquino o a San Buenaventura de haber buscado el “poder”, y es difícil también acusar de ello a los constructores de las catedrales, puesto que quisieron permanecer en el anonimato.

Por todo esto dicho, cuando el 18 de noviembre del 2009 el Papa Benedicto XVI impartió una catequesis acerca del fondo teológico de las Catedrales góticas, no lo hizo partiendo de creencias, religiosidad o devociones suyas personales, sino a partir de la historia real:

4. “La fe cristiana… profundamente arraigada en los hombres de esos siglos, no sólo dio origen a obras maestras de la literatura teológica, el pensamiento y la fe. También inspiró una de las más altas expresiones de la civilización universal: la catedral, la verdadera gloria de la Edad Media cristiana. De hecho, durante aproximadamente tres siglos, desde principios del siglo XI, Europa experimentó una extraordinaria creatividad artística y fervor… especialmente en Italia y la Galia (Francia)”. Añade: “fue sobre todo gracias al entusiasmo y al celo espiritual del monasticismo, en el apogeo de su expansión, que se construyeron iglesias de abadía en las que la liturgia podía celebrarse con dignidad y solemnidad”. Primero las iglesias románicas, pensadas longitudinalmente para acomodar a muchos fieles. Le siguen las góticas, las cuales “muestran una síntesis de la fe y el arte… El impulso hacia lo alto fue pensado como una invitación a la oración y fue al mismo tiempo una oración. De este modo la catedral gótica pretendía expresar el deseo de Dios que tiene el alma”.

5. Todo el pueblo participaba en la construcción de las catedrales: “humildes y poderosos, analfabetos y eruditos; todos, porque en esta casa común todos los creyentes fueron educados en la fe”. Las Catedrales son verdaderas “Biblias de piedra” que representan pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como también escenas de la vida cotidiana, pues “todo fue orientado y ofrecido a Dios en el lugar donde celebraban la liturgia”, señala el hoy Papa emérito. Así pues, la Palabra de Dios y la vida humana entregada a Él, es el “lenguaje simbólico” que dijimos contienen aquellas catedrales. Sólo para el creyente, pues, ese lenguaje simbólico habla y tiene sentido. Son símbolos cristianos que hablan de la fe cristiana.

Cuando se incendió Notre Dame, muchos lloraron la atracción turística, el monumento histórico y artístico, el símbolo de París.

6. Es cierto que el bellísimo edificio está vinculado a notables acontecimientos de la historia de Francia y de Europa: la coronación de Napoleón, la beatificación de Juana de Arco, la coronación de Enrique VI de Inglaterra, la Misa de réquiem de Charles de Gaulle. La Catedral es también la protagonista de la obra maestra de Víctor Hugo, “Nuestra Señora de París” (1831). Sin embargo, todo ello no tendría la menor importancia sin lo que es verdaderamente esencial: Aquello que milagrosamente no fue consumido por el fuego: El altar principal con la cruz, la imagen de bulto de Nuestra Señora, las reliquias de la corona de espinas del Señor…

Al provocarse el incendio -pues muestras hay de que fue provocado- se quiso destruir una imagen profundamente cristiana que las autoridades actuales sienten como un “peso del pasado”, de un pasado que ya no existe, pero lo principal prevaleció y prevalece como signo de lo que ha de ser.

7. Y fue así que aquella tarde-noche, mientras la Flecha ardía y se desplomaba, y los bomberos luchaban para apagar el fuego, los parisinos se reunieron junto a Nuestra Señora para orar. De pronto surgió el canto, comenzado por una anciana y seguido por los muchos jóvenes ahí congregados: “Je vous salue, Marie“. Cantaron el Ave María, puestos de rodillas sobre el suelo. De rodillas a las vísperas de la noche y a las puertas de la Semana Santa. Todo un símbolo.

Una y otra vez el canto salió de los corazones y las gargantas. El impacto de esto fue tan grande, que comenzó a correrse otra voz: “¡La República es laica, Francia es católica!”.

Era de algún modo la voz de la Madre que, en medio del incendio desatado contra los símbolos, contra la fe y contra sus hijos, acudía presta para abrazar y rescatar su fe.

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